Guardado en la memoria

OPINIÓN

Frontera de Ceuta esta mañana
Frontera de Ceuta esta mañana Jon Nazca | REUTERS

Normalmente tendemos a olvidar gran parte de las cosas que nos pasan (a menos que las apuntemos en un diario o hagamos una foto que almacenemos para la posteridad en nuestros perfiles de las redes sociales). Solo aquellas ocasiones transcendentales, importantes o destacadas se nos quedan guardadas en la memoria. Si yo me acuerdo perfectamente del 18 de mayo de 2021 es porque ese día falleció Sergín (compañero al que tras cinco años sigo echando muchísimo de menos). Antes de que me sonara el teléfono y se me informara de algo tan duro, cruel, inesperado e injusto (porque con 41 años recién cumplidos no es el momento de morir) yo estaba viendo en directo por televisión un drama humanitario sin precedentes: miles de personas intentaban llegar a nado a Ceuta.

En aquel momento no hubo reparos en señalar a Marruecos como el responsable de lo que estaba pasando (e incluso se pusieron enseguida argumentos que pudieran justificar ese comportamiento, como por ejemplo en respuesta al apoyo español al derecho a la libre autodeterminación del pueblo saharaui [algo que lamentablemente, y sin que se sepa fehacientemente por qué, hoy Pedro Sánchez no lo apoya]). Un lustro después de aquello, las escenas han sido todavía más graves. Lo peor de todo es que más de un centenar de personas perdieron su vida intentando alcanzar el sueño europeo (en un cementerio de Ceuta se les está enterrando con un número identificativo [porque ni tan siquiera se conocen sus nombres]).

Los cálculos más elevados hablan de 70.000 personas que accedieron de golpe a Europa (y creo que es importante remarcar esto, puesto que aunque la gestión la lleve a cabo España, la frontera es común a los 27 estados miembros) a través del mar. La teoría más plausible que podría explicar por qué pasó esto el 30 de julio tiene que ver con el «efecto llamada» a una sentencia del Tribunal Supremo en la que se marca la doctrina de que con la actual legislación no se pueden hacer las llamadas «devoluciones en caliente» a los migrantes que lleguen a nado a Ceuta y a Melilla. Lo que es un misterio es quien fue el promotor. Por lo que sea, en las comparecencias del Presidente del Gobierno y del Ministro del Interior no hubo ni una sola crítica contra el país vecino, ni tampoco a otras especulaciones que señalaban a aliados como Estados Unidos e Israel.

La única que se desvió algo del argumentario oficial y pidió una investigación profunda fue la Ministra de Defensa (quizás porque entre sus competencias se encuentra el Centro Nacional de Inteligencia, la cual y según diferentes informaciones periodísticas alertó de que se iba a producir lo que finalmente tuvo lugar). Por tanto, falta clarificar muchas cosas para no caer en insinuaciones o pálpitos que acusen sin pruebas a determinados sospechosos.

Mi experiencia como migrante durante tres años (a países como Francia, Bélgica, Alemania y Reino Unido) no tuvo nada que ver ni con los compatriotas que en el pasado se fueron con una mano delante y otra detrás (y sería importante que tuviéramos conciencia de que no fue hasta hace relativamente poco tiempo cuando éramos nosotras y nosotros los que nos teníamos que desplazar para buscar una vida mejor) ni con la odisea que sufren en la actualidad aquellas personas que viven en lugares donde la vida, habitualmente, no se valora ni se respeta.

En los años noventa fue todo un éxito la canción «cruzando el río» (realmente el nombre del single era «espaldas mojadas»), del grupo «Tam Tam Go!». Muchas canciones se quedan guardadas en nuestra memoria, sea porque nos gustan, porque las hemos escuchado en las discotecas, en las radios musicales o porque, como fue mi caso, una profesora de la Facultad de Ciencias de la Información nos la puso en un examen para hacer un análisis de su contenido (la letra se inspira en los «wetbacks», término despectivo que alude a las y los migrantes [generalmente de México] que cruzaban el río Bravo para llegar a Estados Unidos).

Recuerdo también en mi etapa como becario en el Parlamento Europeo que participé en un evento de la entonces eurodiputada Paloma López (IU) en el que tuve el placer de conocer, entre otras personas, a Amparo Climent (a la que meses después visitó Oviedo/Uviéu y en el Teatro Filarmónica proyectó su largometraje documental «Lágrimas de África» donde relata la situación de desamparo que sufren los migrantes subsaharianos que están en Monte Gurugú a la espera de tener su oportunidad para superar la valla de Melilla), que nos relató testimonios desgarradores y, pasados ya doce años, seguramente seguirán siendo el día a día de muchas personas que su único delito fue nacer al otro lado de la frontera entre España y Marruecos.

Soy de los que digo que hay que viajar todo lo posible porque conocer mundo te ayuda a ver otras realidades y así a permitirte formar una opinión que se base en datos, experiencias y en realidades, no en bulos, medias verdades o cuyo único interés sea generar miedo, odio y violencia. He tenido la oportunidad de visitar las dos ciudades autónomas españolas y tengo guardado en mi memoria el recorrido que hice a la parte por la que se puede transitar pegado a sus vallas. No es solamente una separación física, sino que es también la linde de las dos fronteras más desiguales del mundo. Al otro lado hay todo un continente sumido en guerras, en atrocidades y en regímenes dictatoriales corruptos que se aprovechan de la desesperación, de miseria y de pobreza extrema de la población.

En Marruecos he visitado únicamente Tánger y Tetuán (cuando visité Melilla la frontera de Beni Enzar estaba cerrada y no pude conocer Nador). Toda esa zona norte del país tiene buenas infraestructuras y se nota que hay un considerable nivel de vida (porque el trasiego comercial como entrada y salida a Europa es un gran sustento económico), pero también se percibe una sociedad muy desigual donde o eres muy rico o eres muy pobre. Eso creo que explica que haya gente (el perfil que más se veía hace una semana por las calles de Ceuta era de hombres jóvenes marroquíes) que a la desesperada prefiera intentar llegar a España sea como sea aunque corra el riesgo de morir. La verdad es que creo que no somos 'pconscientes de lo duro y terrible que es vivir en determinados lugares, y aunque en el primer mundo (Estados Unidos, Europa…) no hay nada fácil, las comparaciones no tienen sentido realizarlas.

Lamento muchísimo los días tan difíciles que han pasado las y los ceutíes, pero valoro también que creo que ante el aluvión de personas se supo hacer con efectividad lo que buenamente era posible (no se produjeron afortunadamente excesos en las actuaciones de la Policía, la Guardia Civil y el Ejército, y de hecho la amplísima mayoría de los que entraron irregularmente regresaron por su propio pie a Marruecos, sin que hiciera falta detener u obligar a nadie a abandonar España). Me ha gustado mucho ver que la población supo defender Ceuta del intento de la ultraderecha de crispar el ambiente, y ahora espero que se solucione la masificación existente en el CETI y se agilice distribución de menores por la península (es elemental que el PP sea responsable, cumpla la ley y no se deje llevar por el discurso de Vox), además de luchar contra la xenofobia, la aporofobia y la discriminación y persecución a quienes solamente buscan una vida digna que en sus lugares de origen no se las han dado.