Escuchar hablar de valles de hidrógeno y descarbonización siderúrgica en Asturias se ha convertido en la rutina de los informativos. Sin embargo, en los talleres de Silvota, Tremañes o Espíritu Santo las prioridades son otras bastante más prosaicas: cuadrar la factura eléctrica a fin de mes y saber si la maquinaria que compras hoy seguirá siendo legal dentro de tres años. Hay un abismo insalvable entre el discurso oficial y el día a día de la pequeña empresa.
?Exigir a una pyme de diez empleados que electrifique a toda prisa sus procesos o adopte vectores energéticos limpios suena bien en los borradores de la Unión Europea. En la práctica, el dueño de esa empresa se topa con tres muros: costes inasumibles sin amortización clara, un atasco de meses en las distribuidoras para conseguir un aumento de potencia o instalar autoconsumo fotovoltaico, y unos márgenes de beneficio que no permiten experimentos tecnológicos. El hidrógeno verde no es una alternativa real para el taller mecánico o la caldera industrial de la esquina; ni lo hay, ni se le espera a un precio razonable a corto plazo.
?Si la descarbonización se limita a las grandes multinacionales mientras asfixia a la cadena de suministro local, lo que nos espera no es una reindustrialización verde, sino el vaciado paulatino de nuestro tejido auxiliar. O la administración agiliza permisos, aterriza las ayudas al tamaño real del taller y aporta certidumbre técnica, o nos quedaremos con titulares muy limpios y naves industriales vacías.
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