Aquellas infancias ovetenses: una pequeña geografía de los quioscos de Santo Domingo (homenaje a El Trópico)
OPINIÓN
Hace unos meses nos enterábamos de que El Trópico, uno de los quioscos históricos del barrio de Santo Domingo, echará el cierre este año tras la jubilación de su propietario, el eterno Linos. Con él se irá uno de los pocos comercios locales supervivientes de los años 80, tras décadas de servicio.
Porque, hasta no hace tantos años, la seña de identidad de las ciudades era su comercio, y el paisaje urbano estaba poblado de pequeños locales más o menos especializados. En ese contexto, establecimientos como panaderías, carnicerías, tiendas de ultramarinos, droguerías o ferreterías vertebraban los barrios y daban servicio a sus habitantes. De entre todos ellos, uno de los más significativos era el quiosco, una especie de «multitienda» en la que podían adquirirse chucherías, tabaco, periódicos y revistas, cromos, juguetes e, incluso, material escolar.
En aquellas infancias ovetenses, los quioscos servían para comprar maicitos Churruca o Triskis al jamón, el cómic semanal de Dartacán, la Teleindiscreta o la Super Pop, incluso el Marca o el As, para ver los resultados deportivos. Su utilidad hacía que estuvieran integrados y repartidos por el paisaje del (de aquella) nuevo barrio de Santo Domingo, que poseía una variada oferta situada de manera estratégica. Su ubicación se podría relacionar con algunos aspectos de una teoría clásica de la geografía como es la de los lugares centrales. Para poder subsistir, cada establecimiento necesitaría un umbral mínimo de población que acudiera a comprar (en este caso, los habitantes de la calle/barrio), y tendría un alcance que sería la distancia máxima que una persona estuviera dispuesta a recorrer para comprar en el negocio. En el caso que nos ocupa, y permítaseme la audacia de la generalización (sin más sujeto experimental que mi yo infantil y el de mis conocidos), el alcance sería equivalente a la distancia que se podía recorrer en zapatillas de casa sin llegar a sentir vergüenza.
Si trasladamos esta interpretación de la teoría de los lugares centrales a algunos de los quioscos del barrio de Santo Domingo, podemos afirmar que el alcance del quiosco de Oliva (el que me quedaba más cercano), situado en la rampa final de la calle Juan Escalante de Mendoza, llegaba a toda la escarpada calle y, quizá, hasta Regla. Muy cerca, ya en la curva de nivel aterrazada sobre la que transita la calle San Pedro Mestallón, el alcance de Oliva se solapaba con el de otro establecimiento al que llamábamos «las hermanas», casi haciendo esquina con la actual Fernando Alonso, y daba servicio a gran parte de ambas calles. Algo más al sur, ya en el límite de mi espacio de vida y en una zona topográficamente más elevada, se situaba La Barraca, en la calle Melchor García Sampedro. Y un poco más lejos, hacia el oeste, en la confluencia Padre Suárez-Marqués de Gastañaga, estaba Amalita, cuyo alcance estaba potenciado por ser lugar de paso hacia el centro de la ciudad y su gran oferta en cómics y libros de crucigramas.
Pese a que en los quioscos se vendía de todo, cada uno poseía cierta especialización o características peculiares. Por ejemplo, el de Oliva destacaba en material escolar: bolígrafos último modelo, blocs de exámenes o cartulinas, que en más de una ocasión salvaron la vida a estudiantes despistados de última hora. Por su parte, el quiosco de «las hermanas» ofrecía un amplio surtido de juguetes y regalos expuestos en su escaparate, y solíamos gastarnos algún ahorro de vez en cuando en cajas individuales de Playmobil.
La especialización más curiosa era la de La Barraca, un pequeño quiosco situado al sur de la manzana de los Dominicos. Su ubicación estratégica en la trasera del colegio era aprovechada por la quiosquera, que ofrecía servicio «a domicilio»: durante los recreos, se acercaba al muro con una cesta de plástico y ofrecía bollería y chucherías a través de los barrotes de hormigón, con gran éxito de ventas entre la chavalada. No era algo que gustara a los responsables de la institución y, aunque solían hacer la vista gorda, podía caerte una bronca o castigo si te sorprendían comprando. Pero el resultado de la transacción (palmera-donut-cuña de chocolate) merecía realmente la pena.
Y en ese paisaje, con esa pequeña red de quioscos, cada uno con su alcance y características, un buen día de mediados de los 80 apareció El Trópico. Se instaló en la calle Padre Suárez, a una distancia casi equidistante del antiguo colegio Hispania y los Dominicos, y enfrente del Campillín. Una localización inmejorable, que le aseguraba un flujo constante de personas. Y con él llegó un nuevo modelo de negocio a la zona: mientras Oliva subía el precio de los chicles Cheiw o las bolsas de Churruca de 5 a 6 pesetas por el nuevo IVA (aunque tuvo que dar marcha atrás), El Trópico liberalizaba precios y cantidades, con una amplia oferta de productos presentada de manera atractiva, en grandes botes de cristal alineados en las estanterías.
Además de los productos habituales, en El Trópico podías elegir qué y cuánto querías: adiós a los envases estandarizados, bienvenida la compra al peso, generalmente entre 50 y 100 gramos. Entre la oferta, de decenas de productos, destacaban las patatas paja y las castañas de chocolate, mis favoritos. Comprar allí te permitía diversificar la paga semanal y ampliaba notablemente el alcance del quiosco, lo que compensaba el esfuerzo (y la vergüenza) de caminar unos metros más en zapatillas de casa.
Otro punto fuerte era su horario de apertura, mucho más amplio que el de los quioscos habituales: recuerdo comprar rascas del Un, dos, tres, siempre con premio, más allá de las diez de la noche, cuando pasábamos de vuelta de casa de mi abuela. El Trópico nos acompañó a muchos en nuestro tránsito entre la niñez y la vida adulta, y se convirtió en lugar de encuentro los sábados, antes de salir, o los domingos, antes de subir hacia el antiguo Carlos Tartiere a disfrutar del Oviedo de Irureta.
Con los años, aunque ha abierto alguno nuevo y los habitantes siguen demandando sus servicios, los quioscos originales del barrio se han ido extinguiendo: el de Oliva fue absorbido por la droguería-perfumería Mestallón (que recientemente ha anunciado también su próximo cierre) y su lugar lo ocupa una pared, ni rastro de su existencia; el local de «las hermanas» permanece, aunque hace tiempo cerrado, al igual que La Barraca; y los locales de Amalita (y su vecina Gama) son hoy una lavandería.
El único que ha permanecido durante cuatro décadas ha sido El Trópico, que supo adaptarse y sobrevivir al cierre del colegio Hispania, a la entrada en el euro, a la crisis económica e incluso al COVID. Pero el paso del tiempo es implacable y, salvo que alguien decida continuar su legado, con la jubilación de Linos la zona perdería el último quiosco de los años 80.
Valga este artículo como memoria y homenaje a El Trópico y a todos aquellos quioscos y comercios locales que siguen (y seguirán) dando vida a nuestros barrios.
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