Contra la deshumanización

OPINIÓN

Miles de personas continúan en Ceuta
Miles de personas continúan en Ceuta Iván Zambrano / Europa Press | EUROPAPRESS

La crisis migratoria en Ceuta no está del todo resuelta (y hay mensajes por redes sociales que aseguran que este fin de semana se volverá a producir imágenes parecidas a las que vimos el pasado 30 de julio). Para esta Ciudad Autónoma, al igual que para Melilla y las Islas Canarias, la situación no es nueva. Las personas que viven allí conviven con esta difícil realidad día a día y, cuando todo se desborda, las autoridades locales hacen una llamada de socorro porque sus centros de acogida están sobrepasados y precisan de la solidaridad de los diferentes territorios del país para asumir la atención de esas personas, especialmente las de esas niñas y esos niños que están solos y lejos de su hogar y de su familia (solamente podrán optar a una vida mejor si les ayudamos convenientemente).

Ya en artículos anteriores critiqué que ciertos gobiernos autonómicos del PP no estaban cumpliendo con sus obligaciones legales (y me temo que ahora que han perdido el complejo de pactar con Vox sigan por ese mal camino). Nos guste o no, todas y todos vivimos con ciertos perjuicios, pero en función de la educación y del entorno en el que nos hemos movido tendremos un nivel dispar de tolerancia y respeto distinto. El miedo es una sensación que cada persona gestiona de manera diferente, pero hay quien se aprovecha políticamente de la situación agitando el avispero para crear un caldo de cultivo muy peligroso que altera la pacífica convivencia entre gente que vive en un mismo espacio.

En el caso concreto de las y los menores, la ultraderecha los deshumaniza (los llaman despectivamente como «menas») porque los vincula irresponsablemente a problemas de inseguridad (su mensaje cala y acaban por crear un alarmismo social injustificado y totalmente falso allí donde se les va a trasladar). Bajo mi punto de vista no cabe equidistancias y no hay que cortarse en lo que es una verdad como un templo: cuando fuimos solidarios y acogimos a ucranianas y a ucranianos nadie protestó, pero en cambio cuando las chicas y los chicos tienen otro tono de piel diferente al color blanco hay toda clase de reticencias, de protestas, de insultos, de desprecios y de injustos comentarios.

Me asquea que alguien como José María Figaredo se pueda permitir el lujo de decir en varias entrevistas que hay que ir «a la caza» de migrantes y no tenga consecuencias (dada su inmunidad parlamentaria). Es terrible, porque llegar a ser representante de la ciudadanía conlleva conseguir muchos votos y se sobreentiende que no son pocas y pocos los españoles que secundan el odio y comparten esos argumentarios racistas, xenófobos y aporofóbicos. Esto es muy preocupante porque no hasta hace mucho nuestros antepasados también emigraron y seguramente vivieron, sin razón alguna, momentos en los que fueron señalados por los nativos que los estigmatizaban (en el nazismo era una práctica común contra el pueblo judío).

¿Qué amenaza representan niñas y niños vulnerables cuya única garantía de futuro es que nuestros servicios sociales no les dejen desamparados sino que les protejan, les atiendan convenientemente y les ayuden a sacar sus vidas adelante? ¿Queremos ser un país de acogida y de ejemplo para el mundo o preferimos seguir los postulados de Donald Trump o de algunos socios europeos, como Italia, que nos avergüenzan en sus discursos y acciones contra los más indefensos?

A medida que avanza el tiempo aparecen nuevas tendencias. Quizás los más visibles y notorios se encuentran en ámbitos tan populares como lo son la música y la moda de vestir (a los detractores de las lenguas de nuestro país, incluyendo al asturiano y al eonaviego, les gusta usar la horterada de «outfit» [a pesar de que hay palabras en el castellano que podrían utilizarse en su lugar]), pero a poco que nos fijemos lo podemos observar en cualquier espacio. A veces esos cambios son mejores a lo anterior y suponen una evolución de un producto, pero en otras ocasiones podemos estar hablando de retrocesos, discriminaciones y incluso de mal gusto.

No voy a decir que sea una novedad el debate sobre las molestias que ocasionan (a veces) las niñas y los niños (sobre todo los que tienen poca edad), pero como «serpiente de verano» estoy leyendo que va en aumento la gente que rehúye viajar en aviones o alojarse en hoteles en los que estén menores. Hasta donde me llega el raciocinio, entiendo que el llamado «adult only» no se puede aplicar en España porque va en contra del artículo 14 de la Constitución («los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social») y salvo aquellas actividades hosteleras (como pueda ser una discoteca) que no pueden permitir la entrada a menores de 18 años en su interior, en el resto de establecimientos (un hotel o un restaurante) no es posible hacerlo (ni tampoco por parte de una compañía aérea o de una empresa de transporte por carretera).

Es verdad que tal y como se aprecia en muchos lugares ahora hay en las viviendas más animales domésticos que bebés, y eso también repercute en dos cuestiones: por una parte, en más demandas sociales de instalar zonas acotadas para que los perros corran y hagan sus necesidades por encima de lugares de juego para niñas y niños de diferentes edades; por otra parte, hay quien no se separa de su animal ni en vacaciones y busca hoteles donde acepten que puedan pasar la noche junto a sus dueñas y dueños. Quizás nos estamos haciendo más tolerantes o permisivos con las molestias que dan las mascotas o que nos deshumanizamos a pasos agigantados y directamente nos molesta la presencia de las niñas y los niños pequeños. No lo sé, pero por mi parte reconozco que no comparto que exista, ni como mero marketing o captación de la atención, el reclamo de espacios hoteleros y hosteleros para exclusivamente adultos.