Nuestros hijos no invierten, pero sí apuestan

Patricia Blanco Estébanez

OPINIÓN

MÁQUINA DE APUESTAS DEPORTIVAS
MÁQUINA DE APUESTAS DEPORTIVAS MARCOS MÍGUEZ

Los datos de la encuesta ESTUDES (Encuesta sobre Uso de Drogas en Enseñanzas Secundarias en España), elaborada por el Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones (OEDA), muestran un aumento del juego con dinero entre los adolescentes de 14 a 18 años.

En 2016, el 6,4 % de los estudiantes había jugado dinero por internet durante el último año; en 2025, la cifra alcanzó el 13 %. En el mismo periodo, el juego presencial pasó del 13,6 % al 20,9 %. En menos de diez años, por tanto, el juego online se ha duplicado y el presencial ha aumentado más de siete puntos porcentuales. Hoy, prácticamente uno de cada cuatro adolescentes de entre 14 y 18 años ha jugado dinero durante el último año.

Estos datos reflejan un cambio relevante en los hábitos de ocio de los adolescentes, del que subyace una forma de pensar que me preocupa mucho, porque el juego es el ocio «de los pobres». Querido lector, antes de que puedas sentirte ofendido por esta expresión, te invito a que leas mis palabras para entender por qué hago tan dura afirmación.

Cualquier matemático te podrá decir que, echando cuentas de manera objetiva, tienes mínimas probabilidades de hacerte rico gracias a los juegos de azar, y cualquier economista te afirmará que, si no tienes educación financiera, aunque te toquen grandes sumas de dinero, eso no te servirá para jubilarte. Seguramente lo gastes en una casa para vivir, un coche caro y algún viaje, quedando más pronto que tarde como estabas antes: dependiendo de tu mismo sueldo, pero necesitando más dinero para mantener tus nuevas adquisiciones.

Pero voy más allá: el aumento del juego en adolescentes, sea diagnosticado como problemático o no, refleja una forma de pensar que se aleja de los valores tradicionales de nuestros padres y abuelos, que generaron su patrimonio a base de constancia y esfuerzo.

Nuestros jóvenes se han olvidado de la historia, posiblemente porque nosotros no hemos sabido transmitirla adecuadamente o quizá porque no le hemos dado el valor que realmente tiene.

Necesitan reforzamiento inmediato, conseguir las cosas ahora mismo, y se frustran enormemente si eso no sucede, buscando obtener grandes resultados en poco tiempo.

Y si no consiguen eso, sufren.

El esfuerzo es necesario. Es lo que da valor a todo. Uno valora más el dinero cuando lo consigue trabajando que cuando se lo regalan.

La riqueza se construye. Requiere conocimientos, trabajo, constancia... y espera.

Formarse es necesario para generar riqueza. Sin embargo, para los juegos de azar se requieren pocos conocimientos. Tarea fácil con promesa de gran premio.

Me suena a la misma estafa de los gurús de las inversiones: invierte 100 y ganarás 10.000.

Y es que los juegos de azar y los gurús de las inversiones se aprovechan de lo mismo: pensamiento cortoplacista sin conocimientos.

Es la tormenta perfecta. Después llegan los sentimientos de angustia, desesperación y frustración por no poder conseguir sus sueños. No se dan cuenta de que todo sueño requiere un arduo trabajo.

Están atrapados por sus esquemas mentales, esos que se generan desde la infancia y en los que los padres tenemos mucho que ver.

Quizá, intentando hacerles más fácil el mundo, les hemos creado una falsa idea de cómo son las cosas.

Seguramente, sin querer, les hemos transmitido que apostar es una forma de mejorar la vida cuando compramos un décimo de lotería de Navidad, revistiendo el momento de sentimientos agradables, o cuando nos juntamos los amigos en una peña para apostar en grupo y luego nos gastamos en una comida el premio si alguna vez ganamos unos euros.

Nos copian. Lo que pasa es que ellos prefieren apostar en otros juegos afines a los nuevos gustos de su generación. Sin embargo, si alguien habla de inversión en una comida, se reacciona con miedo, poniendo el foco en lo peligroso de salirse del círculo de seguridad.

En un mundo en el que invertir se hace más necesario que nunca, nuestros jóvenes no tienen conocimientos, pero, aunque los tuvieran, no han cultivado las virtudes necesarias para generar riqueza.

Quizá nuestro primer trabajo como educadores sea recordarles los valores de antaño: el valor del trabajo, del esfuerzo y de la constancia necesarios para construir y mantener un hogar.

Seguro que esos valores están dentro de ellos, dormidos. Solo necesitan que alguien los despierte. Quizá ese alguien puedas ser tú, que estás leyendo estas líneas.

Al fin y al cabo, los esquemas mentales no son fijos: se pueden cambiar.