El poder del cine como medio conformador de la percepción y cultura popular sigue vigente contra pronóstico cuando, una vez más, el director Christopher Nolan consigue llevar en masa a los espectadores a las salas y, esta vez, a que se interesen en la Antigua Grecia con su versión de «La Odisea». Lo hace para dejar muchas preguntas al espectador, como ya logró destripando y acercando al gran público todos los dilemas morales y políticos de «Oppenheimer», otra joya.
Yo no me canso de recomendarla. La gran fortuna de ver la adaptación de la obra homérica en gran pantalla le permitirá recordar el día de mañana en qué momento tuvo la oportunidad y con qué compañía, como nos sucede con algunas pocas películas. Y si ha leído el poema homérico, también hará memoria sobre el momento en que pudo invertir el tiempo y la atención para tal fin, y para las muchas consultas adicionales que una obra así exige a quien quiere zambullirse en sus aguas. Recapitulará, como pasa con las grandes lecturas, cómo era en el momento de leerlo, la impresión que le dejó y las páginas leídas que vinieron después y que siguen, a su manera, el rastro de la gran epopeya (más allá del Ulises de Joyce, prefiero Huckleberry Finn de Twain, una gran odisea americana transformando el Mediterráneo en el Mississippi). Un pozo inagotable del que todavía nos queda mucho por beber al común de los mortales. Echará de menos a quien era, si, nosotros los de entonces, ya no somos los mismos, que diría Neruda. En mi caso, cómo no evocar los veinte años menos cuando concluí su lectura en Cala Saona, en lo mejor de un verano particularmente dichoso, entre turistas italianos que se fotografiaban vanidosos en la orilla como si fueran modelos, sin imaginar que generalizarían el patrón como ha sucedido (pues la sociedad italiana siempre ha sido un laboratorio social y político para tantas cosas).
Si no ha leído «La Odisea», probablemente después de ver la película se atreva o al menos quiera saber más sobre ella. Si ya lo ha hecho seguramente admita todas las variaciones que se permite la película, por condescendencia, por básica tolerancia o por las ventajas de un conocimiento común que no es el erudito de los helenistas. A éstos, empezando por Pedro Olalla, con el que nos une origen local, es siempre un placer escuchar para aprender, pero quizá no haya que tomar al pie de la letra su crítica por lo que pudo haber sido esta adaptación de enormes medios económicos, comparada con lo que ha quedado. Otorgamos, pues, con el beneficio de nuestra superficialidad y con nuestras ganas de ser entretenidos, el debido margen a quien pergeña una obra audiovisual de este calibre, aceptando las omisiones, las superposiciones de cánticos y las múltiples licencias que se toma el director.
También acogemos las perspectivas nuevas que introduce sobre la obra universal, porque ahí está la ambición mayor de Nolan. La más enjundiosa de ellas, que es cosecha íntegramente suya, pasa por resaltar el desastre intrínseco de la guerra, los estragos de la cultura de la violencia, la destrucción y la depredación. La misma que permite poner a la ufana sociedad que proclama la superioridad de sus «valores occidentales» ante el espejo de su brutalidad, para poder llegar al reconocimiento de que los bárbaros que amenazan esa civilización («los hombres del mar», en la película) somos nosotros mismos. Un mensaje en plena vigencia y con reminiscencias históricas inmediatas, si recordamos cómo desde el nazismo y el fascismo se hizo apropiación indebida de arquetipos y estética de la cultura clásica (con la ayuda de Riefenstahl y Speer, de Marinetti y Gentile) para proclamarse sucesores naturales de la gloria civilizatoria atribuida, y cómo otros émulos también han intentado tantas veces seguir esa estela (caso de la propia Dictadura de Los Coroneles), estableciendo un orden distinto que no se sostiene precisamente en la razón y el conocimiento.
Parece, precisamente, que a uno de los agentes culturales de la involución en curso no le ha gustado la elección de una actriz negra para el papel de Helena en «La Odisea». Elon Musk, que a la par promociona como referente político el filme Citizen Vigilante (una exaltación del lobo solitario violento con la inmigración como punto de mira principal y una Europa perdida como escenario), critica el casting de «La Odisea» sin sorprenderse más de que Ulises, Eumeo o Menelao hablen en inglés, a veces en registro coloquial. Coger el rábano por las hojas, distorsionar y sembrar la discordia con cualquier pretexto es lo propio de la agitación nacional-populista y la aversión racial de Musk es uno de sus odios más enraizados (que, como todos los de la constelación trumpiana, también dirigen hacia la cultura hispana y a nuestra lengua, no lo olvidemos). Con toda la dieta ideológica alta en grasas supremacistas con la que engordan sus fobias, no pueden imaginarse una belleza tal que desate la guerra entre aqueos y troyanos si no es de pura raza aria. Sin imaginarse tampoco de dónde viene la composición racial de la amalgama del Mediterráneo Oriental, ahora y en la antigüedad. Tirando de la misma pregunta hacia arriba, nunca mejor dicho, bien podría Musk y quienes siguen postulados similares preguntarse cómo de tostada sería la piel de Jesucristo y de su santa madre, viendo por ejemplo las tonalidades de la iconografía bizantina, ortodoxa o etíope, o, mucho más cerca para nosotros, venir a la procesión del Cristo Negro de Cáceres o a rendir tributo a La Moreneta. Incapaces de ver más allá del color de piel, así son los líderes de la revolución política y tecnológica que, si les dejamos, nos transformará en perfectos y aculturados sostenedores del saqueo y la guerra, como los «hombres del mar» que Nolan añade al relato.
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