¿Nos cocemos sin remedio?

OPINIÓN

Ilustración de un cerebro humano.
Ilustración de un cerebro humano.

Hace unos dos mil seiscientos años la humanidad dio un paso que marcó el devenir de nuestra forma de vivir, de estar en el mundo. Tales de Mileto (c. 624 a. C. - 546 a. C.) quiso satisfacer su necesidad de saber —necesidad humana universal— razonando; no aceptando los mitos ancestrales. Este paso de las creencias, los mitos y las supersticiones a la explicación racional, al logos, dio lugar a la cultura occidental de la que tan orgullosos/as estamos por sus logros científico-técnicos y sociales, como la democracia y el derecho. El conocimiento frente a la creencia; la razón frente a la fuerza.

Sin embargo, razonar, investigar, cuesta mucha energía y tiempo. En determinadas circunstancias, no es fácil tener tiempo y energía para observar con atención, establecer hipótesis, recabar información fiable, contrastar, y validar o desechar la hipótesis. Tal vez por eso la mayoría de los filósofos de la Antigua Grecia procedían de familias acomodadas, cuando no aristocráticas.

El cerebro es el órgano corporal que más energía consume. De hecho, las áreas cerebrales que nos permiten razonamientos complejos, como la corteza prefrontal, se desarrollaron a lo largo de cientos de miles, acaso millones, de años, y para satisfacer esa creciente demanda de energía fue condición necesaria ahorrarla en otras funciones como el desplazamiento (de cuatro patas a dos) y la digestión (con la incorporación de alimentos más calóricos gracias, entre otros factores, al fuego). Un hito en este proceso evolutivo de la cognición, resultado de esos «hallazgos» de ingeniería metabólica, se dio hace unos 2,4 millones de años, cuando el Homo habilis empezó a fabricar herramientas y transmitir sus habilidades y, posteriormente, con el Homo erectus, con sus estrategias de cooperación social compleja, así como su incursión en el pensamiento abstracto/simbólico.

Antes de ese gran avance, sus/nuestros antecesores también «pensaban», pero contaban con un procesador mucho más básico, que consumía menos energía y era menos versátil. Un procesador que hemos heredado, evolucionado, y sigue muy activo a día de hoy. Siguiendo el modelo de los psicólogos Amos Tversky y Daniel Kahneman (Premio Nobel de Economía este último), tenemos dos sistemas de procesamiento de la información: el sistema 1, heredero del procesador primitivo, guiado por emociones, experiencias y hábitos, es automático, inconsciente e intuitivo, más rápido y eficiente, pero más dado a sesgos y errores; y el sistema 2, para razonamientos complejos, basado en lógica y reglas, que involucra a la corteza prefrontal, es deliberado, lento y consume más energía.

Todo el mundo usa los dos sistemas, aunque en una proporción diferente; sobre todo en determinadas situaciones, como la incertidumbre. Alguno de los inconvenientes del primero es que, al proporcionarnos atajos que nos ahorran mucho trabajo cognitivo, es poco eficaz ante problemas complejos.

Por eso en tiempo de incertidumbres como el actual, con crisis climática, geopolítica, económica, se activa automáticamente el sistema 1 como reacción intuitiva a lo desconocido, a una posible amenaza. En situaciones de presión, con poca energía, poco tiempo y/o poco hábito, si no ponemos en marcha el sistema 2 y analizamos la situación con detenimiento, acabamos adoptando respuestas muy simples: fallidas o ineficaces para problemas complejos. Una de esas respuestas es la negación, evitación o «huída cognitiva». Rechazar el problema puede suponer un alivio momentáneo, al eludir una actuación para la que nos vemos desbordados o que altera negativamente nuestra forma de vida. Y no resuelve el problema.

Tal es el caso del cambio climático, para el que no solo se están cumpliendo, incluso superando, las predicciones de los organismos científicos y académicos desde hace décadas, sino que tenemos señales evidentes por doquier; las padecemos cada vez con más severidad. A pesar de las evidencias, incluso periodistas, obviando toda deontología profesional, dicen en los medios de comunicación que el cambio climático es discutible porque el clima siempre ha tenido ciclos. A ver, solo por deshacer ese entuerto, aunque no les sirva a los negacionistas porque su problema es otro: sí, claro que el clima tiene ciclos, pero se miden en tiempos geológicos (decenas o centenas de miles, o millones de años), es decir no son perceptibles durante una vida humana. Sin embargo, los cambios que observamos se están produciendo a un ritmo vertiginoso, no atribuible a los ciclos naturales. En esto hay consenso científico.

Quienes tenemos una edad y andamos por la montaña desde pequeños, recordamos encontrarnos, durante la juventud, con glaciares y neveros en verano. Pero a finales del siglo pasado empezaron a desaparecer y casi no queda ninguno. En Asturias siempre hemos usado chaqueta durante casi todas las noches de verano, y una mantina para dormir. Hace años que no. Esto no son pruebas científicas, claro. Pero es algo inusual, un cambio que percibimos muy claramente en pocos años. Son señales que concuerdan con las conclusiones científicas. Cada año hace más calor; se secan los ríos, los incendios multiplican su tamaño y voracidad, sube el nivel del mar. Que algún año baje la temperatura media, o vuelva a nevar algún día en la costa, no significa que falle la teoría del calentamiento global antropogénico, porque, insisto, hay que atender a la tendencia obtenida de la medición en periodos más largos: décadas.

El temor paralizante de muchos, la negación de la realidad de otros y la codicia de unos pocos fanáticos del lucro indiscriminado, que se siguen enriqueciendo obscenamente, ya sea con los combustibles fósiles, con la corrupción que genera, o con la desinformación, son los principales obstáculos para adoptar medidas que, no sé si eviten pero, al menos, palien la gravedad de lo que se avecina. Agarrarse a los bulos es una forma negligente de eludir responsabilidades y no afrontar los hechos.

Tito Livio dijo hace dos mil años: «Solo sentimos los males públicos cuando afectan a nuestros intereses particulares». La paradoja es que en la era de la información y la desinformación, la manipulación informativa consigue que una parte de la población no sea capaz de reconocer el problema, incluso cuando el daño le alcanza. Estamos orgullosos/as de nuestra civilización por los progresos que nos ha brindado el conocimiento, pero ¿rechazamos el conocimiento cuando no nos gusta?

Nos estamos cociendo en nuestra propia salsa. Una salsa que tiene como ingredientes la codicia, la ignorancia y el miedo.