El 22 de agosto de 1936, la perniciosa mezcla de sectarismo, demagogia y odio acabó con la vida de don Melquíades Álvarez. Su compromiso innegociable con la vía institucional y la concordia ciudadana le sentenció. Así fue como la intolerancia condujo de madrugada a los sótanos de la Cárcel Modelo de Madrid a uno de los juristas y parlamentarios más brillantes, lúcidos e íntegros de la España del siglo XX. Noventa años después, honrar la memoria del ilustre gijonés es un acto de justicia histórica. Recordarle no es un mero ejercicio de nostalgia, sino una necesidad de presente. Su proyecto de centro reformista sigue siendo el mejor antídoto frente al populismo, la polarización y el consecuente deterioro de las instituciones. Padecemos tiempos de relatos sesgados y frentistas, narrados desde el altavoz del poder con la pretensión de imponer una interpretación tan subjetiva como simplona del pasado.
En ese artificial escenario de «buenos y malos», la figura de Melquíades Álvarez resulta incómoda. Su memoria les estorba porque demuestra que existió una corriente liberal, moderada y profundamente democrática que se revolvió contra el extremismo de unos y otros, rehusó avivar la hoguera del enfrentamiento civil y abogó incansablemente por el diálogo, la convivencia y la reforma. «El Tribuno» encarnó la primacía del Estado de derecho frente a la arbitrariedad. Defendió que los auténticos avances sociales no se construyen desde la quiebra del orden constitucional ni desde el ataque a las instituciones de la nación, sino mediante la solidez de las leyes y la estabilidad del sistema. Reforma frente a revolución.
Coherente de principio a fin. Con la misma convicción con la que propuso al rey Alfonso XIII reformas democratizadoras en el vetusto régimen de la Restauración —periodo en el que llegó a ocupar la presidencia del Congreso de los Diputados— e hizo gala de un firme compromiso con la libertad al oponerse sin ambages a la dictadura del general Primo de Rivera, alertó primero y confrontó después la deriva radical de la II República. Frente al incomprensible olvido de los ejecutivos central y autonómico en este noventa aniversario, cabe reconocer iniciativas como la exposición «Melquíades Álvarez. El Centro Reformista» organizada por el Ayuntamiento de Gijón, la charla impartida por el historiador y comisario de la citada exposición, Ángel Mato, en el RIDEA o el homenaje a quien fue su decano celebrado por los colegios de la abogacía de Oviedo y Madrid.
Permita el lector una confesión. La presencia en la mayoría de estas actividades de Álvaro Queipo y Adrián Pumares, presidente autonómico del Partido Popular y secretario general de Foro Asturias respectivamente, transmite responsabilidad en el hacer presente de la oposición y esperanza en un posible futuro político en esta tierra. Asturias tiene la obligación moral y política de reivindicar a sus grandes hombres de Estado. La lección de don Melquíades permanece inalterable: la moderación no es tibieza, sino la forma más valiente de defender la libertad. Su legado nos recuerda que un país no prospera dividiendo a sus ciudadanos, sino garantizando la convivencia bajo la protección de las leyes.
«Entre el inmovilismo de los que nada quieren cambiar y el arrebato de los que todo lo quieren destruir, está el camino fecundo de la reforma». Melquíades Álvarez.
Comentarios