En Oakland (California, Estados Unidos) ha comenzado el juicio más importante al que se ha enfrentado Mark Zuckerberg (dueño de Meta [Facebook, Instagram y WhatsApp]). Se juega más de 1,4 billones de dólares en indemnizaciones por las acusaciones contra su compañía por las consecuencias que generan estas redes sociales sobre la salud mental de las y los jóvenes. Desconozco la legislación norteamericana y, por tanto, no me es posible augurar un veredicto, pero por supuesto que cada uno podemos hablar del uso que hacemos de estas aplicaciones, del número de horas que invertimos en ver diferentes contenidos y de considerar si hemos invertido ese tiempo en algo útil o si sencillamente estamos atrapados ante algo que engancha (como lo hacen las múltiples apuestas o las diferentes drogas).
Yo reconozco que hago un consumo continuo de las redes sociales (sobre todo de X [la antigua Twitter], pero también tengo perfil en Facebook y en Instagram. Hasta la fecha no me he sido usuario de otras aplicaciones famosas [como Tik Tok]) y que me sería bastante difícil estar un día entero sin mirar ni actualizar mis perfiles. Aunque intente descansar y relajarme dando un paseo, la simple espera ante un semáforo que está en rojo para los peatones me hace instintivamente sacar del bolsillo mi teléfono móvil para revisar si alguien me ha escrito.
Desde hace muchos años lo primero que hago nada más despertarme (incluso antes de ir al baño y de desayunar) es repasar las distintas notificaciones que se me han acumulado a lo largo de la madrugada. No descubro ningún secreto si digo que las niñas y los niños repiten muchas acciones que hacemos las y los adultos, por lo que si no queremos que tengan los mismos comportamientos, nosotras y nosotros tenemos que saber controlarnos y ponernos límites. Ante esto, considero que existe una laguna para garantizar el éxito de una demanda judicial, porque las compañías tecnológicas pueden argumentar que la adición de las y los menores proviene de la copia que hacen de lo que hacen sus madres y sus padres.
Que las redes sociales han servido para muchos fines loables (para comunicar, para conocer gente, para buscar trabajo…) es innegable, pero también han ido evolucionando hacia una dirección que sí, hay que decirlo, ha originado problemas. El daño provocado es difícil de medir, pero aunque parezca algo secundario, el uso de filtros en las fotografías para embellecerlas ha perjudicado a la autoestima de muchas personas (especialmente adolescentes). Sabemos, o deberíamos saber, que no todo lo que se cuenta en redes sociales es verdad al cien por cien (todas y todos queremos dar una imagen ideal de nosotras y nosotros mismos), pero en ese caso, ¿hay que matar al mensajero? ¿Quién es realmente el culpable: las aplicaciones, las personas (que suben esos los contenidos en sus perfiles) o ambas?
En el último artículo comenté mi asombro y desacuerdo con el llamado «adult only» (en lugares como son los hoteles), pero esta semana he sabido que también existe una cosa que se llama «audio only» para los conciertos de música. Concretamente, la gira de Bruno Mars ofrece por setenta euros la posibilidad de estar en su espectáculo sin que puedas ver absolutamente nada del escenario (e imagino que lo de oír y escuchar bien dependerá de muchos factores, porque a veces el sonido ambiente puede fallar).
Seguramente la culpa de todo la tengan las personas que aceptan pasar por el aro y asistir a ese evento en esas condiciones, y sinceramente veo muy difícil encontrar una fórmula legal para poner freno a estos abusos (hay quien defenderá que es una nueva modalidad del mercado y que quienes quieran contemplar con sus ojos al artista actuando pues tendrá que recurrir a pagar una serie de complementos). La verdad es que los derechos de las y los consumidores cada vez se ven más constreñidos y pisoteados, y salvo contadas excepciones, es muy inusual que miles de personas hagan presión para cambiar una malas praxis. Cuando ocurre un retraso o una cancelación de un vuelo y esa compañía aérea no te da soluciones y te deja abandonado a tu suerte, esa mala experiencia no se convierte por norma general en una protesta colectiva (y no solamente por las y los afectados en ese momento, sino por el conjunto de la sociedad).
Es verdad también que los trámites oficiales, como son las hojas de reclamaciones, han quedado muy obsoletos y su funcionalidad real o es escasa o muy poco satisfactoria (hasta cuando te dan la razón, porque el daño provocado siempre va a ser superior y la reparación económica en casi todas las ocasiones no cubre el total de gastos realizados). Nos enfrentamos a un batiburrillo de tarifas con todos sus añadidos (sea en comisiones, gastos de gestión u otra modalidad) que a mí al menos me crean una sensación de haber sido estafado o engañado, y sea por pereza o por vergüenza en reconocerlo, no realizamos las gestiones oportunas para reclamar que ese dinero se nos reintegre.
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