Cuando todos clasifican a las personas
Vivimos en la era de las etiquetas. Nunca habíamos dispuesto de tanta información, de tantas oportunidades para comunicarnos y de tantos discursos públicos sobre igualdad. Sin embargo, paradójicamente, pocas veces hemos estado tan obsesionados con clasificar a los demás. Se discrimina por raza. Se discrimina por sexo. Se discrimina por edad. Se discrimina por orientación sexual, por religión, por el peso corporal, por la forma de vestir, por el acento o por el origen social.
Pero también se discrimina por ideología. Los «rojos» desprecian a los «fachas». Los «fachas» caricaturizan a los «rojos». Los religiosos desconfían de quienes se declaran agnósticos. Algunos defensores de la ciencia ridiculizan cualquier manifestación espiritual. Y algunos fanáticos religiosos consideran sospechoso todo pensamiento crítico o empírico. Cada grupo construye su propio muro y, una vez levantado, mira al otro lado con recelo. La polarización se ha convertido en una industria rentable. Cuanto más enfrentados estamos, más sencillo resulta manipularnos.
El gran triunfo del prejuicio moderno
El prejuicio clásico consistía en juzgar a una persona por el color de su piel o por el lugar donde había nacido. El prejuicio moderno es más sofisticado, pero no menos dañino. Ahora creemos conocer a alguien simplemente porque sabemos a quién vota, qué periódico lee o qué mensaje compartió en una red social. Hemos sustituido la curiosidad por el etiquetado automático. Ya no preguntamos. Sentenciamos. Ya no escuchamos. Clasificamos. Ya no conocemos personas. Consumimos estereotipos. Y así ocurre algo extraordinariamente injusto: individuos complejos, llenos de matices, terminan reducidos a una palabra, una bandera o una consigna.
Mi particular forma de discriminación
Confieso una herejía social. He empezado a practicar una forma de discriminación. La llamo discriminación por seso. No me importa el color de la piel de una persona. No me importa su religión o la ausencia de ella. No me importa si es hombre o mujer. No me importa su edad. No me importa si tiene sobrepeso o si parece salida de una pasarela. No me importa si vota a la izquierda, al centro o a la derecha. Lo que sí me importa es otra cosa. Me importa si es respetuosa. Me importa si sabe escuchar. Me importa si es capaz de dialogar sin insultar. Me importa si posee inteligencia emocional. Me importa si tiene curiosidad por aprender. Me importa si conserva el sentido del humor. Me importa si trata con dignidad a quienes piensan diferente. Me importa si utiliza el cerebro para construir puentes en lugar de trincheras.
El valor olvidado de la inteligencia cívica
Durante demasiado tiempo hemos confundido la inteligencia con la mera acumulación de títulos académicos. Sin embargo, tampoco conviene caer en el error contrario: despreciar el valor del estudio, del conocimiento y de la formación. La educación constituye una de las mayores conquistas de la civilización. Cada libro leído, cada curso superado, cada carrera universitaria completada y cada esfuerzo por aprender amplían nuestra capacidad para comprender el mundo y a los demás. El conocimiento no garantiza por sí solo la sabiduría ni la empatía, pero suele proporcionar herramientas fundamentales para combatir los prejuicios, cuestionar los dogmatismos y desarrollar el pensamiento crítico.
Es cierto que podemos encontrar personas sin estudios superiores poseedoras de una extraordinaria cultura, sensibilidad y sentido común. Del mismo modo, existen individuos con brillantes currículos académicos incapaces de convivir con quien piensa diferente. Pero estas excepciones no deberían servir para desacreditar la importancia de la educación ni para glorificar la ignorancia. Conviene hacer aquí una precisión importante. Defender la inteligencia cívica, la empatía o la capacidad de diálogo no significa minusvalorar el valor de la educación, de la cultura ni del esfuerzo intelectual. Al contrario. Una sociedad más justa, más libre y más tolerante necesita ciudadanos cada vez mejor formados. Por eso resulta necesario reivindicar sin complejos el conocimiento como uno de los grandes motores del progreso humano.
Defender la educación, la cultura y el mérito académico no implica caer en elitismos ni abrazar la falsa idea de que sólo quienes poseen títulos tienen algo valioso que aportar. Pero tampoco significa aceptar la peligrosa noción de que estudiar o no estudiar es indiferente. Porque, efectivamente, el conocimiento no lo es todo, pero la ignorancia nunca ha sido una virtud y el progreso humano siempre ha caminado de la mano de quienes decidieron aprender más y comprender mejor.
Por eso, junto a la inteligencia académica, existe otra inteligencia igualmente imprescindible: la inteligencia cívica. La capacidad de convivir, de dialogar, de discrepar sin odiar, de reconocer errores y de comprender que nadie posee toda la verdad. Cuando ambas caminan juntas —conocimiento e inteligencia cívica— es cuando aparecen los ciudadanos que hacen avanzar a las sociedades.
Los mejores compañeros de viaje
Con los años uno descubre que la vida es demasiado breve para desperdiciarla entre fanáticos. Da igual que el fanatismo sea político, religioso, ideológico o identitario. El fanático siempre termina considerando enemigo a quien no piensa exactamente como él. Por eso cada vez valoro más a las personas serenas. A quienes pueden debatir sin gritar. A quienes poseen convicciones firmes pero no necesitan imponerlas. A quienes son capaces de reírse de sí mismos. A quienes cambian de opinión cuando los hechos lo justifican. A quienes entienden que la discrepancia no convierte a nadie en adversario. Esas personas constituyen una especie de patrimonio humano en peligro de extinción.
La verdadera diversidad
Se habla mucho de diversidad. Y es una causa noble. Pero la diversidad no consiste únicamente en aceptar distintos colores de piel, géneros, edades o creencias. La verdadera diversidad implica convivir con formas distintas de pensar. Implica aceptar que alguien pueda discrepar profundamente de nosotros y seguir siendo una persona digna de respeto. Una democracia madura no se construye sobre la uniformidad. Se construye sobre la capacidad de convivir entre diferencias. Por eso la tolerancia no significa estar de acuerdo con todo. Significa reconocer la humanidad del otro incluso cuando pensamos que está equivocado.
Una revolución silenciosa
Quizá la revolución más necesaria de nuestro tiempo no sea tecnológica ni económica. Quizá sea moral. Consista en abandonar la obsesión por las etiquetas y volver a mirar a las personas a los ojos. Preguntarnos menos qué son y más cómo son. Menos a qué grupo pertenecen y más qué valores practican. Menos qué bandera exhiben y más cómo tratan a quienes tienen delante. Si eso es discriminar, entonces yo también discrimino. Discrimino por seso.
Porque en un mundo saturado de prejuicios, extremismos y trincheras, cada vez me interesan menos las identidades que la gente proclama y cada vez me importan más las virtudes que demuestra. Y porque, al final, las sociedades no avanzan gracias a quienes levantan muros entre seres humanos, sino gracias a quienes poseen la inteligencia, la educación y la decencia suficientes para derribarlos.
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