Asturies que es de siempre una tierra de emigrantes vio cómo, con pena, dolor y un gran sentimiento de pérdida, los mejores entre sus hijos abandonaban el hogar que los alumbró, el solar de sus antepasados. Fue así y sigue siendo sobre todo desde la descapitalización humana producto de una fallida «reindustralización» que arrastraron la demografía, los nuevos nacimientos, a mínimos. Eso no fue lo peor, lo doloroso fue y es ver durante décadas de triunfalismo político constructor de gasómetros, diques, espigones y otro variado repertorio de enseñas caciquiles, como por esas autopistas construidas con fondos europeos que a tanto bandido enriquecieron se nos fue y sigue marchando nuestro capital más valioso; la juventud formada en nuestra tierra y obligada a la emigración por el asfixiante corsé laboral.
Puede que ahora no marchen con el atillo o con la maleta de cartón, pero marchan casi seguro para no volver a su tierra dejando aquí a unos padres preocupados por la suerte de sus vástagos lejos de casa y ahorrando todo lo posible para viajar con el objetivo de poder ver a sus hijos. Marchan sin duda los más valientes, los más decididos, los más formados y dejan una Asturies yerma de juventud e inteligencia en una realidad que se esconde o que escondemos avergonzados por nuestra inanidad, por nuestra cobardía, por el egoísmo suicida de haber cambiado los cromos equivocados dejando que las sectas políticas aceptaran las estampitas que solo sirvieron a algunos, a una parte de la sociedad y de la geografía asturiana. Marcharon los mejores y en silencio con un mutismo cómplice que fue tachado, por un ex presidente de aquí, que calificó este éxodo como «leyenda urbana» a esta partida de los jóvenes asturianos hacia la búsqueda de los horizontes laborales que en Asturies se les cerraban, mientras gremios corporativos y otros grupos extractivos conectaban sus cables a la política para sacar hasta a última gota del maná público europeo o no que tanto nos vendieron para asegurarnos que todo iba bien, que nuestra comunidad estaba en un camino de «sinergias» que iba a transformar nuestra tierra en un paraíso del futuro. Sí, están en ello mientras nuestros hijos ven, escuchan y leen horrorizados las noticias de un país de cuento, de mucho cuento.
Aquí—hay veces que me cuesta llamar a nuestra tierra por su nombre—quedamos los viejos, ahora encaminándose a una mayoría de ideología facha, listos ellos, los trabajadores de siempre. Quedamos un montón de viejos, generalmente con pensiones aceptables si la comparamos con la situación de los jóvenes, por ejemplo. Hay también pensionistas que no llegan a fin de mes por lo exiguo de sus pensiones o que deberían estar más holgados, los hay que las pasan canutas, precisamente, por ser sostenedores del precariado laboral de sus descendientes familiares ¿Hasta cuándo? Nos quedan los inmigrantes, esos que la derecha desprecia y que de no ser por ellos no se sabe muy bien qué iba a ser de nosotros de los que se quedan asturianeando de falsete. Ojalá este, vuestro escribidor, se equivoque y todo quede en una mala previsión por la parte, por un asturiano que vio el correr del tiempo astur desde las décadas finales del siglo XX hasta hoy mismo en que ustedes leen esto.
Este viejo que se dice asturianista se despide de Asturies para estar más cerca de sus hijos emigrantes y lo hace con poesía, con los versos de Rosalía de Castro, y no por la falta de extraordinarios poetas asturianos en asturiano y en castellano, sino porque Rosalía me abrió desde niño el camino del verdadero amor a la tierra propia, sin ademanes, con el sentimiento verdadero de amor a la tierra que nos hizo y nos alitó, con gran pena pero con serenidad, y además porque compartimos el sentir profundo de pérdida de tierras hermanas;
«Adiós ríos, adiós fontes, adiós, regatos pequenos; adiós, vista dos meus ollos, non sei cándo nos veremos. Miña terra, miña terra, terra donde m’eu criei, hortiña que quero tanto, figueiriñas que prantei. Prado Muiño dos castañares, ríos, arboredas, pinares que move o vento, paxariños piadores, casiña d’o meu contento. Muiño dos castañares, noites craras do luar, campaniñas timbradoiras da igrexiña do lugar Amoriñas das silveiras que eu lle daba ó meu amor, camiñiños antre o millo, ¡adiós para sempre adiós!¡Adiós,gloria! ¡Adiós, contento! ¡Deixo a casa onde nacín, deixo a aldea que conoso, por un mundo que non vin! Deixo amigos por extraños, deixo a veiga polo mar; deixo, en fin, canto ben quero…¡quén puidera non deixar! Adiós, adiós, que me vou, herbiñas do camposanto, donde meu pai se enterrou, herbiñas que biquei tanto, terriña que nos criou. Xa se oien lonxe, moi lonxe, as campanas do pomar; para min, ¡ai!, coitadiño, nunca máis han de tocar. ¡Adiós tamén, queridiña… Adiós por sempre quizáis! Dígoche este adiós chorando desde a beiriña do mar. Non me olvides, queridiña, si morro de soidás…tantas légoas mar adentro…¡Miña casiña!, ¡meu lar!»
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