El modelo de IA que Europa necesita: ¿una navaja suiza o un fórmula 1?

Amparo Alonso
Amparo Alonso Betanzos DE NEURONAS Y MÁQUINAS

OPINIÓN

María Pedreda

Durante los último­s años parece que la inteligencia artificial (IA) solo sabe avanzar en una dirección: construir modelos cada vez más grandes. Más parámetros, más datos, más centros de datos, más consumo energético y más inversión económica. Como si el futuro dependiese únicamente de quién consiga fabricar el motor más potente. Pero quizá estamos confundiendo potencia con progreso, o simplemente, potencia con utilidad.

Cuando mis hijos eran pequeños, encontré una enorme utilidad en llevar en el bolsillo una navaja suiza. Nunca he cortado un árbol con ella, pero he salvado más de un pícnic. No es la mejor herramienta para reparar un motor, pero resuelve con solvencia cortar hilos, abrir pan para hacer bocadillos, o sacar una minilinterna para encontrar el tornillito perdido. Precisamente por eso sigue siendo uno de los objetos mejor diseñados del mundo: no intenta ser la herramienta más potente, sino la más útil. Y esa diferencia es mucho más importante de lo que parece.

Esta reflexión me vino a la cabeza después de leer un artículo publicado recientemente en el periódico Le Monde. Analizaba la nueva idea regulatoria de China, que cuestiona tanto el modelo estadounidense (enorme capacidad tecnológica con escasa regulación) como el europeo (gran ambición regulatoria, potencia en desarrollo). China plantea así una idea, incómoda, pero no del todo incorrecta: la regulación por sí sola no genera liderazgo tecnológico. Hay que tener algo que liderar. La imposición de un estándar por parte de un único actor solo es posible si este tiene la capacidad de innovar y también de atraer a otros. Ese poder de atracción nace de la ambición industrial, no solo de la regulación. Y en eso, según el periodista de Le Monde, nos ganan los chinos.

Como ciudadana del mundo y europea, me siento mucho más segura en un mundo en el que la IA no sea un territorio sin ley ni orden. Pero siendo realistas solo con regulación no vamos a ganar la carrera. Ahora bien, también creo que Europa tiene algo más que ofrecer. Su fortaleza histórica ha sido distinta: transformar la diversidad en innovación. Diversidad de idiomas, de culturas, de tejido empresarial y de necesidades industriales. Quizá la inteligencia artificial europea debería inspirarse un poco más en las navajas suizas y un poco menos en los fórmula 1.

La IA frugal propone exactamente lo contrario de la carrera armamentística actual. En lugar de modelos más grandes, propone modelos más «listos». Capaces de aprender con menos datos, pero de mayor calidad. Más ligeros, con menor consumo energético. Diseñados para funcionar en entornos distribuidos, donde los datos están repartidos — como lo está Europa — en lugar de concentrados en un único servidor en California. Sistemas que aprovechen la capacidad de computación de los millones de pequeños dispositivos que ya existen, en lugar de exigir infraestructuras que solo unos pocos pueden permitirse. En definitiva, se trata de construir un modelo tecnológico diferente, un ecosistema de IA más diverso, capaz de adaptarse a entornos multilingües, de generar modelos locales especializados, y de democratizar el acceso a la inteligencia artificial, de modo que también las pymes y los centros de investigación puedan desarrollar tecnología de primer nivel, competitiva a nivel internacional sin necesitar los recursos tecnológicos, humanos y económicos de las grandes multinacionales. La IA frugal no propone renunciar a la excelencia, propone medirla de otra manera. Y esa excelencia es también soberanía. Porque la soberanía tecnológica no consiste únicamente en fabricar chips o en construir centros de datos. También consiste en algo más profundo: mantener la capacidad de desarrollar nuestros propios modelos, modelos adaptados a nuestras necesidades, nuestros idiomas, nuestra industria y nuestros valores. Si nuestra economía va a depender de modelos que hayan sido entrenados por otros países en otros continentes, esa soberanía será sólo una palabra bonita en un documento de política europea.

Europa reúne una diversidad de lenguas, costumbres, cultura, industria e instituciones difíciles de encontrar en otras grandes regiones del mundo. China y Estados Unidos tienen más población, más recursos y más músculo tecnológico, pero también son mucho más homogéneos en esos aspectos. En biología sabemos que los ecosistemas más diversos suelen ser también los más resilientes. Quizás en inteligencia artificial ocurra algo parecido. Un ecosistema de IA diverso, capaz de adaptarse a entornos multilingües, de generar modelos locales especializados y de democratizar el acceso a la tecnología puede ser más robusto a largo plazo que un único modelo gigante entrenado para un tipo más uniforme de usuario.

Quizás el mundo de la IA deba parecerse un poco más al mundo real: diverso, lleno de soluciones distintas, donde el equilibrio entre especies hace al conjunto más estable, sostenible y resiliente. No tanto a un fórmula 1 diseñado para correr en un circuito, sino a una buena navaja suiza: suficientemente potente, muy versátil y siempre disponible cuando se necesita.

Europa rara vez ha liderado imitando el modelo de otros. Cuando lo ha hecho, ha sido encontrando su propio camino. Si queremos competir en la inteligencia artificial del futuro, quizá no debamos preguntarnos cómo construir el modelo más grande, sino cómo construir el ecosistema más diverso, más inteligente y, también, más europeo.