Conocemos, con mucho desconcierto, el tirón que la magia tiene sobre algunos líderes, tipos en apariencia cabales que al bajar la persiana consultan el devenir de la comunidad y el suyo propio con nigromantes que les frotan huevos negros por la espalda. Hay ejemplos muy desasosegantes vistos los resultados, como la devoción de Hitler por un astrólogo llamado Erik Hanussen que cuando el partido nazi solo era una pequeña célula de extremistas le anticipó al joven Adolfo que algún día la nación germana estaría a su merced. Los Reagan consultaban a Joan Quigley, que presumía de fiscalizar las grandes decisiones del presidente; Bolsonaro despachaba con el falabarato Olavo de Carbalho que, puestos a predecir, llegó a acusar a Caetano Veloso de ser pederasta; y ahí está el mago Merlín, consejero del rey Arturo, trasladado a Terra de Miranda por nuestro Cunqueiro.
A todas esas referencias podría haber acudido Isabel Díaz Ayuso para justificar ese «chao pescao» que en sus labios sonó a conjuro liberador, a sortilegio para enmendar un destino que parece habérsele vuelto aciago, una especie de padrenuestro cañí de última hornada que reescribe por la vía vulgar las buenas tradiciones literarias madrileñas, que habelas, hailas. Si a la mujer le fue tan bien con el insolente y pueril «me gusta la fruta», si consiguió convertir esa sofisticada fórmula en un lema de partido, fabulará con que esta expresión mazo guay triunfe también entre los suyos y al fin se deje de hablar de su ático. Aunque puestos a elegir frases de referencia o autores de prestigio matritense, bien podría haberse decantado por la popular «Hasta luego Maricarmen», cuya autoría se atribuye esa paisana suya llamada Belén Esteban. Los caminos de las invocaciones son inescrutables.
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