Conozco pocos libros más elocuentes, y estimulantes, que Ortodoxia, de G. K. Chesterton. En las diatribas sobre el catolicismo, sus certezas y sus agonías (luchas), nadie ha escrito más y mejor que el maestro londinense. Yo tengo Ortodoxia como un volumen de cabecera que a veces comprendo, y a veces no. En ocasiones coincido con Chesterton y, tiempo después, no coincido en absoluto. Sus paradojas son una loa a la inteligencia. Su prosa, por profunda, es una radiografía de la discusión sintáctica. Lo he subrayado en tantas líneas que ahora mismo las doscientas páginas del libro son un subrayado continuo. Acostumbro llevar un lápiz entre las hojas de los libros que leo. Con Ortodoxia ya no lo preciso. El libro, dedicado a su madre, tiene nueve capítulos. El tercero de todos ellos, «El suicidio del pensamiento» siempre me ha parecido el mejor.
Chesterton fue, de joven y aún más lejos, un descreído. Un escéptico, en sentido estricto, en un país de mayoría anglicana. Con el tiempo se convirtió en un católico ortodoxo, tan convencido que dedicó buena parte de su vida a convencer a los demás. Fue católico porque su fe lo empujaba a desarrollar sus reflexiones, juicios y argumentos. En contra del materialismo y otros determinismos, Chesterton encontraba en su fe un baluarte de la razón y del pensamiento. El capítulo tercero de su libro eximio es maravilloso: porque solo desde la maravilla se puede discurrir e inferir de modo tan brillante. «El hombre está hecho para dudar de sí mismo pero no de la verdad», escribe al comienzo del capítulo al que me refiero. Antes, recién iniciado, dice refiriéndose a George Bernard Shaw: «...tiene una cabeza heroica y generosa pero no la tiene en su sitio». Con ello quiere decirnos que la sociedad de su época, con Bernard Shaw como referente cultural, renunció al pensamiento. Nada más actual que este criterio. Nada, tristemente, más contemporáneo en esta España dividida por la mitad. Polarizada, disculpe lector esa argucia repetida aquí y allá. Pero cierta. El pensamiento ha sido absorbido y ya no importa lo que se haga o deje de hacerse. Somos fieles a unas siglas o unos planteamientos ideológicos que todo lo que suceda, o deje de suceder, apenas importa. No han sido ingenuos los asesores de la presidencia de España. No los ha habido más hábiles en la historia que yo recuerdo. La conclusión es esta: carecen de valor los hechos, ya solo importa la afinidad.
Y por todo ello estamos como estamos. Somos un país demediado y sin esperanza de reconciliación: dividido en dos. Remato recordando otra de las frases del tercer capítulo del libro al que hoy me refiero: «Ha llegado el momento de dejar de buscar tantas preguntas y de empezar a buscar respuestas». No hay respuestas. Todo son sofismas para tener a tu bando, partido o clan satisfecho: los que te votarán o han votado. Me gustaría ser optimista. No lo soy. Un país polarizado es un país doliente.
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