Solidaridad real con Ceuta es trasladar a la Península a los migrantes

OPINIÓN

Frontera de Ceuta
Frontera de Ceuta Jon Nazca | REUTERS

La particular circunstancia del enclave y de la crisis migratoria originada hace algo más de un mes ha ofrecido la combinación perfecta a quienes quieren poner al Gobierno de España en una situación límite. Permaneciendo en Ceuta un número considerable de personas (entre 5.000 y 9.000 según los datos los dé el Gobierno de España o de la Ciudad Autónoma), para una ciudad con una población de 83.000 personas, en efecto es difícil sostener la situación. Pero en lugar de dejarnos arrastrar por la corriente y formar parte del problema, lo que procede es un análisis realista desde las distintas perspectivas.

Los propios migrantes, lejos de invadir a nadie lo que quieren es emprender un proyecto migratorio en Europa, y, llegados a este punto, tienen poco que perder, especialmente aquellos que pueden llevar meses de periplo por distintos países desde su origen, hasta encontrar el 30 de julio la oportunidad en la entrada masiva, probablemente auspiciada por las autoridades de Marruecos. Hemos edificado un sistema migratorio impracticable, irracional e inhumano que condena a millares de personas a asumir riesgos enormes, pasar por la clandestinidad y la precariedad más absoluta, aunque su mano de obra y contribución sea necesaria en una Europa que afronta el invierno demográfico (las proyecciones de Eurostat indican una reducción de 53 millones de personas en este siglo, incluso con una entrada de migrantes similar a la actual). La retórica de la invasión es sencillamente falsaria y ponzoñosa, pues la posible instrumentalización de la entrada masiva utiliza también como víctimas a los propios migrantes, muertos y desaparecidos a decenas (141 ha computado la organización Caminando Fronteras) sin que a ninguna esfera de poder parezca importarle. Impulsar la crisis migratoria para poner presión adicional sobre la frontera en acontecimientos como el vivido, como forma de generar (con éxito) zozobra, división y conflicto, puede ser un ejemplo de hostilidad y guerra híbrida, pero aquí ningún migrante está invadiendo nada y el juego de las disputas territoriales no es precisamente su preocupación. Lo que la mayoría quieren (como querríamos nosotros) es una oportunidad de vida y, quienes escapan de la guerra y la persecución, protección internacional legítima para el mismo fin.

Las soluciones al hervidero de Ceuta requieren una perspectiva pragmática que, sin embargo, escasea. Por una parte, no es posible una devolución masiva en ninguna de las circunstancias y plantearlo, además de inhumano y cruel, es inviable. Ni Marruecos acepta (cuando lo hace) la de aquellos que no sean sus nacionales (una parte importante de los que están) ni caben las deportaciones en masa. Cada expediente individual requiere identificar, filiar, examinar las circunstancias en lo posible y eso, indudablemente, toma tiempo. En el caso de los menores de edad, cuando no haya posibilidades de reintegración a la familia de origen o ello no sea acorde al interés superior del menor, debe operar el sistema de protección de la infancia, a menos que admitamos el desamparo y el abandono de niños como opciones morales (lo que algunos desalmados ya plantean). En otros casos de migrantes que accedieron en la entrada masiva, simplemente no será posible la expulsión por la falta de colaboración en los países de origen. Afirmar categóricamente que todos serán expulsados o devueltos, además de injusto y contrario a nuestro régimen legal, es sencillamente falso. Y en otros casos, cuando medie el temor fundado de persecución en su país de origen, es necesario aplicar la normativa sobre protección internacional, que es mucho menos garantista con la entrada en vigor de la regulación contenida en el Pacto Europeo de Migración y Asilo, pero que aun así requiere ciertos trámites. No es posible ni decente denegar de plano dicha protección (como se ha planteado), sólo porque el conflicto del que huyan se desarrolle en Libia, en el Sahel deshecho con los golpes militares y las fallidas intervenciones internacionales, en Sudán, República Democrática del Congo, etc. Recordemos que todo el sistema de asilo y refugio se edificó tras la II Guerra Mundial para proteger inicialmente a los millones de refugiados europeos y que la paz y la estabilidad no está garantizada de manera perpetua en ningún lugar del mundo. Y pensemos en la capacidad de respuesta que España y la Unión Europea han demostrado en otras crisis de mucha mayor dimensión (Siria o Ucrania, por ejemplo), aunque no tengan los elementos singulares de ésta.

No es realista tampoco la quimera de mantener a miles de personas en campamentos de fortuna o a la intemperie durante meses en la ciudad mientras se dilucida la situación de cada uno. Por una parte, no hay colectivo humano (y menos en situación de desesperación) que pueda aguantar una situación de privación deambulatoria, quedando varados en los lugares habilitados, a la espera paciente de lo que puede ser una orden de expulsión, que en muchos casos veremos si se puede ejecutar. La conflictividad irá a más por la angustiosa situación que padecen y hay que entenderlo desde el punto de vista humano. Evidentemente, los vecinos de Ceuta tienen razones sobradas para lamentar que su vida cotidiana también ha quedado fuertemente alterada y a ello se suma la banda de agitadores y violentos dispuestos a provocar y tratar de sacar partido de un conflicto que desean que estalle. Los ejemplos de hostigamiento a quienes creen extranjeros (en muchos casos equivocadamente) por su apariencia nos habla de una convivencia histórica entre las diversas comunidades de la ciudad a punto de reventar, y de un racismo que de repente emerge con toda su brutalidad. Y las imágenes de persecuciones y ataques en Playa Benítez, por ejemplo, ponen de manifiesto que quienes protagonizan una mayor alteración del orden público son los grupos de exaltados que agitan (que no lo hagan en mi nombre) la bandera de España, a veces arrancándole el escudo constitucional o sustituyéndola por el franquista, o por la Cruz de Borgoña, demostrando el abismo al que nos puede arrastrar la crisis de Ceuta si dejamos que una turba fascista se adueñe de las calles, allí y aquí.

La situación que se vive en Ceuta no admite ya más posiciones demagógicas e incendiarias, y tampoco usos partidistas. Ciertamente se ha producido una vulneración grave de la seguridad de las fronteras, y la posibilidad de que haya potencias extranjeras interesadas en crear y agravar el conflicto no puede ser desdeñada ingenuamente, a la vista del panorama internacional. Pero no tiene sentido alimentar una escalada belicista que algunos dirigentes nacional-populistas parecen querer, que es además la horma del zapato del nacionalismo marroquí vinculado al sostenimiento de su monarquía (y no olvidemos los antecedentes de nuestra convulsa relación con el vecino). Es inaceptable la deshumanización de los migrantes que preconizan algunas voces, incapaces de ponerse en otra piel, y que incluso llegan a la criminalización de las entidades solidarias y la obstaculización de su trabajo asistencial (de No Name Kitchen a la Cruz Roja, nada menos). Y es oportunista aprovechar la crisis para fines partidistas que en nada ayudan a que Ceuta recobre la normalidad. La única vía realista para ser solidario con la ciudad es el traslado a la Península de los migrantes y que los trámites que la legislación exija se realicen con garantías para las personas concernidas. Saquemos el conflicto de sus coordenadas actuales, propicias al enfrentamiento con Marruecos y a la teatralización nacional-populista, que nos envenena y que socava la convivencia en todo el país. Abramos la espita de la olla de olla a presión de Ceuta y permitamos que pase página. Lo contrario son expresiones de solidaridad con la ciudad huecas y con segundas intenciones, nada pacíficas.