Ceuta, grandes problemas, enormes irresponsables

OPINIÓN

Es posible que dentro de unos meses la crisis de Ceuta esté superada, sus calles tranquilas y el ambiente en España y Europa algo más relajado. Pero solo será aparentemente. Los problemas internos y externos que está revelando esta enorme crisis son de un tamaño difícil de medir y tienen consecuencias a largo plazo. Para intentar la difícil tarea de atajarlos es necesario conocer bien las causas y sopesar las acciones que se pueden acometer en un escenario local e internacional complejo y de enorme tensión que no parecen al alcance de nuestros dirigentes. Así lo han demostrado con su desidia.

La primera causa, y acicate para las que vienen detrás, es una radical desigualdad, la que depende del lugar de nacimiento. Los ochenta mil o cien mil jóvenes africanos que entraron en territorio español en dos días son víctimas de la humillación de ser pobres —cuando no perseguidos— y de no tener las expectativas de vida y desarrollo que presumen en Occidente. Ser pobre y ser migrante no es ser el enemigo, como los gallegos aprendimos muy bien. Pero cuando se hacinan miles de seres humanos sin alimento ni refugio ni atención es imposible que no surja el conflicto. Cuanto más crezca la desigualdad entre Europa y África, más riesgo de choque incontrolado habrá.

El siguiente problema tiene que ver con el respeto y la verdad. Quizá el único español que cree que Marruecos es inocente en esta crisis sea el presidente del Gobierno. Él y unos pocos miembros de su dividido Ejecutivo que lo secundan. Es imposible esta marcha verde a nado sin la acción o la omisión consciente del poder de Rabat, a quien no se puede considerar un amigo confiable, porque los amigos no chantajean. Pero el presidente sigue prefiriendo mirar hacia otro lado. ¿Por qué? Es algo que no ha explicado Sánchez y que tampoco le exigen unos socios cada vez menos creíbles en sus réplicas al Ejecutivo.

Marruecos se ha tomado sus revanchas. El 20 de julio, Pedro Sánchez visitó Argelia para sellar la reanudación de relaciones; a finales de ese mes, la Comisión de Justicia del Congreso aprobó el dictamen para conceder la nacionalidad española a los saharauis, que irá a pleno ahora (si no se aplaza por cuestiones de oportunidad). Y la respuesta se da el 30 y 31 de julio con la entrada masiva en Ceuta. Ese amigo al que tanto hay que agradecer ha exhibido a las claras su estrategia.

El exquisito cuidado del Gobierno en no ofender a Marruecos puede entenderse como un intento para pedir su colaboración en las repatriaciones. Pero no se justifica porque no es recíproco, como corresponde en diplomacia. Ese amigo del sur se fue de fiesta, alentó la gran marcha, ridiculizó a su vecino, echó a la prensa… y se ha aprovechado de esta crisis para reclamar Ceuta y Melilla como propias. El Gobierno ha respondido, de nuevo, bajando la cabeza. Incluso, la Moncloa ha jugado durante semanas a si es conveniente autorizar el viaje del rey Felipe VI —tan necesario—, por miedo a enfadar al monarca marroquí. Le parece más peligroso eso que acusar oportunamente a Israel, Rusia y la internacional ultraderechista. Pero, se quiera ver o no, la relación con Marruecos está quebrada.

El tercer problema está en casa. No existe ninguna justificación para haber dejado pasar todo el mes de agosto de descanso, con el presidente Sánchez como peor ejemplo, y sin más medidas que unos apaños para salvar la cara. Ceuta lleva más de un mes abandonada a su suerte, con las calles repletas de personas sin asistencia, con niños abandonados, con jóvenes acosadas, con una creciente sensación de inseguridad. Los comercios, vitales en la economía de la ciudad, tienen que permanecer cerrados o protegerse con guardias; las calles dejaron de ser el espacio de convivencia y el miedo a enfrentamientos va en aumento. Quienes fueron perezosos para actuar alimentaron con su desidia de más de un mes el hartazgo, las pérdidas y la radicalización contra los migrantes de gran parte de la población de Ceuta.

Mientras, la oposición tiene ante sí un gran dilema: aprovechar la crisis porque debilita al Gobierno y acerca el cambio político, o ponerse al servicio de los intereses del país, los mismos que algún día tendrá que gestionar. Ha elegido la primera salida, mucho más golosa en el plazo corto.

Hay por delante serios retos que exigen mirada alta, firme y sensata como se reclamó en la movilización masiva de esta semana en decenas de ciudades españolas. Los migrantes ya no son considerados personas con derecho a buscar una vida mejor, sino una especie de enemigos. En el Estrecho faltan medios y voluntad política para combatir las mafias de la inmigración y del narcotráfico. Ceuta tiene un problema de convivencia a corto plazo, que dejará un coste y una herida en su carácter difíciles de reparar. España no tiene (y no ha tenido) un leal colaborador en el sur, y hay quien no quiere verlo por no se sabe qué intereses. Y Europa, desgraciadamente, sea en migración o en cualquier política común, solo avanza en divisiones.

Ante desafíos de este calibre, no bastan buenas (y huecas) palabras como las del presidente ayer en el Congreso cinco semanas después de la invasión. Lo preciso es mantener las ideas claras: España debe defender la democracia y sus fronteras, promover los derechos humanos, aplicar la justicia, reparar los daños, rechazar cualquier provocación y asumir ya responsabilidades políticas. Sin dilación.