Un asturiano en el Fringe

Arturo Álvarez

OPINIÓN

El Fringe, festival en Edimburgo
El Fringe, festival en Edimburgo

Edimburgo, esa ciudad donde hasta el que reparte comida, puede ser artista. Crónica de un asturiano perdido en el Fringe, el mayor festival del mundo, donde hay 3.649 espectáculos y nadie parece saber exactamente qué está pasando.

Son las diez de la mañana de un soleado día a mediados de agosto. Subo por Leith Walk y en el Brunswick pido un Sccotisch Breakfast para aguantar un buen rato. Hay ciudades que se visitan. Y luego está Edimburgo durante el Fringe, que se sobrevive.

Durante este mes, la capital escocesa deja de ser una ciudad razonablemente tranquila para convertirse en un gigantesco ataque de nervios con ganas de verlo todo.

Este año, del 7 al 31 de agosto, hay 3.649 espectáculos en 258 escenarios, protagonizados por artistas procedentes de 71 países.

Es decir: 3.649 oportunidades de equivocarse de espectáculo y con la peculiaridad de que nadie sabe dónde está el escenario. Cualquier local (Venue) es un escenario, desde buenos teatros, teatros enanos, aulas universitarias, bares, restaurantes,tiendas, trastiendas, iglesias, colegios, centros comerciales ....y calles, muchas calles. Y si eres friolero/a este año y por primera vez, en una sauna (Sauna Sessions Art Club) con capacidad para 80 personas.

Festival el Fringe en las calles de Edimburgo
Festival el Fringe en las calles de Edimburgo

Llegé a Edimburgo para visitar a mi hijo y de paso ver algo de teatro. Grave error.

El primer día descubro que el Fringe no es exactamente un festival de teatro. Es más bien lo que ocurriría si la Semana Negra, el Carmín de la Pola, San Mateo, el descenso del Nalón, las Carrozas de Valdesoto, todas las noches celtas y una reunión de comunidad de vecinos se hubieran puesto de acuerdo para hacer artes escénicas.

Fringe, que se puede traducir por flequillo pero también por borde, pero de límite no de desagradable, se remonta a 1947 cuando la ciudad, tras salir de la Segunda Guerra Mundial, organizó un primer Festival de música, teatro, ópera... y en el que ocho compañías de teatro no fueron invitadas, pero decidieron ir por libre y no quedarse en casa y ahí empezó el Fringe, con ese juego de palabras que tanto les gusta “ Borde, Franja, Margen...” . No nació como un festival organizado. Nació como una especie de invasión artística y ese espíritu sigue siendo el actual.

Por lo que tenemos el Festival Internacional que selecciona los espectáculos y el Fringe, que en esencia, permite que los artistas se incorporen al programa pagando la correspondiente inscripción y encontrando un espacio.

Por eso puedes encontrarte en una misma calle a una compañía de teatro profesional, un cómico que está empezando, un mago extraordinario, un espectáculo experimental incomprensible y un señor disfrazado de plátano.

«¿Y qué hay aquí?» La pregunta parece sencilla. No lo es.

A las once estoy por Waterloo Place, en frente del hotel Balmoral, y ya hay actores disfrazados de todo: caballeros medievales, sacerdotes, monstruos, policías, drag queens, princesas, hombres vestidos de mujeres, mujeres vestidas de hombres y personas cuyo disfraz resulta imposible de identificar incluso después de haber hablado con ellas.

Todos entregan folletos. Todos tienen un espectáculo. Todos te dicen dónde es y a qué hora. Todos aseguran que es «increíble».

Y todos parecen convencidos de que el turista que acaba de salir del Tesco lleva dentro un crítico de teatro esperando despertar.

Camino por Princes Street que está huérfana de tranvías, un incendio dejó un edificio en ruinas y temen que las vibraciones del tren hagan caer la fachada.

Considero que es el momento apropiado para tomar la primera pinta y decidir por dónde empiezo y entro en el Dirty Dick`s, un histórico pub de Rose Steet Tengo un enorme catálogo con todas las actuaciones del tamaño de la guía telefónica de Oviedo cuando existían, pero si no también tienes su propia web: https://www.edfringe.com/

Una oferta cultural ligeramente excesiva

El problema del Fringe es que hay demasiadas cosas. Uno puede asistir a una obra sobre Shakespeare, a un monólogo sobre la menopausia, a una comedia sobre dinosaurios, a un espectáculo de magia, a una obra experimental japonesa a un cabaret burlesque y mucha música en directo.

Espectáculos
Espectáculos

La mayoría recurren a títulos impactantes para captar la atención. Y lo peor es que todos parecen tener buenas críticas.

Empiezo a mirar el programa con la misma sensación que produce en Asturias abrir la carta de un restaurante de carretera y descubrir 47 platos de primero y 65 de segundo a elegir uno de cada.

Veo que no es cuestión de dinero, las entradas son económicas, entre 10 y 20 libras. Hay también sistemas de doble pago, la entrada por ejemplo a 6 libras y una vez que lo ves, puedes dar más si te gustó y todas las de la calle gratuitas a la voluntad.

«¿Qué tal éste?». «Tiene cinco estrellas».

«¿Y aquel?». «También».

«Pues voy al que esté más cerca».

Un tributo a Rod Steward en el sótano de un pub elegante. El imitador lo hace muy bien y físicamente se parece al Sir, gracias a la peluca. Pregunta si hemos visto al auténtico, le digo que hace dos años en Madrid. Me dice que hace quince años vivió en Salou, habla un español tan roto como mi inglés y nos dedica «DA YA THINK I`M SEXY».

Tiene el detalle de despedirse al final del concierto y me da su áspera mano de albañil, vive a las afueras de Glasgow. Así funciona el show business.

En este concierto conozco a dos brasileños(Wellinton y Reginaldo) que tienen un evento todos los días a las diez de la noche en Braw Venues de Hill street. Al cual estamos invitados.

Tomamos otra pinta y pasamos el puente del Norte que después de ocho años ha reabierto y enfocamos la Royal Mile. Este es el centro neurálgico de las actuaciones en la calle.

Equilibristas, faquires, saltimbanquis, tragallamas, gaiteros, mimos y cualquier personaje que no sabes dónde puede vivir el resto del año se dan cita en esta mítica calle, que para mí es de las más bellas del mundo si no fuera por los turistas entre los que me encuentro.

Las medidas de seguridad ante posibles atentados sorprenden. Aunque lo parezca, no es una locura. Cada rincón, cada placita, tiene su permanente actuación, pero ningún espectáculo puede permanecer más de media hora, carteles en cada lugar indican quién y cuándo van a estar allí. En la Royal Mile, cada veinte metros alguien intenta venderte una experiencia.

—Come and see our show!

—No, thank you.

—It's amazing!

—Seguro.

—Five stars!

—Eso ya lo veremos.

—You will love it!

Empiezo a sospechar que el verdadero espectáculo del Fringe no está en los escenarios. Está en conseguir caminar cien metros sin que alguien te entregue un folleto.

Hablo con un equilibrista que lleva doce años viniendo al Fringe, y me dice que no es oro todo lo que reluce, los alojamientos son muy caros, se calcula un millón y medio de turistas para una ciudad de seiscientos mil habitantes, si actúas en un local vives de las entradas que vendas menos la comisión que se lleva el establecimiento. Si actúas en la calle vives de las monedas que te caen, y son tantos los que piden que no da para todos, eso teniendo suerte que en la media hora que te asignan no llueva. Los artistas de la calle piden con sombrero y datáfono.

Pero Edimburgo también tiene una cosa maravillosa: nadie parece extraño. Esto permite que te adaptes perfectamente.

Me siento con mi hijo en una terraza, al suceder el milagro de encontrar una mesa libre y decidimos observar a la gente en la calle.

Al lado hay un hombre tocando el violín vestido de Spiderman.

Más allá, una mujer representa una tragedia griega.

Un grupo de australianos canta.

Un escocés toca la gaita.

Un señor anuncia un espectáculo sobre física cuántica.

Algunos que visten muy raro no hacen nada, simplemente son ellos así.

Empiezo a pensar que quizá yo también podría actuar.

No se hacer magia. No canto. No toco ningún instrumento. Pero soy asturiano.

Y en el Fringe eso parece una cualificación suficiente.

Subimos hasta el Castillo,pero el acceso a su plaza es con entrada, aquí se celebran las grandes paradas militares y bandas de gaiteros, es el famoso Tattoo. Se ponen a la venta las entradas en septiembre para el próximo año y en dos meses se agotan, empiezan en 50 libras arriba del todo y llegan a las 1000 libras en zonas vip.

Tattoo, grandes paradas militares y bandas de gaiteros
Tattoo, grandes paradas militares y bandas de gaiteros

Bajamos Victoria Street, quizás la calle más fotografiada y llegamos a Grassmarket. Al fondo en el Cold Town House, una cantante, Jess Robinson, canta y hace monólogos aparentemente simpáticos que no entiendo, mi inglés tiene unos límites. Luego una banda de pop-rock hace versiones que todos conocen y a las tres de la tarde hay un baile como en Trikitrake a las tres de la mañana, cuando existía.

Edimburgo no es una ciudad fácil para el peatón. Los semáforos en verde duran un suspiro. Practicamente no hay pasos de cebra. Los coches salen de cualquier lado, pero no son el principal problema. Temo las enormes bicis eléctricas de los repartidores de comida, hay Harleys más pequeñas y van como aviones. De momento y afortunadamente los monopatines no se han popularizado.

En Edimburgo generalmente estás subiendo o bajando, pocas veces vas por llano. Y así llegamos a Bristo Square, cerca de la Universidad. Esta zona podrían ser los chiringuitos de San Mateo, llena de locales con actividades, de hecho es donde se concentran muchos de los 258 «venues».

Entramos a las siete en un show de magia, en el Gilded Ballon donde un trío compuesto por un mentalista, uno de cartas y otro de efectos especiales interactúan con el público.

Dos señoras escocesas a nuestro lado levantan la mano para todo, el año pasado las hipnotizaron y este año quieren repetir. No tuvieron suerte.

Salimos en dirección a Hill street para ver a los Brasileños. Su evento se llama ESPECIE es una performance de arte moderno. Una experiencia radical donde un cuerpo permanece siempre en la oscuridad y con una luz tenue (la linterna del móvil) va recorriendo el origen del universo. Es un teatro físico sin texto. La oscuridad, la luz, la respiración del actor y el silencio te transmiten una sensación cargada de tensión. Una experiencia inmersiva al límite de lo sensorial.

Son las once y media de la noche. El Breakfast de por la mañana está en los calcaños. El resto de calorías son de la cebada. Comemos algo en un Hindú abierto todavía y para casa, llevo más de doce horas de Fringe.

Esta noche soñé que cantaba y tocaba la guitarra en la Royal Mile, me desperté y fui al baño, en esta ciudad es fácil beber dos litros de cerveza al día,incluso tres.

Me volví acostar y otro sueño me despertó sobresaltado. En un juicio sin ninguna garantía me acaban de condenar a muerte en Teverga. Los Servicios Secretos del Estado tienen pruebas de haberme visto cantar «DA YA THINK I`M SEXY» de Rod Steward. Semejante blasfemia no puede tener otro castigo.

Una nueva mañana con cierta resaca. Vamos hasta el Shore, la costa, siempre me gusta visitar esta zona de calles empedradas y casas típicas de los puertos del norte.

Antes de comer ya estamos de nuevo paseando por las zonas de entretenimiento. Decido descartar el teatro y la comedia que con sus giros, dobles sentidos y expresiones coloquiales me resultan difíciles de entender.

La prensa local comenta la noticia de la asistencia de la ex-primera ministra escocesa Nicola Ferguson Sturgeon, a una comedia en la que las ácidas burlas se hacen principalmente a ella y a su ex marido, Peter Murrell, detenido por una supuesta financiación ilegal del partido y recientemente encarcelado.

Al pasar por la plazoleta al lado del Radisson, cerca del Elephant House, donde J.K. Rowling escsribia parte de Harry Potter, no están los siempre presentes Yonkis, no tengo ni idea para dónde los habrán llevado.

La calle Cowgate tiene un ambiente adecuado si no tienes más de 25 años, tanto en la principal vía como en sus múltiples callejones la oferta es infinita. En uno de estos y ante el anuncio de entrada gratuita para ver baile tradicional escocés con una banda de gaitas, nos adentramos, pero debimos tomar un giro equivocado y terminamos en un espectáculo similar a “The Lady Boys of Bangkok”.

Si eres de los que tienen miedo a deshidratarse en los 60 minutos que suelen durar los espectáculos, no te preocupes, prácticamente todos tienen bar a la entrada o directamente es dentro de un bar. Estamos en Escocia y el arte con cerveza es una obra maestra. Tenemos la suerte de coincidir con espectáculos de calle de cierta calidad.

El síndrome del folleto

A los tres días, he acumulado tantos folletos que podría empapelar una habitación. Los guardo por categorías. Comedia. Teatro. Música. Magia. Danza. Espectáculos inclasificables. Esta última es, curiosamente, la que más crece.

He visto tantos carteles, actores, cómicos y artistas que empiezo a tener dificultades para distinguir la realidad de la programación.

Una ciudad entera convertida en escenario.

Miles de artistas intentando ser descubiertos. Miles de espectadores intentando descubrir algo.

Y cientos de miles de personas caminando con cara de saber perfectamente a dónde van cuando, en realidad, están buscando el espectáculo para el que compraron la entrada hace veinte minutos.

La noticia de la prensa de hoy es que un local del Fringe ha admitido haber discriminado ilegalmente a un humorista judío al cancelar su espectáculo, todo ello porque a los dueños del Banshee Labyrinth, en Niddry street, no le gustan las manifestaciones del comediante sobre Palestina.

La otra noticia es la recogida de 30.000 firmas para retirar el evento de Amanda Knox , esta chica primero fue condenada y luego absuelta por la muerte de una compañera de piso en Italia hace unos veinte años.

Mientras tanto, sigo caminando por Edimburgo. Vuelvo a pasar por la Royal Mile donde nuevos cómicos, magos, actores, bailarines, músicos, acróbatas y seres humanos cuya profesión no puede determinarse ni siquiera después de haberles preguntado, siguen actuando.

Entre miles de espectáculos imposibles, actores desesperados, turistas perdidos, gaitas, cerveza, lluvia y señores disfrazados de cosas que preferiríamos no identificar, hay algo verdaderamente especial.

Una ciudad entera decide durante un mes que cualquier persona puede subirse a un escenario y contar algo.

Algunas veces será brillante. Otras veces será una absoluta desgracia. Es una cuestión de suerte. Pero da igual. Porque alguien lo ha intentado.

En cierto modo, 79 años después, aquellos ocho grupos de 1947 siguen haciendo exactamente lo mismo: llegar a Edimburgo sin que nadie les haya invitado y decirle al público: «Mira lo que tenemos para ti».

No te preocupes si no los has visto todos, serías la primera persona en hacerlo.