La Revolución Equivocada

OPINIÓN

Varios jóvenes muestras su móvil en una imagen de archivo
Varios jóvenes muestras su móvil en una imagen de archivo ANA GARCÍA

De los de arriba y los de abajo a los de dentro y los de fuera

Durante generaciones, la juventud fue sinónimo de rebeldía. Los jóvenes cuestionaban el orden establecido, denunciaban los privilegios y reclamaban más derechos, más igualdad y más oportunidades. Sin embargo, algo está cambiando en Europa y también en España.

Numerosos estudios recientes muestran un crecimiento significativo del apoyo a opciones conservadoras y de derecha radical entre sectores de la juventud, especialmente entre los hombres jóvenes. Investigaciones realizadas en 27 países europeos constatan una creciente brecha ideológica entre hombres y mujeres de la Generación Z y los millennials, siendo los primeros más proclives a respaldar opciones de derecha radical.

La pregunta es inevitable: ¿cómo una generación que sufre dificultades para acceder a una vivienda, salarios insuficientes, empleos precarios y enormes incertidumbres vitales acaba apoyando, en muchos casos, proyectos políticos que no sitúan esas cuestiones en el centro de sus prioridades? Quizá la respuesta sea que la revolución juvenil existe, pero está apuntando en la dirección equivocada.

El gran cambio: del conflicto vertical al conflicto horizontal

Durante buena parte del siglo XX la política se articuló alrededor de un conflicto vertical. Los de abajo frente a los de arriba. Trabajadores frente a grandes propietarios. Mayorías sociales frente a élites económicas. La cuestión fundamental era quién acumulaba la riqueza y cómo se distribuían sus beneficios.

Hoy, sin embargo, una parte importante del debate político se ha desplazado hacia un conflicto horizontal. Ya no se habla tanto de ricos y pobres como de nacionales y extranjeros, hombres y mujeres, autóctonos e inmigrantes, identidades enfrentadas entre sí. La vivienda deja de analizarse como un problema de especulación, oferta insuficiente o concentración de la propiedad para convertirse en un supuesto problema de inmigración.

La precariedad laboral deja de relacionarse con las transformaciones económicas para atribuirse a quienes llegan de fuera. La desigualdad deja de explicarse por la concentración de riqueza y pasa a interpretarse como una competición entre grupos sociales. La batalla deja de ser entre arriba y abajo para convertirse en una batalla entre dentro y fuera. Y ahí reside una de las mayores victorias culturales de la nueva derecha: conseguir que quienes comparten problemas similares se perciban como adversarios en lugar de aliados.

La fábrica digital del resentimiento

Las redes sociales han acelerado enormemente este proceso. Los algoritmos no están diseñados para fomentar la reflexión. Están diseñados para captar atención. Y pocas cosas generan más atención que la indignación, el miedo, la confrontación o el sentimiento de agravio.

Diversas investigaciones europeas muestran cómo determinados contenidos políticos polarizadores obtienen una enorme capacidad de difusión en entornos digitales, especialmente entre los más jóvenes. Asimismo, la comunicación política de la derecha populista ha demostrado una gran eficacia en plataformas como TikTok, Instagram, YouTube o Telegram. La complejidad desaparece. Los problemas dejan de tener causas estructurales. Y aparecen culpables sencillos, inmediatos y emocionalmente eficaces.

El regreso de viejos fantasmas

La consecuencia más preocupante es que discursos que parecían superados vuelven a ganar visibilidad. La misoginia, el machismo, la homofobia, determinadas formas de racismo, el negacionismo climático, las teorías conspirativas o la desconfianza hacia el conocimiento científico reaparecen presentados como actos de rebeldía frente a lo políticamente correcto. Sin embargo, existe una enorme diferencia entre cuestionar el poder y cuestionar los derechos.

La historia demuestra que los grandes avances sociales nacieron de la ampliación de libertades, no de su restricción. Las mujeres conquistaron derechos enfrentándose al machismo. Los trabajadores mejoraron sus condiciones enfrentándose a la explotación. Las minorías alcanzaron protección jurídica enfrentándose a la discriminación. Retroceder nunca ha sido una revolución.

La izquierda también debe mirarse al espejo

Sería un error atribuir toda la responsabilidad a la habilidad comunicativa de la derecha. La izquierda también debe realizar una profunda autocrítica. Durante demasiado tiempo ha confiado en un mensaje defensivo: «vótame porque los otros son peores».

Ese argumento ya no basta. Los jóvenes necesitan soluciones tangibles para sus problemas cotidianos. Necesitan poder emanciparse. Necesitan salarios suficientes. Necesitan estabilidad laboral. Necesitan acceso a la vivienda. Necesitan perspectivas de futuro. Cuando esas respuestas no llegan, el malestar busca otros cauces. Y quienes ofrecen explicaciones simples, aunque sean equivocadas, encuentran terreno fértil para crecer.

¿Qué revolución le queda a la juventud?

La cuestión no es si los jóvenes deben votar a la izquierda, al centro o a la derecha. La cuestión es si votan en defensa de sus propios intereses materiales y democráticos.

La evidencia académica muestra que la desigualdad económica, la inseguridad vital y la percepción de pérdida de oportunidades alimentan el malestar político. La pregunta decisiva es hacia dónde se dirige ese malestar. Puede dirigirse contra quienes tienen menos. O puede dirigirse contra las causas estructurales que generan desigualdad. Puede transformarse en resentimiento. O puede transformarse en cambio democrático.

La verdadera revolución pendiente probablemente sea la de exigir vivienda asequible, empleo digno, educación de calidad, salud mental, igualdad de oportunidades, regulación democrática de las plataformas digitales y una fiscalidad capaz de sostener el Estado social.

De la indignación a la acción

Pero exigir no es suficiente. La historia demuestra que ningún derecho importante fue un regalo. Ni la jornada de ocho horas. Ni las vacaciones pagadas. Ni las pensiones. Ni la sanidad pública. Ni el sufragio universal. Todos fueron conquistados mediante organización, movilización y participación democrática. Por eso la juventud debe comprender que las redes sociales son altavoces, pero no son poder.

El poder democrático sigue encontrándose en las urnas, en las asociaciones, en los sindicatos, en los movimientos estudiantiles, en las organizaciones vecinales y en las instituciones donde finalmente se aprueban las leyes.

La pregunta no es únicamente qué hacer el día de las elecciones. La pregunta es qué hacer todos los días entre unas elecciones y las siguientes. Participar. Organizarse. Fiscalizar a los gobernantes. Exigir compromisos verificables. Premiar a quien cumple. Castigar a quien incumple. Porque la democracia no termina cuando se deposita una papeleta. Empieza precisamente al día siguiente.

Quizá la gran paradoja de nuestro tiempo sea que mientras la riqueza se concentra cada vez más arriba, la discusión política se desplaza cada vez más hacia los lados.

Y quizá la auténtica revolución pendiente consista en volver a mirar hacia arriba. No para buscar enemigos, sino para identificar las causas reales de los problemas.

Porque un joven sin vivienda, sin estabilidad laboral y sin expectativas de futuro tiene mucho más en común con cualquier otro joven que comparte esas dificultades que con quienes acumulan privilegios económicos desde posiciones de poder.

La juventud no necesita nuevos enemigos. Necesita un futuro. Y la gran revolución democrática del siglo XXI consistirá en dejar de enfrentar a los últimos de la fila entre sí para volver a construir una sociedad donde la dignidad, el trabajo, la vivienda, la educación y las oportunidades estén por encima del miedo, el resentimiento y la división.