El fiasco en la enseñanza nos obliga a todos

Corporación Voz

OPINIÓN

Editorial La Voz de Asturias

El pésimo resultado que ha dado en prácticamente todo el mundo el informe PISA sobre el aprovechamiento escolar de los jóvenes que ahora llegan a los 16 años es especialmente preocupante en Europa y dramático en España en  todas sus comunidades, incluida Asturias. Todas las puntuaciones obtenidas en los exámenes del 2025 no solo son más bajas que las de tres años antes, sino que aparecen como las peores de la serie histórica. La educación está sufriendo un cambio a la baja que es necesario parar y revertir. No es que el profesor nos tenga manía, es que hemos estado muy distraídos en clase. Ahora toca recuperar.

 El sistema de exámenes de PISA, que realizan en total  760.000 estudiantes de 90 países, no tiene como finalidad evaluar a los alumnos y ponerles nota, sino que su objetivo es conocer el estado de la educación en cada lugar y hacérselo saber a sus sociedades. En España, las puntuaciones en comprensión lectora, matemáticas y ciencias exponen a las claras que la excelencia está cada vez más lejos.

 En las tres materias, la caída con respecto al informe del 2022 es muy elevada, y especialmente preocupante en el apartado de comprensión lectora. Y ahí está el principal problema. La capacidad de entender lo que se lee es la competencia fundamental para todo en la vida, no solo para el estudio, sino también para el desarrollo profesional y personal. El informe PISA es una señal grave, pero no la última que se podía prever sobre esa falta de comprensión.

 Este retroceso es un mal generalizado, y los redactores del informe advierten de los problemas que conllevará para las personas y para las sociedades. La digitalización sin medida de una generación que nació entre móviles, la exposición abusiva a las pantallas, la irrupción de la inteligencia artificial como facilitadora y la ausencia del hábito de la lectura en el tiempo de ocio se han aglomerado para imponer este fenómeno nuevo que ha acrecentado la necesidad de variedad y la incapacidad para la concentración.

 Gran parte de la generación ahora adolescente no recurre a los libros para descubrir el mundo y moldear su propia imaginación, ni ha tomado el hábito de leer el periódico a diario para entender la realidad, conocer su entorno y formarse su propio criterio. Es posible que este mismo texto que tiene usted delante le parezca inabordable a esta generación. Quizá no necesariamente por su contenido, sino por su tamaño, porque, simplemente, muchos han establecido una analogía entre lectura larga (más de diez segundos) y aburrimiento. Así se entiende que los suspensos que muestra PISA en rendimiento y comprensión de lectura hayan pasado del 18 al 31 %. Un tercio de los estudiantes fracasan al  abordar un texto, y solo tres de cada cien logran sobresaliente. Teniendo en cuenta que la comprensión lectora es la base fundamental del conocimiento y del desarrollo personal, todo lo que se haga por volver al gusto por la lectura es una inversión en un mejor futuro.

 Pero ese retroceso en la comprensión lectora no es exclusivo de los evaluados en PISA. Hay un entorno global, alentado por las redes, el algoritmo y grandes corporaciones tecnológicas, que ha generado una adicción al impacto visual rápido. El resultado es una falta de atención cuyas consecuencias no se han medido con precisión.  

 Con frecuencia se culpa del retroceso educativo a las nuevas tecnologías, hasta el punto de haberse hecho patente en gran parte de la sociedad una posición hipócrita, que condena en los demás el uso del móvil como algo dañino, pero lo utiliza continuamente en sus hábitos personales. No es cierto que las nuevas tecnologías solo resten en la educación. De hecho, los países que logran los primeros puestos en PISA (Singapur, Japón, Corea del Sur, Estonia, el Reino Unido) tienen las pantallas como elemento esencial en sus aulas. Pensar en una enseñanza sin ellas para una generación que nació con el teléfono móvil en casa es, además de imposible, inútil e ineficaz. Las clases del futuro seguirán teniendo libros físicos, pero también obras y enciclopedias digitales, ordenadores, pantallas, pizarras electrónicas y aplicaciones de inteligencia artificial. Integrarlos para fabricar con ellos la mejor educación de la historia es el verdadero reto.

 Y ese reto atañe a la profesión docente, que se conduce en muchos casos con herramientas pedagógicas y métodos del siglo XX. Atañe a los políticos, que han convertido la educación en una mera parte de su programa electoral. Pero en realidad atañe a todos. Obliga a una implicación colectiva, porque todos, directa o indirectamente, tenemos que ver con la formación de la siguiente generación. Empieza por los propios alumnos, que tienen que asimilar pronto la diferencia entre ocio y trabajo, entre distracción y esfuerzo. Así como no es lógico sobrecargarlos con deberes y tareas extraescolares —como se hace para facilitar la conciliación— tampoco es rentable a largo plazo dedicar más horas al videojuego que al estudio.

 Implica también a los padres, que en algunos casos confunden el amor a los hijos con la sobreprotección, e intentan alejarlos de cualquier sufrimiento, no los educan en el esfuerzo y a la larga los hacen más débiles y dependientes. Y la aceptación de la autoridad del profesor es fundamental para el éxito educativo.

 Los profesores, precisamente, requieren todo apoyo, pero también un trabajo extra, un reciclaje en muchos casos, para dominar e integrar las nuevas herramientas en clase —muchas no existían cuando estudiaron—. Y precisan dedicarse a grupos de trabajo reducidos que les permitan desarrollar una mejor educación, más personalizada.

 Los políticos deben asumir un compromiso presupuestario con la enseñanza, que cada curso tiene que integrar más diversidad y más casos especiales en el alumnado. Dadas las diferencias ideológicas, se antoja imposible a medio plazo una ley de educación consensuada, pero ni esta ni ninguna es perfecta. La actual, la Lomloe, impulsada por el Gobierno en el 2020, ha devenido en un corpus de ideas aparentemente ambiciosas que han acabado por rebajar el esfuerzo (la repetición parece proscrita) y acotado la autoridad docente. Pero no es esta ley la única responsable de lo que estamos viendo: conviene recordar que la competencia sobre educación les corresponde a las comunidades. 

 Ahora llega el tiempo de la recuperación, de ser valientes en la toma de medidas para propiciar una convivencia entre tecnología y pedagogía, de poner freno al poder del algoritmo como entretenimiento para los menores, y de dar más relevancia a la cultura del esfuerzo y la atención frente a la comodidad de la IA, con los riesgos que ello implica. Ante la próxima prueba, que comenzará en el 2028 y se conocerá en el 2029, es vital recuperar posiciones en comprensión lectora. Si ha leído hasta aquí, usted es imprescindible para ayudar.