Escoger un enemigo, maldecirle a muerte, atribuirle todos los males y ponerlo en el disparadero o la picota, ha sido una constante histórica, debidamente manipulada para extraer los réditos por quienes gestionan el canon de la fobia. La novedad en nuestro tiempo es la rapidez con la que se puede señalar y extender esa pócima de la inquina y, especialmente, que el destinatario ya no es precisamente poderoso y envidiable, sino vulnerable y precario. Sólo así se entiende que el nacional-populismo haya elegido a los menores extranjeros no acompañados como uno de los objetivos prioritarios de su cacería. Y han tenido tal éxito que el propio Diccionario de la Real Academia Española ha terminado por recoger el término «mena», lexicalizando el acrónimo y señalando que «utilízase a veces en sentido despectivo». Que alguien en situación de indefensión sea víctima de toda clase de prejuicios hasta el punto de plantear la retirada de cualquier protección, es prueba de que en pocos meses somos capaces de retroceder a un estado moral previo al Oliver Twist de Dickens.
El laboratorio social ensayado en el barrio de La Florida de Oviedo en las últimas semanas (un tenebroso desastre de gestión pública, por otra parte), lo demuestra, pues en la nueva sociedad, cuando hablamos de personas vulnerables el receptor ya no entiende «protegibles», sino «peligrosos» y «atacables». Su vida no vale nada, se les considera culpables de su condición y se les trata como enemigos a los que recibir con la mayor hostilidad disponible.
Necesitada de emociones fuertes que den sentido a la vida, una parte no pequeña de la sociedad ha decidido escoger el odio, para que fluya por sus venas la envenenada savia del que detesta. Licor que consideran vivificante y que hace reaccionar a los estímulos eléctricos de los agitadores, ahora con la extensión inmediata de nuestra vida digital. Un espacio donde se puede aborrecer y herir anónimamente 24/7 y sin consecuencia perjudicial para uno mismo (más allá del propio envilecimiento). En el caso de los menores extranjeros, despreciar gratuitamente se parece a la elección de un nuevo producto en el lineal de un hipermercado o en la web de Amazon, pues por la apariencia, sin datos y sin experiencia previa (personal o colectiva), tienes muy a mano, a veces al alcance de un clic, el odio de consumo más accesible, socialmente mejor visto y electoralmente más rentable.
Los menores extranjeros tutelados deberían cobrar un canon por ser objeto preferente de rechazo y satisfacer así las bajas pasiones del personal. Si no estuviesen ahí, a ver a quién íbamos a odiar con tanta mezquina intensidad. A quién íbamos a vilipendiar aún en su minoría de edad, a intentar negar el pan y la sal, a no permitirles ninguna oportunidad de futuro, a condenar a la exclusión por defecto. Se diría que su función de chivo expiatorio es homeopática, aunque aprendido el know-how, siempre habrá alguien aún más indefenso ante quien aplicarlo.
Ahora que ya renegamos de los derechos sociales (infligiéndonos un daño irreparable y cultivando la segregación), molestará hasta la propia beneficiencia, colocándola también en la diana. De esta cacería a la solidaridad y a los propios recursos sociales no se librará ni la cocina económica, ya lo estamos viendo. Por supuesto, todo ello sin complejos ni remordimientos, pues en este mundo de hoy es perfectamente compatible hacer gala de cristiandad, procesionar, tatuarse divisas y fechas de las cruzadas (al estilo del Secretario de Guerra norteamericano, Hegseth) y renegar hasta de la doctrina social de la Iglesia. Los mismos que proclaman a los cuatro vientos su defensa de la cristiandad se han olvidado, sin despeinarse, de lo que hace cuatro días pregonaba el Papa en su visita a Canarias. No hay espacio para la compasión, pero el odio tiene barra libre, que pagaremos todos.
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