Cuando la diferencia se convierte en el enemigo, mal camino
OPINIÓN
Hay algo que debería preocuparnos profundamente cuando miramos lo que está ocurriendo en nuestras calles: estamos empezando a acostumbrarnos demasiado fácilmente a los insultos, a la intolerancia, a la señalización del diferente y, finalmente, a la violencia.
En Oviedo hemos asistido en las últimas semanas a protestas vecinales por la propuesta del Gobierno del Principado de ubicar un recurso residencial para menores migrantes no acompañados en La Florida. Toda persona tiene derecho a expresar sus dudas, sus discrepancias y su rechazo a una decisión política. Ese derecho forma parte de la democracia y debe ser respetado. Pero también debemos preguntarnos dónde termina la legítima protesta y dónde comienza la utilización de prejuicios y discursos que convierten a un grupo de menores en una amenaza. Porque esos menores no son una amenaza. Son menores que necesitan protección.
Y mientras este debate se desarrolla, Oviedo ha vivido también un episodio que no admite ambigüedades: la agresión a dos activistas de AMA, Rubén Rosón y Jorge Fernández, por parte de un grupo de jóvenes que profirió insultos homófobos y al grito de «arriba España». Una agresión que debería haber recibido una condena firme e inmediata por parte de todas las instituciones. Sin embargo, las declaraciones del alcalde de Oviedo, Alfredo Canteli, calificando los hechos de «anécdota» y relativizando la responsabilidad de sus autores, resultan especialmente preocupantes.
Ante una agresión homófoba no hay anécdotas. Hay violencia. Y ante la violencia debe haber condena.
Pero lo ocurrido en Oviedo en las últimas semanas, no es un fenómeno aislado.
El pasado 2 de septiembre, en Palencia, la actuación de Tanxugueiras estuvo acompañada de insultos, banderas españolas y consignas políticas. El grupo tuvo que afrontar un ambiente hostil que llegó a cuestionar incluso que cantaran en gallego. La música, la cultura y una lengua se convertían así en motivo de enfrentamiento.
Y en Lugo, un músico que tocaba su acordeón sufrió también un episodio de violencia cuando una piedra fue lanzada contra él y su instrumento. Una escena difícil de imaginar en una sociedad que pretenda considerarse abierta, plural y respetuosa con quienes expresan su cultura en el espacio público.
Ese mismo 2 de septiembre, en Manzanares, el bailarín Juan Berlanga sufrió insultos y un intento de boicot durante su actuación, también acompañado de banderas de España, hasta el punto de que una silla fue lanzada hacia el escenario.
Es alarmante y preocupante un hilo común: cuando dejamos que el diferente sea presentado como enemigo, estamos abriendo la puerta a que el insulto termine convirtiéndose en violencia. Una sociedad democrática no puede funcionar así.
No queremos una Asturias donde una persona sea señalada por su origen, donde alguien sea agredido por su orientación sexual, donde una lengua se convierta en motivo de desprecio, donde un músico sea atacado por tocar en la calle o donde una expresión artística pueda ser interrumpida mediante amenazas y violencia.
Desde Verdes Equo Asturies defendemos la pluralidad como una fortaliza, no como un problema. Defendemos una Asturias diversa, feminista, solidaria, pacífica y ecologista, en la que todas las personas puedan vivir, amar, crear, expresarse y participar en igualdad.
Defendemos el derecho a protestar. Defendemos el derecho a discrepar. Defendemos incluso el derecho a equivocarse. Pero defendemos también algo irrenunciable: el derecho de los demás a existir, a expresarse y a vivir sin miedo.
Porque una sociedad plural no se construye consiguiendo que todos pensemos igual. Se construye aprendiendo a convivir precisamente porque no somos iguales.
Y frente a quienes quieren convertir cada diferencia en problema, nuestra respuesta debe ser clara:
Más convivencia. Más derechos. Más democracia. Más diversidad.
Esa es la Asturias que queremos.
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