La mayoría andan por los cuarenta y pico años; unos pocos, como Elon Musk, son cincuentañeros, y resultan casi una excepción los que superan los 60. Han creado imperios con tecnologías que atrapan a los usuarios: Zuckerberg controla la conversación pública con Facebook, Instagram y Whatsapp; Brin y Page, los fundadores de Google, y Pichai, su principal ejecutivo, dominan la distribución de la información y la publicidad; Elon Musk controla la red social X y una constelación de satélites, entre otros muchos negocios. No solo lideran las listas de millonarios, sino que sus tecnologías les otorgan un enorme poder sobre la ciudadanía del mundo porque les permiten manejar mucha información y, en consecuencia, tener mucha influencia sobre la gente y sobre los gobiernos.
Por si esto fuera poco, se han subido al carro de la IA. El primer aldabonazo para el gran público lo dio Altman con OpenAI, y luego triunfó Darío Amodei con Anthropic. Su explosión ha sido exponencial. Tanto que en cuestión de meses ChatGPT, uno de los más populares, va comiendo terreno a los buscadores entre los usuarios para informarse. Y los dueños de las redes sociales también han desarrollado su propia IA.
El riesgo que esto implica crece también de forma exponencial y tiene dos vertientes. De un lado, hasta ahora los magnates de las tecnológicas controlan qué leemos, qué compramos, qué nos interesa y qué buscamos; saben a dónde vamos en vacaciones y almacenan nuestras fotos y documentos. Cierto es también que nosotros se lo hemos permitido, bien por ignorancia, bien por pura comodidad.
De otro lado, en el imaginario colectivo están películas como 2001: Una Odisea del espacio o Terminator, en las que las máquinas acaban rebelándose frente a los humanos. Y es una amenaza sobre la que han empezado a advertir el dueño de Anthropic y el jefe de OpenAI para reclamar calma y una regulación en una carrera no exenta de peligros.
Pero no todos comparten este temor. Los Zuckerberg y Musk, fieles a su estilo, se oponen a cualquier control. Optan por autorregulaciones. Lo dicen ellos, que son los reyes del algoritmo adictivo, que no tienen escrúpulos en enganchar a los niños y adolescentes para ganar todavía más dinero y tener todavía más influencia.
En este doble riesgo, el de las máquinas independizándose de sus creadores todavía suena a ciencia ficción. Y aunque quizá convenga no perderlo de vista, será en todo caso la segunda parte del desafío que tenemos ahora mismo entre manos. Porque lo que sí es ya un reto inmediato es cómo la inteligencia artificial va a disparar el control de las tecnológicas sobre la vida de la gente. No solo son capaces de saber qué buscamos y de ofrecernos una visión que en teoría coincide con nuestros intereses y que en realidad oculta la otra cara del mundo. La IA va a incrementar de forma vertiginosa la capacidad predictiva que ya están aplicando para poder saber, antes que nosotros mismos, qué vamos a necesitar. Prácticamente, van a gobernarnos sin que nosotros los hayamos elegido y sin que podamos modificar nuestro voto para retirarles semejante poder.
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