Pongamos que se llama Natalia, que tiene 45 años y vive de alquiler en el barrio de El Llano, en Gijón. Pongamos que trabaja cada día, no sé, en Olloniego, por ejemplo. El caso es que Natalia tiene que coger el coche cada vez que tiene que ir a trabajar. Natalia, como la mayoría de trabajadores, no tiene un coche de alta gama, tiene el de segunda mano que le ofrecieron como un chollo porque, como a todos nos han vendido alguna vez, pertenecía a una persona mayor que apenas lo sacaba del garaje. Natalia tiene 10 veces más posibilidades de morir camino a su empleo que alguien que pueda ir en autobús y 34 veces más que alguien que lo haga en tren.
Asturias tiene una curiosa manera de entender la movilidad; celebramos las infraestructuras cuando se inauguran para luego padecerlas durante los años en los que dejan de funcionar como deberían. Hay carreteras que soportan más tráfico del razonable, líneas ferroviarias que parecen condenadas a explicar eternamente sus retrasos y ciudadanos que han aprendido a incorporar al viaje un margen de incertidumbre. Para alguien de Asturias, sacar el carnet de conducir es una suerte de sacramento, un ritual ineludible que superar cuando cumples 18 años porque durante décadas el transporte público no fue una posibilidad.
Hoy lo empieza a ser. Y también la opción favorita para miles de ciudadanos y ciudadanas; hasta el mes de agosto de este año llevábamos acumulados 41.754.415 viajes en transporte público por carretera, un 7% más que en 2025. La tarjeta «Conecta» va camino del medio millón de usuarios, casi la mitad de los asturianos la tienen; hasta mayo 2026, 8 de cada 10 viajes en transporte público por carretera se validaron con ella. Y todo eso antes de que el Gobierno asturiano atendiera la propuesta que hicimos desde CCOO para rebajar su tope a los 20 euros, como va a hacer a partir de octubre (aunque llega tarde y de momento solo por tres meses).
Natalia a veces también coge el autobús para regresar a casa tras ver a su pareja que vive en Vallobín. El problema es que, cuando lo pierde, no tiene la alternativa del tren porque las frecuencias no están bien coordinadas. Y porque las cercanías están infrautilizadas, cuando tenemos la oportunidad de contar con unos trenes sostenibles, eficientes y modernos, integrar las cercanías con la alta velocidad y apostar de una vez por el corredor Atlántico. En cuestión de infraestructuras ferroviarias, Asturias es completamente transversal: llevamos años padeciendo incumplimientos y desprecios por parte de ministerios de todos los colores políticos.
El transporte público es una herramienta contra la congestión, es una pieza fundamental de la transición energética, es también una política de seguridad y un salvavidas contra los vaivenes internacionales. Natalia ha cambiado el pescado fresco por los palitos de sucedáneo de pescado. Hace 8 años que no le suben el sueldo, el alquiler se lleva tres quintas partes y la gasolina la mitad de lo que le queda. Si Trump sigue jugando a la guerra, las energéticas continúan aumentando sus márgenes empresariales a costa del consumidor y Asturias no apuesta por un trasporte público vertebrador, eficaz y para todo el mundo, Natalia tendrá que dejar su casa, su trabajo y las pocas ilusiones que le quedan.
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