R. Madrid: liderazgo, autocrítica y gestión del talento

OPINIÓN

Un grupo de jugadores del Real Madrid, durante el entrenamiento de este sábado en la ciudad deportiva de Valdebebas.
Un grupo de jugadores del Real Madrid, durante el entrenamiento de este sábado en la ciudad deportiva de Valdebebas. SERGIO PEREZ | EFE

El síntoma y la enfermedad

En las organizaciones de alto rendimiento existe una regla tan antigua como eficaz: cuando los resultados empeoran, la primera obligación del liderazgo consiste en mirar hacia dentro antes de buscar explicaciones fuera. Sin embargo, en el fútbol moderno sucede con frecuencia lo contrario. Cuando aparecen los problemas, el debate abandona el terreno de juego para instalarse en el ruido ambiental. Árbitros, medios de comunicación, calendarios, organismos deportivos, campañas externas o supuestas conspiraciones ocupan entonces el centro de la conversación. El riesgo de esa estrategia es evidente: puede servir para cohesionar temporalmente a una parte de la afición, pero rara vez soluciona los problemas estructurales. Y precisamente ahí parece encontrarse hoy el R. Madrid.

La cuestión fundamental no es si los árbitros se equivocan. Se equivocan, como ocurre en todas las competiciones del mundo. Tampoco si existen decisiones discutibles. Las hay cada jornada. La verdadera pregunta es otra: ¿puede una institución que aspira a la excelencia explicar una crisis deportiva compleja recurriendo principalmente a factores externos?

Fichas o equipo

Una de las grandes enseñanzas de la gestión de recursos humanos es que el talento individual no garantiza el éxito colectivo. Las empresas más eficientes no son necesariamente las que reúnen a los mejores currículos, sino las que logran que esos profesionales trabajen como una unidad coherente.

En el fútbol ocurre exactamente igual. Durante años, el R. Madrid ha desarrollado una política basada en incorporar grandes estrellas mundiales. Esa estrategia produjo éxitos extraordinarios y sería absurdo negarlo. Pero también genera un peligro: confundir la suma de individualidades con la construcción de un equipo.

Un equipo necesita equilibrio, complementariedad, sacrificio, automatismos y liderazgo compartido. Cuando esas piezas desaparecen, los nombres dejan de ser suficientes.

Muchos observadores deportivos consideran que el Barcelona ha conseguido precisamente lo contrario: construir una estructura reconocible donde cada jugador parece comprender su función dentro del conjunto. No se trata únicamente de calidad técnica. Se trata de identidad colectiva. Y la diferencia entre una colección de estrellas y un equipo suele decidirse en los momentos difíciles.

El liderazgo y la cultura organizativa

Otra lección clásica de la psicología de las organizaciones sostiene que la cultura de una institución termina pareciéndose a su liderazgo. Si desde arriba se transmite serenidad, análisis y autocrítica, esas actitudes suelen extenderse al conjunto.

Si predominan la confrontación, la búsqueda constante de culpables externos y la sensación permanente de agravio, el grupo acaba absorbiendo también esos comportamientos. Por eso resulta tan importante la figura del líder. Un gran dirigente no es quien encuentra explicaciones para todo. Es quien tiene la capacidad de reconocer errores, aprender de ellos y corregir el rumbo. La autocrítica no debilita el liderazgo. Lo fortalece. Negar los problemas, en cambio, puede proporcionar alivio inmediato, pero termina alejando a la organización de las soluciones.

La erosión de la autoridad arbitral

Existe además una cuestión que trasciende al propio R. Madrid. Cuando una institución con una enorme capacidad de influencia social, mediática y económica sitúa permanentemente el foco sobre los árbitros, corre el riesgo de contribuir a la deslegitimación de una figura esencial para el funcionamiento de la competición.

La crítica arbitral forma parte del fútbol y debe ser compatible con la libertad de expresión. Sin embargo, convertir el arbitraje en el eje central del debate deportivo puede generar un efecto indeseado: trasladar a la opinión pública la idea de que los resultados dependen más de conspiraciones o intereses ocultos que del propio rendimiento de los equipos.

Ningún colectivo profesional debería quedar exento de la crítica razonada. Pero tampoco resulta saludable para el deporte alimentar de forma constante una cultura de sospecha que erosiona la confianza en las instituciones y aumenta la tensión entre clubes, aficionados y protagonistas del juego. El fútbol mejora cuando se debate sobre táctica, preparación física, cantera, liderazgo o gestión del talento. Empobrece cuando toda explicación termina reducida a la actuación arbitral.

El regreso al pasado

En este contexto resulta inevitable reflexionar sobre el significado simbólico del regreso de José Mourinho. Nadie puede discutir su relevancia histórica ni su capacidad competitiva. Su trayectoria forma parte de la historia del fútbol europeo.

Sin embargo, la cuestión no es quién fue Mourinho.

La cuestión es qué necesita hoy el R. Madrid. Si el diagnóstico de la crisis es táctico, organizativo, psicológico y deportivo, la respuesta debería orientarse hacia la reconstrucción del juego, la cohesión del grupo y la recuperación de una identidad futbolística reconocible. Las grandes organizaciones progresan cuando corrigen errores mediante innovación y aprendizaje. Retroceden cuando intentan resolver problemas nuevos con respuestas antiguas. Por eso muchos aficionados se preguntan si el club está apostando por una transformación profunda o simplemente por una estrategia comunicativa destinada a movilizar emociones.

El ejemplo del rival

Existe además una realidad incómoda que toda organización inteligente debería estudiar. Cuando un competidor obtiene mejores resultados, la primera obligación consiste en analizar qué está haciendo bien. No para copiarlo. Para aprender.

El Barcelona atraviesa limitaciones económicas evidentes. Sin embargo, numerosos analistas destacan aspectos que explican parte de su rendimiento reciente: una idea futbolística reconocible, una apuesta decidida por determinados jóvenes talentos, una estructura táctica coherente y una sensación colectiva de proyecto.

La gestión moderna exige precisamente eso: capacidad para aprender incluso de los adversarios. La soberbia impide aprender. La inteligencia estratégica obliga a hacerlo.

El espejo del Bernabéu

Quizá el problema de fondo no sea deportivo. Quizá sea cultural. Las instituciones más poderosas suelen enfrentarse a una amenaza silenciosa: dejar de escuchar.

Cuando el éxito se prolonga durante mucho tiempo, aparece la tentación de creer que toda crítica es un ataque, toda discrepancia una traición y toda pregunta incómoda una amenaza. Ese es el momento en que las organizaciones empiezan a perder contacto con la realidad. Porque los errores no destruyen los proyectos. Lo que los destruye es la incapacidad para reconocerlos.

El R. Madrid sigue siendo una de las mayores instituciones deportivas del planeta. Su historia, su dimensión y sus recursos continúan siendo extraordinarios. Precisamente por eso debería exigirse a sí mismo algo más que explicaciones externas. Al fin y al cabo, los grandes equipos no se reconstruyen buscando culpables. Se reconstruyen encontrando respuestas.

Y el día en que una organización vuelve a mirarse honestamente al espejo suele ser también el día en que comienza su verdadera recuperación.