Agustín Argüelles, el tribuno honrado

Juan Antonio Martín Pardo HISTORIADOR

OPINIÓN

Retrato de Agustín Argüelles. Ignacio Suárez Llanos, 1879. Congreso de los Diputados.
Retrato de Agustín Argüelles. Ignacio Suárez Llanos, 1879. Congreso de los Diputados.

Recientemente se cumplieron 250 años del nacimiento, en Ribadesella, de uno de los padres del constitucionalismo español.  Nuestra actual democracia es fruto de un convulso recorrido histórico desarrollado durante los últimos dos siglos, a lo largo del cual hemos experimentado sucesivos avances y retrocesos en las libertades ciudadanas. En este tortuoso camino encontramos personajes que han resultado determinantes; uno de ellos es, sin duda, Agustín Argüelles Álvarez.

Nacido en Ribadesella el 28 de agosto de 1776, recibió su formación en Asturias, siendo un alumno brillante de Leyes en la Universidad de Oviedo. Pronto se abrió camino en Madrid, ayudado por Jovellanos, desempeñando diversos puestos en la Administración. Su buen hacer y su conocimiento del idioma motivaron que le confiaran tareas diplomáticas en Londres, donde pudo conocer de cerca el sistema parlamentario británico.

Ante la invasión napoleónica de la península, regresó a Asturias, sumándose a la resistencia frente a los franceses. Poco después, fue elegido diputado por el Principado para las Cortes de Cádiz. Allí pudo desarrollar toda su experiencia previa, siendo un miembro destacado de la comisión que redactó la primera constitución española (1812). En sus memorables discursos defendió con brillantez principios como la soberanía nacional, los derechos individuales, la libertad de imprenta o la igualdad jurídica; abogando por la abolición de la Inquisición y de la trata de esclavos. En definitiva, trabajó por derribar el absolutismo y levantar una monarquía parlamentaria, donde los españoles pasaran de ser súbditos a ser ciudadanos.

Tras finalizar la Guerra de Independencia, Fernando VII reinstauró su poder absoluto, desatando una gran represión contra los liberales. Aquella ola reaccionaria también arrastró a Argüelles, que fue arrestado y recluido durante unos seis años en establecimientos militares de Ceuta y Baleares.

Al triunfar el pronunciamiento de Rafael del Riego (1820) regresó el orden constitucional, por lo que aquel insigne orador recuperó la libertad, retornando a la vida política, esta vez, como ministro de la Gobernación. Pero aquel breve paréntesis liberal finalizó tres años después, con el retorno del monarca al más duro absolutismo, desatando una nueva campaña represiva contra los liberales (ejemplificada en la humillante ejecución del propio Riego). Esta vez, Argüelles pudo escapar, huyendo al exilio a Inglaterra. Allí rechazó una pensión ofrecida por el gobierno británico y prefirió ganarse la vida trabajando como bibliotecario de lord Holland (gran amigo de Jovellanos).

Once años después, tras morir Fernando VII, Argüelles retornó a su tierra. Entonces, su deseo de volver a contribuir en política se vio frenado por el Estatuto Real (1834), que exigía disponer de una suma de dinero considerable para poder aspirar a un escaño. Don Agustín no poseía dicha cantidad, pero tal era su popularidad entre los asturianos que estos reunieron dicho importe y consiguieron que su admirado representante regresara a las Cortes.

En esta última etapa trabajó en la elaboración de una nueva carta magna (la Constitución de 1837) y fue nombrado presidente del Congreso de los Diputados. Asimismo, debido a su gran reputación, recibió el encargo de ser tutor de la reina Isabel II, que entonces aún era una niña. Esta última tarea la realizó renunciando a la mitad del sueldo que le fue asignado, y es que nunca pareció interesado por la idea de enriquecerse. Su fallecimiento, en 1844, provocó una manifestación general de respeto y reconocimiento entre la ciudadanía, la prensa y la clase política. Actualmente, su cuerpo reposa en el Panteón de Hombres Ilustres de Madrid.

Sin la valentía de personas como Argüelles, no hubiera sido posible desmantelar el sistema de opresión absolutista. Su contribución fue decisiva al avance de las libertades en nuestro país, ayudando a introducir conceptos como la separación de poderes o la soberanía nacional. Estamos ante una de las mayores figuras políticas de la España contemporánea, quien debiera ser un referente para nuestros actuales gobernantes.

Aquel ilustre riosellano entregó su vida a la política y lo hizo en el más noble de los sentidos. Su íntegra y sincera dedicación al bien común le reportó un gran prestigio y reputación, incluso entre sus adversarios políticos. Pero, si hay una cualidad que actualmente debería ser recordada y tomada como ejemplo, es la de su honestidad. En este sentido, la historiadora Trinidad Ortuzar señala que: «murió pobre, como había vivido, pues fue un hombre de una honradez extrema». La obra de Argüelles resultó sustancial para el avance de la democracia en España, pero lo más destacable fue el cómo realizó esa labor. Ese cómo del que tan huérfanos nos sentimos hoy.