Confieso que hasta hace poco más de un mes no sabía quién era el tal Aldo Comas. No suelo ver televisión en abierto, así que llego tarde a estas cosas pero los programas de tertulianos están empezando a ser como Candy Crush, no necesitas haber jugado con él para recibir publicidad del videojuego en tu móvil, te guste o no. Al final, lo estrambótico, lo delirante y lo ciertamente estúpido se traslada desde la televisión hasta los móviles y de hecho es así como se debería medir la audiencia porque lo que ves directamente en la pantalla del televisor hace años que dejó de ser primordial para ello.
Esta semana he visto que el tal Aldo Comas, uno de esos que se dicen artistas y va con gafas de sol a un plató televisivo, un tío misterioso y enfant terrible de más de cuarenta años, uno de esos cuidadosamente despeinado y despreocupadamente desagradable, se ha burlado de una superviviente del siniestro Patronato de Protección de la Mujer que ha sido desahuciada de su casa porque, al parecer, le hace gracia que alguien torturado por monjas reciba como única alternativa después del desahucio volver con las novias de Cristo. Un tertuliano puede ser maleducado, faltón y grosero, por muy de buena familia que sea, la educación es algo que se pierde cuando se tiene dinero, pero lo que me ha sorprendido es la actitud del moderador, Joaquín Prat, que ante la respuesta de Paca Blanco, la mujer desahuciada, que con justicia y toda la razón del mundo cortó la colaboración y mandó al programa al lugar del que debería no haber salido, dijo que ella ya no les quería atender.
No soy nadie para decidir quién puede ser colaborador de un programa, pero no tendría en el mío a alguien así. Esa habría sido su última intervención. Buscando, he encontrado que Aldo Comas suele mostrarse así siempre. Tiene que ser difícil rebuscar en el fondo de los cubos para encontrar colaboradores que den que hablar, aunque no aporten absolutamente nada. El famoso malismo invade nuestras televisiones durante la mayor parte de las horas del día y hay una especie de competición por resultar desagradable y parece que se valora serlo más que cualquier otra cosa porque, efectivamente, Aldo Comas no tiene absolutamente nada que aportar. Al canal que lo tiene en nómina le da igual, estos pútridos momentos televisivos generan millones de visitas en internet porque a España le gusta el ruido, el histrionismo y los insultos, aunque en su defensa hay que decir que tampoco le ofrecen otra cosa.
Vivimos una época complicada donde se premia ser desagradable. No tener una opinión distinta, eso es comprensible y normal, no. Se trata de resultar desagradable. Para más condena, leyendo sobre el personaje para esta columna, descubro que la TVE bolivariana de Pedro Sánchez le concedió la gracia al artista de salir en un programa de la cadena, convirtiéndose así en uno de los cientos de ricos que reciben dinero de papá estado. Supongo que era cuestión de tiempo que acabara diciendo chorradas en las televisiones privadas, equiparándose así a otros grandes de la comunicación conservadora de este país como el mecánico ese de los nazis del misterio o Roberto Vaquero. Es la era de las personas desagradables que no tienen nada que decir ni que aportar pero a los que se paga por decir tonterías a cualquier hora. Es la era de los debates donde todos los tertulianos piensan lo mismo. Podría ser peor, y sin duda lo terminará siendo.
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