La Gran Estafa del Tiempo: la Esclavitud que Elegimos y el Tiempo que Perdemos

OPINIÓN

Paso del tiempo
Paso del tiempo

El negocio más rentable de la Historia

Existe una riqueza más valiosa que el oro, el petróleo, la inteligencia artificial o los mercados financieros. El tiempo. Sin embargo, es también el recurso peor administrado por la humanidad. Nacemos con una cantidad desconocida de tiempo y pasamos la mayor parte de nuestra existencia intercambiándolo por dinero para poder seguir viviendo.

La paradoja resulta extraordinaria. Utilizamos nuestra vida para ganarnos la vida. Y casi nadie parece encontrar extraño semejante planteamiento. Desde niños nos enseñan el itinerario correcto: estudiar, trabajar, producir, consumir y jubilarse. El modelo ha generado prosperidad, avances tecnológicos y niveles de bienestar impensables para generaciones anteriores. Sería absurdo negarlo. Pero también ha producido una consecuencia inquietante. Hemos terminado confundiendo el medio con el fin.

Las matemáticas de una existencia

Tomemos el ejemplo de una persona que alcance los ochenta años. Dormirá aproximadamente veintisiete años. Trabajará durante cuarenta o más años. Pasará miles de horas desplazándose, realizando trámites, resolviendo obligaciones administrativas o intentando sostener económicamente su existencia. Cuando descontamos todas esas horas descubrimos una realidad sorprendente. La parte verdaderamente libre de nuestra vida es extraordinariamente reducida. Y, sin embargo, vivimos como si dispusiéramos de una reserva infinita de tiempo.

La ciencia lleva décadas advirtiendo de algo que solemos ignorar: el bienestar humano depende mucho más de la calidad de las relaciones personales, de la salud física y mental y del sentido vital que del incremento indefinido de ingresos una vez cubiertas las necesidades básicas. Lo descubrió el célebre Estudio de Harvard sobre el Desarrollo Adulto tras seguir a personas durante más de ochenta años. No fueron la riqueza ni el estatus los mejores predictores de una vida satisfactoria. Fueron las relaciones humanas de calidad. Y, sin embargo, seguimos sacrificando precisamente aquello que más contribuye a nuestra felicidad.

La religión moderna

Durante siglos las religiones organizaron el sentido de la existencia. Hoy existe otra fe dominante. La productividad. Nos enseñan que madrugar es una virtud moral. Que trabajar más es siempre mejor. Que descansar genera culpa. Que quien produce vale. Y quien no produce debe justificarse.

Max Weber describió hace más de un siglo la ética del trabajo que impulsó el capitalismo moderno. Karl Marx habló de alienación. Erich Fromm advirtió que habíamos comenzado a definirnos por lo que poseemos en lugar de por lo que somos. Más recientemente, Byung-Chul Han ha descrito una sociedad donde ya no existe un amo visible porque cada individuo se explota a sí mismo creyéndose libre. Quizá nunca habíamos tenido tantas libertades formales. Y quizá nunca habíamos sentido tanta falta de tiempo.

La esclavitud que no lleva cadenas

Por supuesto, no vivimos la esclavitud clásica. Nadie es propiedad legal de otro ser humano. Pero existe una dependencia más sofisticada. La dependencia económica. Millones de trabajadores aceptan condiciones laborales que deterioran su salud física o mental porque no pueden permitirse abandonarlas. Millones de ciudadanos viven atrapados entre salarios que avanzan lentamente y costes de vivienda que crecen mucho más deprisa. Millones de personas aplazan sueños, proyectos, viajes, amistades o aficiones porque la supervivencia cotidiana absorbe toda su energía. La libertad jurídica es real. La libertad material resulta mucho más discutible. Y ahí aparece una pregunta incómoda. ¿Trabajamos para vivir o vivimos para trabajar? Trabajamos para vivir y acabamos viviendo para trabajar.

La mentira del éxito

Existe una escena que se repite constantemente. Alguien sacrifica décadas persiguiendo una carrera profesional brillante. Acumula ingresos, reconocimientos y responsabilidades. Y cuando alcanza la cima descubre algo desconcertante. Ha conquistado casi todo excepto el tiempo perdido. Nadie en su lecho de muerte lamenta no haber asistido a más reuniones. Nadie desea haber respondido más correos electrónicos. Nadie sueña con pasar más horas en la oficina.

Lo que permanece son los abrazos, las conversaciones, los viajes, los amigos, la pareja, los hijos, los libros, la música, los paseos y las risas. Permanece la salud. Siempre la salud. Porque sólo cuando se deteriora comprendemos que era nuestro patrimonio más valioso.

La soberanía de la vida. La recuperación de la existencia

El mayúsculo salto de la humanidad, quizá no sea tecnológico. Quizá tampoco sea económico. Será la conquista de la soberanía de la vida: el derecho de cada ser humano a decidir qué hacer con el tiempo limitado de su existencia. La gran revolución pendiente del siglo XXI es algo mucho más profundo. La recuperación de la existencia. Porque durante siglos luchamos por sobrevivir. Después luchamos por prosperar. Ahora nos corresponde luchar por algo diferente: recuperar la capacidad de vivir conscientemente una vida que merece ser vivida. La dignidad seguirá siendo la cima. Pero el camino para alcanzarla pasa por recuperar aquello que hemos ido entregando silenciosamente al ruido, a la prisa, al consumo y a la productividad sin límites: nuestra propia existencia. Y para lograrla no bastan discursos. Hacen falta reformas concretas.

Primero, una reducción progresiva de la jornada laboral allí donde los incrementos de productividad lo permitan. El progreso tecnológico debe liberar tiempo humano, no únicamente aumentar beneficios. Segundo, una apuesta decidida por la conciliación y la flexibilidad laboral. La productividad no puede seguir midiéndose por horas de presencia física. Tercero, combatir la precariedad, porque nadie es realmente libre cuando vive permanentemente bajo la amenaza de no llegar a fin de mes. Cuarto, situar la salud mental en el centro de las políticas públicas y empresariales. El estrés crónico, el agotamiento emocional y la ansiedad constituyen ya una de las grandes epidemias silenciosas de nuestro tiempo. Quinto, reconocer socialmente actividades que generan enorme valor humano aunque no aparezcan en el PIB: cuidar, educar, acompañar, crear, investigar, leer, enseñar o hacer voluntariado. Y sexto, preparar un nuevo contrato social para la era de la inteligencia artificial, donde parte del trabajo repetitivo será realizado por máquinas y donde el verdadero reto consistirá en repartir mejor el tiempo liberado.

El milagro que olvidamos

Somos una improbabilidad cósmica. Materia convertida temporalmente en conciencia. Polvo de estrellas capaz de amar, pensar, crear y recordar. Y aun así actuamos como si fuéramos inmortales. Quizá la mayor estafa de nuestro tiempo no sea económica. Quizá sea cultural. Consiste en convencernos de que la vida es una preparación constante para algún momento futuro que nunca termina de llegar.

Pero la vida no empieza cuando nos jubilemos. No empieza cuando terminemos de pagar la hipoteca. No empieza cuando alcancemos determinado cargo o salario. La vida está ocurriendo ahora. Mientras lees estas líneas. Mientras hablas con quien amas. Mientras contemplas una puesta de sol. Mientras ríes con un amigo. Mientras sueñas. Porque trabajar es necesario. Pero vivir es imprescindible. Repartir mejor el tiempo para que los seres humanos vuelvan a ser dueños de su propia existencia.