El último bisonte, el gorila en Hollywood

OPINIÓN

El cineasta Gonzalo Suárez, Goya de Honor.
El cineasta Gonzalo Suárez, Goya de Honor. Quique Garcia | EFE

Gonzalo Suárez responde a ese concepto del artista indefinible que se usa cuando no se entiende la obra de alguien. Como escritor —cuentista formidable— o director de cine se movió, por puro ADN, en las zonas de sombra. Qué decir de un creador cuyas tres mayores influencias fueron Cortázar, Sam Peckinpah y Helenio Herrera. Herrera, a la sazón su padrastro y técnico del Inter de otro Suárez —el gallego Luis—, le encomendó que trabajara para él como espía de otros equipos. «No mires al balón, ahí es donde mira todo el mundo. Mira a los huecos, a los espacios vacíos porque ahí es donde va a pasar algo». Esa máxima de H.H. fue brújula de su intencionada posición siempre en los márgenes. Como lo definió Cortázar: «Casi el fantasma inquieto». Cuando Cortázar lo conoció, Suárez escribía unas maravillosas crónicas deportivas. Le interesaba más el tenista escudero Juan Manuel Couder que Santana.

En el cine tardó en encontrar su lugar porque nunca lo buscó. Sus ficciones eran fronda de heterónimos y espacios oníricos. Cuando Peckinpah lo descubrió en una de sus películas indescifrables, Aoom, abucheada en el Festival de San Sebastián, viajó con él a Llanes, donde terminaron a piñas mientras adaptaban Operación Doble Dos, novela en la que Gonzalo atentaba contra Franco y Eisenhower. Poco después, Peckinpah lo invitó a Hollywood, para que escribiesen a seis manos —el tercero era Ray Bradbury— el guion del nuevo King-Kong. Suárez ideó que aquel gorila fuera albino, en homenaje a Copito de Nieve, antes de que los marginaran del proyecto.

Remando al viento le proporcionó el Goya y una Concha de Plata en San Sebastián, su única oficialidad premiada. De ese tiempo fue su cine más geolocalizable por el público: el de El detective y la muerte, Don Juan en los infiernos o La reina anónima (tributo cubista al Perros de paja de Peckinpah). La industria terminó de expulsarlo al no entender la finezza de su vodevilesca Oviedo Express, su postrero tren. Gonzalo era el último bisonte. Y como Helenio Herrera también creía, de modo rupestre, que con diez se jugaba mejor que con once.