La principal virtud de Sánchez es que es reversible. O sea, puede usarse del derecho o del revés, según convenga. En esa facilidad para mutar radica su éxito. Él lo llama cambiar de opinión. Es mítico aquello de que nunca se iría a la cama con Pablo Iglesias, hasta que se abrazaron y le dio una vicepresidencia. Aventurarse con qué hará, si convoca o no, es una operación de alto riesgo. Solo lo sabe Sánchez, pero nadie convoca unas elecciones para perder. Su entorno le dirá que es el momento. Que así se libra de la posible imputación del PSOE, que se acerca, y del espectáculo del juicio con jurado a su mujer. Pero Sánchez es muy capaz de comparecer y decir que ahora más que nunca hay que seguir en la lucha, desde la Moncloa, claro. Que es el elegido para sacar adelante unas medidas contra la vivienda. Que seguirá trabajando por salvarnos a todos de la fachosfera. Que hará más alto el muro que está construyendo con ganas para dividir este país hasta que unos y otros no nos conozcamos. Esa movilización extraordinaria de la izquierda en las urnas que algunos pronostican gracias a Maricarmen no la veo. Resucitar a Sumar es imposible. Yolanda lo convirtió en Restar. Y Podemos es Pudimos. El PSOE puede captar sus votos, pero no le saldrán los números con sus aliados. Rufián es muy certero y no para de repetir que «las izquierdas no dan». En el 2023, sin todo lo que ha caído, ya el bloque de centro derecha se quedó a muy pocos diputados del triunfo. Hoy las encuestas hablan de una mayoría segura para Feijoo, apuntalado por un Abascal que crece y crece, incluso entre los más jóvenes. Sánchez no es tonto. Fuera de palacio hace frío. Es muy arriesgado para el presidente perder la única condición que le mantiene vivo: la de presidente. Muchos le dirán que le puede dar la vuelta a esas encuestas, le susurrarán al oído que Feijoo iba a ganar en el 23 y ganó perdiendo por los pelos. Olvidan que las estatuas no escuchan. Y Sánchez es una estatua de sí mismo.
Lo que ha colapsado esta semana es el modelo Sánchez, la famosa mayoría de investidura. El rey del relato que utilizó la vivienda para tapar Ceuta fue retratado sin piedad por Junts. Así el enfado del presidente en el Congreso fue épico. Su mordida marcando las mandíbulas más que nunca. Su negativa a mirar a Míriam Nogueras. Su amenazante intervención: «La historia les juzgará antes de lo que creen con más contundencia de la que imaginan». Cuando lo único que pasó es que la derecha catalana votó con la derecha. Lo normal. Lo extraordinario, mérito de Sánchez, fue el pegamento prodigioso de la investidura, ese que apenas ha vuelto a funcionar. Todo pinta para que Sánchez dé la palabra al pueblo. Feijoo y Abascal lo están deseando. Sánchez no lo creo, aunque le hablen de la bala de plata de la vivienda. Sus asesores le repiten: ahora o nunca. Sánchez ha cambiado más veces de asesores. El único superpoder que le queda es el del tiempo. ¿Lo finiquitará? Lo dudo. En España se vota contra. Se votó contra la moribunda UCD (Suárez/Calvo Sotelo) y llegó Felipe. Se votó contra Felipe y el GAL y llegó Aznar. Se votó contra las mentiras de Aznar sobre el atentado y llegó Zapatero. Se votó contra el crac económico de Zapatero y llegó Rajoy. Se votará ahora o el año que viene contra Sánchez uno y trino y llegarán Feijoo (y Abascal).
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