«Habéis oído que se dijo a los antepasados: No mates, y todo aquel que mate quedará sujeto al juicio del tribunal. Pero yo os digo que todo el que se enoje con su hermano quedará sujeto al juicio del tribunal. Es más, cualquiera que insulte a su hermano quedará sujeto al juicio del Consejo. Y cualquiera que lo maldiga quedará sujeto al fuego del infierno. Por lo tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda delante del altar. Ve primero y reconcíliate con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda».
¿Cómo interpela este texto evangélico (Mt 5, 21-24) a la realidad actual de la que formamos parte? ¿Cómo nos interpela a nosotras y nosotros? Resulta obvio afirmar la existencia de un clima social de crispación, incluso odio más o menos explícito que parece apoderarse, a modo de niebla que avanza sin pausa y con prisa, de nuestras calles, barrios, ciudades, de nuestro país y del mundo al que nos asomamos desde nuestras ventanas analógicas o digitales.
Resulta desesperanzador observar como las más oscuras y viles pasiones (recordemos la reacción deshumanizadora contra los inmigrantes con motivo de la crisis de Ceuta, la egoísta oposición vecinal en ciudades de nuestra Asturias a la ubicación próxima a sus domicilios de alojamientos o lugares de acompañamiento a colectivos vulnerables o la reciente agresión física a dos activistas sociales en las calles de Oviedo) van instalándose en cerebros y corazones que más que comprender, reconciliarse y acompañar desde la solidaridad con seres humanos, parecen configurar una sociedad más inhumana y, por tanto, menos cristiana.
Podemos intentar evadirnos de nuestra responsabilidad en tal situación —realmente, así actuamos con frecuencia— haciéndola recaer en gobiernos, oposiciones, determinados partidos y líderes políticos más próximos o allende nuestras fronteras, ciertos medios de comunicación y redes sociales, también autoridades religiosas, alguna de ellas a tiro de piedra; de hecho, tendríamos sólidas razones para achacar a estos actores de la presente realidad histórica una destacada contribución a la coyuntura de fractura y polarización política y social existente al actuar más como combustible de un voraz incendio que como abnegados bomberos dedicados con vocación y empeño a su extinción, pero realmente ¿podemos cobardemente huir de nuestras propias decisiones en el día a día?, ¿resultan éticamente defendibles actitudes racistas, homófobas, machistas, excluyentes por acción u omisión?, ¿es coherente, para quien se dice seguidor de Jesús de Nazaret, compaginar la asistencia a celebraciones litúrgicas en lugares de culto con la práctica de una vida que da la espalda a todo aquello en lo que se dice creer?
La Constitución Pastoral «Gaudium et Spes» del Concilio Vaticano II comienza señalando que: «El gozo y la esperanza, las tristezas y angustias del hombre de nuestros días, sobre todo de los pobres y de toda clase de afligidos, son también gozo y esperanza, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo». A la vista de los recientes acontecimientos previamente apuntados, ¿podemos afirmar sin sonrojarnos que las cristianas y los cristianos actuamos de acuerdo con la afirmación del texto conciliar?, ¿es evangélico, o simplemente humano, contribuir a este clima de crispación, de falta del respeto más básico a otros seres humanos que nos acompañan, compartamos más o menos sus visiones del mundo, en nuestras vidas?
Marian Martínez Bascuñán en su libro «El fin del mundo común. Hannah Arendt y la posverdad» afirma: «Cuando la polarización extrema se instala en el corazón de la democracia, el diálogo se apaga. Pero antes de ese silencio, ocurre algo de mayor calado: se rompe el pacto que da sentido a las palabras, ese acuerdo invisible que permite que los ciudadanos se entiendan aunque discrepen. La democracia, más que un régimen político, es un modo de comprendernos mutuamente, una arquitectura invisible de significados compartidos. Cuando esa arquitectura se derrumba —como advirtió Arendt— lo que colapsa no es solo una forma de gobierno, sino la posibilidad de vivir con otros sin caer en la hostilidad permanente… No se trata de eliminar los desacuerdos, sino de darles un terreno firme sobre el que puedan desplegarse, porque sin hechos, sin rigor, sin alguna forma de verdad verificable, no hay política, solo propaganda».
Como ciudadanas y ciudadanos, creemos muy difícilmente explicable no compartir esta opinión. Como ciudadanas cristianas y ciudadanos cristianos sentimos que debemos ir más allá, porque sin dejar de preocuparnos por nuestra convivencia con otras personas, debemos caer en la cuenta de que nuestros comportamientos afectan a otras hermanas y hermanos, hijas e hijos del mismo Dios que anima nuestro ser y estar en este mundo como peregrinos y caminantes.
Y, aun convencidas y convencidos de que lo sabemos, conviene recordarnos: «Si alguno dice: Amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de El este mandamiento: quien ame a Dios, ame también a su hermano» (1Jn,20-21).
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