Si alguien ha pateado, observado y retratado cada centímetro de la piel de Asturias, ese es Juanjo Arrojo. Grande y pequeñín a la vez, amañosu, asturianu de intelecto y corazón, buen compañeru, perfeccionista, muy currante y apasionado de la cultura.
La cámara, la mochila, la boina y la coletina de Juanjo tienen más kilómetros que cualquier nave espacial de las que navegan por el firmamento. Kilómetros de miradas, de esperas, de capturar ese instante que no volverá, de miles de horas de trabajo.
Tuve la suerte de trabajar con Juanjo en un «paso a dos», donde fotógrafo y redactora éramos uno. Yo le pedía una imagen concreta, él me sugería un enfoque de contenido, me descubría lugares, historias y personas que yo no conocía… Fue una etapa preciosa que nos duró poco, porque el resultado era brillante y eso en este paraíso asturiano a veces suscita celos y recelos. Pero fue lo suficientemente intensa y fructífera para aprender de este maestro muchas lecciones de vida y profesión.
Lección de humildad. Su actitud siempre es la de un aprendiz, la de quien empieza en un proyecto, la de quien está poniendo la primera piedra. No va de estrella, aunque brille en cada rincón de Asturias, donde permanentemente es reconocido y admirado.
Lección de austeridad. La austeridad de quien ha peleado y sufrido para hacer cumbre. De quien sabe que la mejor condición es ir ligero de equipaje en el más amplio sentido.
Lección de compañerismo. Siempre está dispuesto a colaborar para que el resultado de un proyecto sea óptimo. No busca el «postureo» y es absolutamente respetuoso con la propiedad intelectual de los demás.
Cuando íbamos juntos a trabajar, y yo le sugería una determinada toma, se desvivía por conseguirla y mejorarla. En mi desconocimiento de la luz y sus momentos, a veces le pedía imposibles, y no solo tenía conmigo una paciencia infinita, sino que me razonaba y enseñaba los principios básicos de la fotografía y hasta me regañaba cariñosamente diciendo con sorna: «Ahora creéis que toos sois fotógrafos con los móviles». Nunca quiso usar filtros ni artificios, nunca disfrazó la realidad.
Juanjo es un purista del arte, y un ejemplo prodigioso de adaptación a la era digital desde la fotografía analógica. La verdad es que tiene mucho mérito, porque viene del autodidactismo en unos tiempos que fueron complicados para la clase trabajadora de este país. Si bien es cierto que su inagotable inquietud lo llevó a una formación continua fuera y dentro de los círculos académicos.
Así fue forjando una mirada única, propia, de contundente personalidad, y convirtió su forma de fotografiar en un estilo de vida. Siendo Asturias su escenario favorito, su laboratorio más natural, su fuente de inspiración más apasionada.
Una mirada que tiene en Susana, su mujer, la más leal colaboradora. Son dos en uno. Ella vela y se desvela por el maestro y su obra. Cumplen la máxima casi matemática de que detrás de todo gran hombre, hay una gran mujer, y viceversa.
El maestro Arrojo suma más de tres millones de imágenes de Asturias en los últimos cincuenta años. Nada, literalmente nada, ha escapado de su objetivo, que es el ojo que todo lo ha visto. Un legado que habrá de tener un destino a la altura de la calidad de su persona y de su obra. A la altura de la memoria de Asturias.
Juanjo Arrojo es un viajero ávido, un rapsoda en imágenes, una mente privilegiada del Renacimiento, un deportista amante de la montaña, un divulgador de la Asturias secreta, de la Asturias que languidece, de la Asturias que celebra la vida, y de la Asturias que exhibe su naturaleza indómita y virgen. Su mirada es extensa, intensa y eterna, como su obra. Juanjo José Arrojo Martínez ya es por su sabiduría y su amor a Asturias una de las figuras más destacadas de esta tierra.
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