Podemos llegar a las próximas elecciones con más partidos juntos y menos gente representada. Parece una contradicción, pero es uno de los riesgos de confundir unidad con uniformidad. Juntar organizaciones sirve de poco si, para conseguirlo, reducimos las voces, las diferencias y las razones por las que personas distintas pueden sentirse parte de un mismo proyecto. Y nos jugamos demasiado como para resolver esta cuestión buscando simplemente unas siglas bajo las que quepamos todos.
Mientras hablamos de candidaturas, hay personas pensando en si podrán seguir pagando el alquiler dentro de seis meses, en cuándo podrá su hijo irse de casa, en si podrán cuidar a sus padres sin dejar de trabajar o en cómo soportarán otro verano de calor extremo. Hay pueblos donde cada servicio que cierra hace más difícil quedarse y ciudades donde tener trabajo ya no garantiza poder vivir cerca de él. Durante los próximos años se decidirá qué hacemos con la vivienda, cómo protegemos los servicios públicos, cómo respondemos a unos territorios cada vez más difíciles de habitar y qué capacidad tendrá cada persona para construir una vida con cierta seguridad. También se decidirá si quienes llevan años sintiendo que nadie habla exactamente por ellos encuentran alguna razón para volver a mirar hacia la política o terminan por dejar de hacerlo.
Por eso la discusión sobre cómo construir una alternativa no es una conversación interna entre partidos. Claro que hace falta cooperación. En las elecciones al Congreso los escaños se eligen por circunscripciones y eso obliga a pensar cómo evitar que fuerzas próximas se resten representación allí donde compiten por un espacio parecido. El problema empieza cuando convertimos esa necesidad electoral en una teoría política: si tenemos que presentarnos juntos, entonces debemos parecernos más; si debemos parecernos más, nuestras diferencias deben ocupar menos espacio; y, cuando haya que escoger entre ellas, terminará imponiéndose la voz de quien ya tenga más fuerza.
El resultado puede ser contraintuitivo. Podemos juntar más partidos y representar a menos gente. Podemos tener una candidatura con muchas siglas y muy pocas maneras distintas de mirar los problemas. Podemos pedir a millones de personas que vuelvan a confiar en la política ofreciéndoles una versión todavía más estrecha y acartonada de lo que ya conocían. Los votos no pertenecen a las organizaciones y las cuentas de la lechera que suman automáticamente los resultados anteriores de cada partido no funcionan así: una candidatura puede evitar que el voto se divida y, al mismo tiempo, conseguir que parte de quienes antes apoyaban a sus integrantes se quede en casa porque ya no se reconoce en ella.
Fuera de los partidos, además, la sociedad no se está haciendo más uniforme. Las condiciones para vivir no son iguales en todos los territorios, las identidades políticas tampoco y las respuestas que se han construido durante décadas tienen historias diferentes. Andalucía, Catalunya, el País Valencià, Galicia, Euskadi, Baleares, Aragón o Madrid no son piezas intercambiables. No existe ninguna razón para que la relación entre las fuerzas políticas tenga que ser idéntica en todos ellos, ni para que una sola marca refleje mejor esa diversidad que varias candidaturas capaces de cooperar.
Pero tampoco basta con cambiar la escala. Territorializar las candidaturas no puede significar que, allí donde antes decidía la fuerza hegemónica en el conjunto del Estado, pase ahora a decidir la fuerza hegemónica de cada territorio. Eso sería sustituir un centro por muchos centros y reproducir la misma lógica a menor escala. No necesitamos dieciocho versiones de Madrid, cada una con su partido dominante decidiendo quién entra y en qué condiciones. Tampoco se trata de repartir territorios entre organizaciones como si fueran espacios de su propiedad.
La clave no es territorializar la hegemonía, sino territorializar el acuerdo
Eso significa construir en cada territorio una candidatura capaz de representar su propia realidad y, al mismo tiempo, formar parte de un proyecto compartido. Quien tenga más apoyo tendrá más peso, pero no puede decidirlo todo; quien tenga menos fuerza debe poder proponer, discutir e influir, sin convertir tampoco la pluralidad en un derecho permanente de veto. Una candidatura territorial tiene valor precisamente porque puede ser más receptiva a la diversidad: puede reunir culturas políticas, identidades y formas distintas de entender algunos problemas sin obligarlas a convertirse primero en una sola cosa.
Eso exige también una unidad mucho más seria que compartir un logotipo. Las candidaturas pueden tener nombres distintos, equilibrios distintos y alianzas diferentes y, al mismo tiempo, acordar unas prioridades comunes, unas reglas para tomar decisiones y una actuación coordinada antes y después de las elecciones. La cuestión no es que cada cual vaya por su lado, sino construir una cooperación tan sólida que permita mantener las diferencias sin convertirlas en una competencia destructiva. Podemos estar mucho más unidos llevando nombres diferentes que compartiendo una marca mientras discutimos permanentemente quién manda dentro de ella.
La pluralidad tampoco puede limitarse a reconocer distintas identidades territoriales. Tiene que permitir que existan miradas políticas diferentes. Una fuerza verde, por ejemplo, no aporta simplemente unas páginas sobre medio ambiente al final de un programa. Mirar juntas la vivienda, el uso del suelo, el agua, la energía o el transporte cambia las preguntas y también las respuestas. No es lo mismo garantizar un alojamiento que permitir construir un hogar, conservar los vínculos, vivir cerca del trabajo y hacerlo en un lugar que siga siendo habitable. Si esa mirada no tiene capacidad de influir en las listas, en el programa y después en las decisiones, su presencia es decorativa. Y lo mismo ocurre con cualquier otra corriente política que tenga algo propio que aportar.
Quizá, por tanto, hemos formulado mal el problema durante demasiado tiempo. No necesitamos necesariamente menos partidos. Podemos necesitar más organizaciones capaces de decir cosas distintas, representar realidades distintas y llegar a personas distintas, junto con muchas menos candidaturas compitiendo inútilmente por los mismos votos. Más pluralidad política no tiene por qué significar más división electoral si somos capaces de acordar dónde, cómo y para qué concurrimos juntos.
La pregunta de un Frente Amplio no debería ser cómo conseguimos que todos entren en una misma estructura, sino cómo conseguimos que nadie tenga que desaparecer para poder actuar juntos. Nos jugamos evitar que fuerzas cercanas se resten representación, pero también algo bastante más importante: no seguir perdiendo a personas que dejaron de sentirse representadas mucho antes de dejar de votar. Una alternativa será verdaderamente amplia cuando sea capaz de coordinar sus diferencias en lugar de eliminarlas.
Ahí empieza otra manera de entender la unidad.
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