Unas elecciones en las que el miedo y la irritación se imponen al entusiasmo

OPINIÓN

Pedro Sánchez e Alberto Núñez Feijoo en el Congreso.
Pedro Sánchez e Alberto Núñez Feijoo en el Congreso. EDUARDO PARRA / EUROPA PRESS | EUROPAPRESS

No son las primeras elecciones que se celebran en un clima de crispación, pero nunca había sido tan grande la impopularidad simultánea de los dos principales partidos y de sus líderes. La amenaza de Vox existía en 2023, pero ahora es mucho más fuerte. Hay otra peculiaridad, solo en 2011, en plena crisis y tras el fracaso de la política económica de Zapatero, las derechas se acercaron al 50% de los votos, excluyo a los nacionalistas periféricos de centroderecha, ahora las encuestas aventuran que superarán ese porcentaje. La diferencia en la intención de voto con las izquierdas es mucho mayor que en 2023, según la última encuesta de 40DB, un abismo del 17% que parece muy difícil del salvar, la de GAD3 para ABC, publicada el domingo, ofrecía datos similares.

El presidente del gobierno adelantó las elecciones para aprovechar el rechazo de las derechas a los decretos que intentaban paliar los efectos de la crisis de la vivienda y la movilización social contra los desahucios. Sin duda, fue una decisión acertada. Nada indica que las cosas fuesen a mejorar para el PSOE en los próximos meses, es más probable que los casos judiciales que le afectan siguiesen deteriorando su imagen y la inflación, que se come las subidas del SMI y de las pensiones, y la vivienda aumentasen el descontento. El impacto emocional por la muerte de Maricarmen, la anciana desahuciada en Madrid, contribuyó a movilizar a la gente de izquierdas. A pesar de todo, sacar a votantes de la abstención no parece suficiente para un partido que lleva años perdiéndolos en favor del PP e incluso de Vox.

La gran ventaja del PSOE y de los otros partidos de izquierda es el miedo que, justificadamente, despierta la coalición entre PP y Vox. Miedo al recrudecimiento de los desahucios y a la subida de alquileres; miedo al recorte de los salarios, empezando por el SMI, como pide la patronal; miedo por el futuro de las pensiones, avivado por el siempre oportuno señor Figaredo; miedo a que las derechas alcancen los 210 diputados que les permitirían reformar la Constitución, como ya amenazó el señor Buxadé, admirador confeso de José Antonio Primo de Rivera; miedo a un previsible recorte de libertades, con una “ley mordaza” intacta, que la falta de pragmatismo de las izquierdas impidió incluso que se reformase en ocho años; miedo a un PP que parece incapaz de frenar las propuestas más reaccionarias y autoritarias de Vox, incluidas las xenófobas y las misóginas. La tibieza, combinada con la incoherencia, de Núñez Feijoo no solo no entusiasma, tampoco tranquiliza.

Las derechas también agitan con el miedo y, sobre todo, con la irritación. Miedo a una inmigración masiva que amenazaría nuestra cultura y el Estado del bienestar; miedo a un «social-comunismo» que pondría en peligro la propiedad privada y mantendría una presión fiscal abusiva; miedo a cesiones a los nacionalismos alternativos al español que amenazarían la unidad del país; miedo a una supuesta manipulación de las elecciones, aunque lo que debería asustar a todos los demócratas es que el Tribunal Supremo se crea por encima de la Constitución y con la potestad de privar de un derecho fundamental a miles de españoles sin que estén condenados por ningún delito o ni si quiera encausados. Irritación ante lo que consideran levedad del castigo, incluso impunidad, de los independentistas catalanes; irritación ante lo que ven como entreguismo a Marruecos en Ceuta; irritación ante la oposición de la izquierda a lo que consideran tradiciones nacionales, como las fiestas con toros; irritación de buena parte de los varones, cómodos con el machismo tradicional, que se sienten amenazados por el feminismo; irritación por los casos de corrupción del PSOE; irritación contra un presidente del gobierno que cambia de opinión con demasiada frecuencia, o, más bien, miente; irritación por el apoyo de Bildu al Gobierno en las Cortes.

Miedo e irritación, alimentados por el clima de crispación en que se han instalado los partidos, muchos medios de comunicación y las redes sociales, conducen a un voto negativo. Ningún líder aprueba en las encuestas, todos generan más rechazo que aprobación. Los debates ideológicos, o sobre simples propuestas para mejorar la vida de la ciudadanía, el objetivo teórico de los gobernantes, son sustituidos por la demonización del contrario. Ni siquiera se habla de la política exterior, que tanto peso suele tener en las campañas de otros países y que tan decisiva es para un Estado miembro de la Unión Europea y especialmente en este contexto de conflictos y volatilidad de las alianzas.

La irritación de los jóvenes y de parte de las clases trabajadoras, incluida la llamada «clase media», por la vivienda y la carestía de la vida ha estallado en una movilización social que puede favorecer a las izquierdas al movilizar a votantes inclinados hacia la abstención, pero no es seguro que todos los jóvenes que ocupan las calles vayan a votar por unas fuerzas políticas que muchos consideran demasiado integradas en el sistema. En cualquier caso, no favorece a un PP que, como en casi todos los temas, opta por eludir el debate. En cambio, la precipitada convocatoria de huelga general es un arma de doble filo. Se convocan pocas porque no es fácil que tengan éxito, especialmente en un país con un peso tan grande de las pequeñas empresas y los autónomos. Los descuentos salariales a los trabajadores son disuasorios. Las encuestas indican que genera más rechazo que apoyo. Un fracaso, que los medios conservadores venderán como tal aunque solo sea relativo, desmoralizará a las izquierdas. La ocupación de las plazas de muchas ciudades y una huelga general a pocos días del comienzo oficial de la campaña son dos elementos nuevos, que marcan estas elecciones del rechazo y la crispación.

Cabe preguntarse por qué, después de ocho años, los gobiernos de izquierdas han ido perdiendo apoyos en vez de aumentarlos. Una tendencia, agravada desde 2023, que se produce a pesar del crecimiento económico, de las medidas sociales de la primera legislatura y de la espectacular bajada del paro. Ya he comentado que la economía de las personas, de la mayoría, aunque tengan un puesto de trabajo, no ha evolucionado favorablemente, sobre todo en los dos últimos años, eso siempre castiga a quien desempeña el poder, también influye el efecto contagio del giro a la derecha que se vive en todo el mundo, la epidemia del COVID dañó universalmente a los que se vieron obligados a gestionarla, aunque ya queda lejos, pero en España el debilitamiento de las izquierdas presenta rasgos específicos.

Da la impresión de que Pedro Sánchez confió demasiado en su famosa resiliencia y en su capacidad de persuadir, en la fuerza de su liderazgo personal. Sus cambios de opinión, algo frecuente en todos los políticos, se vieron agravados por la rotundidad con que afirmó lo que poco después negaría y por su carácter abrupto, sin tiempo para que la opinión pública los digiriese. Por otra parte, menospreció la fuerza del nacionalismo español, su arraigo en la mayor parte del país, incluso en Cataluña y Galicia, algo que explica, al menos en parte, el importante trasvase de votos del PSOE al PP. La pérdida de sus votantes más centristas no puede compensarse con un crecimiento por la izquierda, que se realizaría en perjuicio de sus únicos aliados posibles; el PNV, con cinco o seis diputados, solo es útil si se está muy cerca de la mayoría, de Junts ya se ha visto lo que se puede esperar.

La última legislatura solo ha servido para fortalecer a Vox y debilitar a todas las izquierdas, incluido el PSOE; también al PP, que pierde votos y diputados según las encuestas. Solo se han aprobado cuatro leyes realmente relevantes: la amnistía, positiva, pero controvertida, especialmente por cómo y por qué se hizo; la reforma judicial; la que protege a los enfermos de ELA y la de dependencia. Las dos últimas son poco ideológicas, como demostraron las votaciones en el Congreso. No se pudo sacar adelante ningún presupuesto, lo que lastró toda la actividad gubernamental. Hubiese sido preferible repetir las elecciones en 2023. Incluso si en las segundas hubiesen conseguido mayoría las derechas, sería mucho más débil de la que probablemente van a obtener ahora y Vox tendría muchos menos diputados. Quizá hoy estuviéramos ante unas elecciones con perspectivas diferentes para las izquierdas.

Los casos de corrupción, el affaire de Zapatero, Ceuta, los problemas de las infraestructuras, desde el AVE a las deterioradas autopistas y autovías, estarán presentes en la campaña y en la cabeza de muchos votantes, a pesar de la movilización por la vivienda y de la indudable utilidad de los decretos del Gobierno, aunque sean sobre todo paliativos.

Es posible que el justificado miedo a Vox, el temor a la derogación por las derechas de las medidas sobre la vivienda y el miedo a un recorte de las pensiones, de los sueldos de los funcionarios y del SMI, conduzcan a un acercamiento entre las dos grandes opciones. Es difícil calibrar la reacción de los votantes en unos comicios en los que el miedo y el rechazo son los elementos decisivos. Una derrota republicana en las legislativas de Estados Unidos puede impulsar a las izquierdas. Falta mes y medio para el día de la votación, poco y mucho tiempo a la vez.