Me produce mucha pereza ver la televisión en abierto. En otro tiempo fue debido a la publicidad, pero hoy la publicidad me parece una molestia insignificante en comparación a lo que veo cuando tengo la desgracia de tropezar con algunos programas mientras hago zapping, distraído sin pensar mucho en lo que voy a ver. De un tiempo a esta parte, casi no hay una franja horaria en la que no me tropiece con una cantidad de odio, desprecio y humillación deshumanizante que me resulta imposible de asimilar.
Iker Jiménez y Carmen Porter han pasado de hablarnos de exorcismos, extraterrestres que hablan en euskera, niñas gigantas en cementerios de Ávila y astronautas de pega, a convertirse en analizadores de otro tipo de fantasmas y entes, acompañados de otros colaboradores que dejan a la fauna habitual que se abastecía de incautos en su programa esotérico, telúrico y abducido, en meros principiantes. El programa de Iker es un coche escoba que va recogiendo las sobras para formar un conglomerado espeluznante, mucho más que cualquier parálisis del sueño. Por allí ha pasado Soto Ivars, Aldama, forenses con aplomo, Roberto Vaquero y un mecánico llamado Ángel que cree que sabe de todo y que rara vez tiene algo que aportar. El catálogo de personajes que pululan por allí es difícilmente digerible salvo si te has empapado de veneno desde la pandemia, momento donde indiscutiblemente millones de personas de todo el planeta se rompieron mentalmente.
He intentado ver el programa estas semanas por ver qué es lo que retiene a tanta gente pegada a la pantalla y no logro comprenderlo, aunque yo también viviera la pandemia. El famoso «hasta luego, Maricarmen», me resultó lo menos espeluznante. Un colaborador del programa de Mediaset insinuó que el desahucio de la mujer que ha puesto patas arriba el país entero es un montaje, una especie de conspiración. Ahora, con Maricarmen muerta, muchos colaboradores en medios y políticos con carguito están haciendo como si no hubieran dicho nada que, en verdad, nadie debería decir ni en broma ante un drama tan terrible, no solo en el programa de Iker Jiménez.
Incluso quienes votaron a favor de los desahucios en el Congreso, y votar en contra de los diferentes decretos que se han planteado para evitar situaciones parecidas es votar a favor de los desahucios, han salido a lamentar el fallecimiento de la mujer porque la tormenta es intensa y se han quedado con el trasero al aire en medio de un clima de indignación generalizado que bien puede derivar en una ira justificadísima. Y para colmo, quienes en la derecha llevan toda su vida dedicándose a la política, se están quejando de que se utilice políticamente el caso de la anciana madrileña, como si su situación no tuviera nada que ver con decisiones políticas, como si todos estos programas de tertulianos extraños, como el tal Aldo Comas del que hablé en esta columna hace días, no estuvieran haciendo política.
En la infantilización en la que saben que nadan sus votantes, las derechas están en esto de no politizar un asunto político como si los partidos de derechas no estuvieran haciendo política, como si jueces y medios de comunicación no fueran de la mano en este asunto, como si Gonzalo Bernardos no estuviera haciendo política en favor de su sector, como si nadie más que quienes señalan el drama de Maricarmen como lo que es estuviera haciendo política.
En 2026 no creí que fuera necesario decir algo tan obvio, tan simple, tan lógico: el asunto de la vivienda solo puede resolverse a través de la política. Es así como se solucionan las cosas en los países civilizados y cualquiera que intente despolitizar algo como el mercado inmobiliario es un tramposo, está intentando engañar al personal a sabiendas, está, en fin, intentando hacer ver que sus políticas, las que pretende imponer en materia de vivienda, están destinadas a desahuciar rápido a la gente, tenga una solución habitacional o no, esté a punto de morir o no, tenga menores a su cargo, una situación personal desesperada o lo que sea, y a que los fondos buitre y los pisos turísticos se coman el territorio de todos los españoles.
No me engaño. Es prácticamente imposible sustraerse de esta corriente de odio descerebrado hacia quienes están sufriendo situaciones complicadísimas que destruyen su vida. Es un bombardeo constante, de mayor o menor intensidad, por la mañana, por la tarde y por la noche. Hay tanto ruido, pues este y no otro es el objetivo, el de hacer ruido, que el aturdimiento impide pensar a muchos y solo deja espacio para el desprecio y la maldad. Cuando esto termine, y créanme, terminará de una manera o de otra, me pregunto qué hará toda esta gente sedienta de sangre con su vida y si podrán reincorporarse al lado de la humanidad, la compasión, la solidaridad y la empatía. Vivimos en una sociedad rota por completo en la que casi todos los espacios en los medios están tomados por el odio y el efecto en millones de personas está siendo devastador. Pero esto no durará siempre. O eso quiero pensar. Procuro ser optimista, pero a veces no me quedan fuerzas.
Comentarios