Oviedo, una ciudad de espaldas al Naranco

El monte cuenta con amenazas como las canteras o tendidos eléctricos, pero según los expertos la mayor es «la indiferencia de los ovetenses»


Redacción

El Naranco es un monte ancestral a cuyas faldas se configura Oviedo, la capital del Principado de Asturias. Hay una frase del escritor asturiano Valentín de Andrés que reza que «millares de siglos antes de existir Oviedo, el Naranco ya era ovetense», basándose, entre otras cosas, en que la materia prima procedente de sus canteras fue la que permitió materializar la ciudad y su Catedral. A pesar de ello, la situación actual del Monte Naranco difiere bastante de la que defendía el escritor. «El Naranco es uno de los elementos más importantes que tenemos en Oviedo y, sin embargo, la ciudad le da totalmente la espalda. Se aprovechó de él todo lo que se pudo pero no lo vemos como algo nuestro», afirma el experto en el monte Naranco Carlos Llaneza. En su opinión los mayores problemas de la montaña no son las canteras, los tendidos o los problemas forestales, sino «la indiferencia de la ciudad que tiene a sus pies». Según sus palabras, si la gente fuera consciente del valor histórico y vital vinculado a Oviedo «no estaría como está». «La Administración podría mejorarlo, pero funciona por demanda social», añadiendo que tampoco hace falta una gran inversión, «tan sólo tienen que dejarle ser lo que es, un monte».

El Naranco tiene un gran número de construcciones y curiosidades repartidas aquí y allá, además de las archiconocidas Santa María del Naranco, San Miguel de Lillo y el Cristo del Sagrado Corazón que corona el monte. Comenzando un recorrido tipo desde Oviedo, el caminante pasaría en primer lugar por los restos del Acueducto de los Pilares, construido en el siglo XVI por Juan de Cerecedo. La obra arquitectónica abasteció a la ciudad con las aguas de las fuentes de Boo y Fitoria hasta que en 1875 fue sustituido por un sistema de depósitos de agua y tuberías a presión proyectado por Pedro Pérez de la Sala. La cercana parroquia de San Pedro de Los Arcos, siguiente parada de camino a la cima, recibió durante un tiempo el nombre de San Pedro de los Pilares en honor al acueducto y está situada en un lugar donde existen culto desde tiempos inmemoriales. 

La Pista Finlandesa es otro de sus atractivos. «La mal llamada Pista Finlandesa, porque debería llamarse Paseo de Valdeflora», explica Llaneza. Se hizo aprovechando la caja de un tren que traía mineral de hierro, explotado por las fábricas de Mieres y Trubia, además de Duro Felguera. En cuanto a construcciones curiosas, están los lavaderos. «El Naranco tiene muchos, como el circular que diseñó Sánchez del Río» cuenta Llaneza, añadiendo que originariamente tenía un paraguas «que se cargó un camión». Estos lavaderos tuvieron uso hasta bien entrado el siglo XX y la gente los aprovechaba para lavar prendas de personas más pudientes como complemento a sus ingresos, además de para uso propio. «Cuando tendían las sábanas decían que el Naranco parecía que estaba nevado de tantas que había», cuenta el experto. ¿Por qué la lavaban allí? Por la abundancia de agua, la altura, la orientación sur y los vientos dominantes empujaban las cenizas hacia San Esteban y El Cristo. Su valor cultural también reside en que fueron importantes centros sociales y de encuentro de la época.

La cara Norte, la gran desconocida

La cara Norte del Naranco es la que alberga el mayor número de cuestiones, no solamente arquitectónicas sino de flora y fauna, que desconocen los ovetenses. Es en donde se conservan los elementos de mayor valor natural como bosques de tejos, la finca de El Pevidal o las especies salvajes. «Existen manchas de bosque con fauna y flora de valor incalculable donde se pueden encontrar sin mucha dificultad corzos, jabalíes, tejones, zorros… cuesta creerlo estando tan cerca de Oviedo», asevera Carlos Llaneza.

Entre las construcciones, destacan los pozos de nieve. Se trata de agujeros inmensos, de más de 10 metros de profundidad y unos 8 de diámetro con las paredes de mampostería. Antiguamente se encontraban cubiertos y estaban destinados a acumular nieve. Esta era bien apelmazada en el agujero y luego la iban sacando en bloques que eran destinados a la refrigeración de alimentos, siendo «las neveras» de la época. A estas curiosas obras arquitectónicas se unen también en la cara norte las casamatas de la Guerra Civil española. Estos pequeños búnkeres, destinados a la defensa del frente que cercaba la ciudad, formaban parte de una línea defensiva del ejército republicano. «Había todo un arco que rodeaba Oviedo y que llegaba hasta La Cadellada, la zona del nuevo HUCA, donde había trincheras», comenta Carlos Llaneza. Se encuentran perfectamente conservados.

Soluciones para un monte «abandonado»

Carlos Llaneza propone una serie de soluciones que podrían hacer que el monte se convirtiese en «lo que tendría que ser». Cree que uno de los primeros pasos a ejecutar sería la eliminación de los eucaliptos, una especie invasora que en su día «tuvo su razón de ser» pero que ya no es explotada. En segundo lugar la erradicación de los tendidos eléctricos y por último el cierre de la mayor amenaza del monte: las canteras. Según Llaneza tienen licencia para explotar más de 700 hectárea y el concejo tiene «la desgracia» de tener el 80% de canteras de Asturias. También el monte se ve cada vez más cada vez presionado por la expansión urbanística. «El bosque de El Payán que es un bosque impresionante está en peligro por este motivo», explica. Una gran vía que se perdió para la mejora de la montaña fue el Plan Territorial Supramunicipal que contemplaba varias líneas de actuación. Estas eran la construcción de una serie de sendas perimetrales y sendas de cumbres. También incluía citada la eliminación de tendidos eléctricos, la recuperación del bosque atlántico y del entorno fluvial. Al llegar la crisis el proyecto fue cancelado.

Por otro lado, se está incrementando mucho la visita de senderistas y ciclista, lo que beneficia y facilita que los caminos se mantengan abiertos, ya que unos cuantos han desaparecido. Aún así, el experto se lamenta de que los ovetenses «tengan cosas como el Naranco y no las aprecien». «Me da pena que tengamos cosas que no apreciamos. Me gustaría cambiar el horizonte de Oviedo, lo cual sería tan fácil como quitar los eucaliptos. En pocos años tendríamos un bosque totalmente diferente», concluye.

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