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En el Oviedo Antiguo hay distintos tipos de vecindad. Nadie debe ser presa de la discriminación por su condición sino que se ha de convivir con naturalidad

Antiguas escuelas del Postigo
Antiguas escuelas del Postigo

Oviedo

En el Oviedo Antiguo, como en cualquier otro barrio, estamos las personas que vivimos y las personas que trabajan; a veces, vecindad doméstica y vecindad laboral, ambas, compartidas.

Cuando pensamos en las personas que viven, pensamos, cómo no, en las que tenemos nuestro domicilio habitual, inscrito en el censo municipal, en torno al que hacemos la vida.

Pero hay otro vecindario, además de este, que me gusta reivindicar, me gusta reivindicar como vecindario del Oviedo Antiguo, además del primero que se nos viene a la cabeza, como digo, del doméstico y del laboral.

En el Postigo Bajo, muy cerca del Campo de los Patos, aunque no es estrictamente Oviedo Antiguo es casi, y el barrio es una de las caídas habituales de vecinos y vecinas de la calle. Allí hay unas antiguas escuelas, de propiedad municipal, rehabilitadas en los noventa del siglo pasado y cedidas a la Fundación Cespa o, en su nombre conocido, Proyecto Hombre.

Los chicos y las chicas que viven en Proyecto, en el Postigo, son también vecindario del barrio, mientras vivan allí, son también vecindario del barrio. Viven allí, tratando de reducir los daños de sus adicciones, y por las tardes salen a dar una vuelta, suben por el Postigo Bajo, llegan al Alto, continúan por el cruce que une Mon y Oscura, se sientan en alguna de las terrazas de la plaza del Sol.

Cuando me los cruzo, por la tarde, pienso, distraídamente, «ahí van los chicos de Proyecto». Más jóvenes, menos jóvenes, con esa uniformidad en el rostro que tantas veces provoca la heroína, con ese disfraz yonqui.

En mis primeras salidas por el Oviedo Antiguo, allá por los años ochenta, recuerdo grupos de toxicómanos pasando el día, pasando el mono, pasando el colocón, esperando por su hombre, parecido al hombre del que habla Lou Reed en el primer disco de The Velvet Underground, aunque el Oviedo Antiguo no fuera Harlem y el camello no fuera un negro enorme; pasando el día, pasando el mono, pasando el colocón, esperando por el camello en distintos puntos del barrio. Alguna temporada, se sentaban en los bancos del interior del pequeño parque que hay en la Corrada del Obispo. Las autoridades, cuentan, decidieron quitar los bancos para que no estuvieran allí siempre, en una medida heladora. Que no digo yo que sea asunto fácil, pero quitar los bancos me parece una medida propia del discurso que habla en términos de «limpiar», cuando se habla de yonquis o de putas que hacen la calle. Un discurso que da escalofríos, por la ausencia de solidaridad y de compasión.

Las palabras así siempre me llevan a lo mismo. Además de la ausencia de solidaridad y de compasión, la gente que las profiere, ¿piensa que está libre de necesitar, para ella, para los seres a los que quiere, un banco en un parque para pasar el mono; un centro cerca de su casa para mitigar los riesgos de la adicción; un lugar donde unas monjas den de comer no solo, pero también, a quienes parece que lo único que les queda es ese andar inquieto y alucinado; un refugio donde pasar la noche, con un colchón, una ducha y un café?

De todo esto, de todo esto hay en mi barrio, de todo esto hay en el Oviedo Antiguo. También hay ayudas individuales, solidarias y compasivas, de las que hablé ya en otras ocasiones.

Que no es asunto fácil, desde luego. Ojalá no existieran las adicciones que enferman, matan y causan devastación, ojalá desaparecieran quienes se lucran con ellas. Pero, ya que están ahí, ayudemos, aunque sea no discriminando, aunque sea conviviendo con naturalidad, aunque sea considerando a quienes viven en el barrio, sea cual sea su relación con él, da igual si sedentaria o nómada, vecindario siempre. Y atajando problemas de convivencia que puedan producirse cuando, eso, cuando se produzcan. Que, hay que decirlo, no son habituales.

E. es mi amigo y trabaja en Proyecto. Me cuenta cosas, con su visión experta y franca. Cuando me cruzo con el grupo que sube por el Postigo, en el paseo por la tarde, siempre pienso, distraída, «los chicos de E.», y E., V., su mujer, igualmente cómplice en estas cosas de la vida, y yo nos vamos a tomar una cerveza al Diario Roma, la querida calle Mon, a escuchar, una vez más, a los Stones, a escuchar, una vez más, Gimme Shelter.

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