El periodista, novelista, ensayista y poeta Diego Medrano ofrece su visión sobre la literatura
27 feb 2018 . Actualizado a las 05:00 h.Quedo con Diego Medrano, un viernes, en la cafetería Valor. Desde la calle, puedo verle en una mesa redonda situada frente al cristal de la fachada. Diego saluda con cordialidad elevando su mano. Cuando uno está frente a él siente un halo de sugestión y cobijo. Viste traje, bebe café y reposa frente a una mesa de mármol. Medrano es un género literario en sí mismo: periodista, novelista, ensayista, poeta; ha abordado todos los géneros, y en todos ha alcanzado la excelencia. He venido a hablar con él, que siempre es disfrutar. Nuestra charla está plagada de citas, anécdotas, profundas reflexiones, recomendaciones literarias y risas.
Cuando uno está con él entiende aquella máxima umbraliana: «La escritura es una prolongación de la vida. No me interesa tanto escribir ni leer, como vivir literariamente». Y así vive Diego desde que fue infectado por el veneno de la literatura. «No recuerdo mi primer contacto con los libros. Cuenta mi madre que cuando era pequeño e íbamos al PRYCA siempre desaparecía. Ya sabían dónde encontrarme, estaba en la sección de libros. Toda mi vida ha sido, y es, literaria». La obsesión y el placer de la lectura marcan su vida. Tras estudiar Filosofía se da cuenta que no le interesa tanto el pensamiento como la literatura: «Empecé a escribir y producir sin parar. Tuve la suerte de mandar una primera novela a Pere Gimferrer, me contestó y así di el salto a esto de ser escritor». De no haberse dedicado a juntar letras, no duda: «Mi trabajo estaría relacionado con la cultura». Reconoce haber tenido suerte y desde bien temprano haberse ganado la amistad de Pere Gimferrer; de Leopoldo María Panero, el virtuoso y maldito poeta; de Luis Antonio de Villena; de Paco Umbral; Ansón; Luis Alberto de Cuenca. Le acogieron y apadrinaron sin jamás pedirle nada a cambio, ayudándole en todo lo posible. «Las amistades y los padrinos son importantes, no voy a engañar a nadie. Pero eso de que el padrino es un hijo de puta que quiere aprovecharse del escritor joven es mentira. Es alguien generoso. Lo semejante reconoce a lo semejante; por donde tú pasaste, él pasó antes». Dice haber encontrado más corrupción y escoria por abajo, con cualquier crítico de provincias, que por arriba. «Mi experiencia con académicos, críticos influyentes y grandes periodistas ha sido, siempre, de complicidad, respaldo y motivación; jamás encontré egoísmo».
Se siente notario o pregonero del momento, es alguien absolutamente moderno al más puro estilo Baudelaire. «El terreno en el que me encuentro más seguro es la actualidad. El presente, la realidad. Me produce espanto el escapismo, el abandono de la actualidad. Todos los traidores a su época: no preocuparse por lo que ocurre, despreciar el presente». Asegura que es absurdo escribir para entrar en el parnaso, que así sólo se hace la nada. «Lo único que un escritor debe pretender es ser la voz de su tiempo». Sus palabras reverberan dentro de mi cabeza, se le dilatan las púpilas rememorando anécdotas y lecturas. «Soy lo que voy dejando por el camino. Al igual que García Márquez que iba lanzando los libros que leía o cuando arrancaba las páginas de libros para que su mujer pudiese leerlas». Le pregunto cuáles son sus referentes literarios y recita con devoción a Cela, Umbral, Ruano, Valle, Quevedo y Gómez de la Serna. Todos estos, celestialmente dotados para la escritura, siendo capaces de encontrar el adjetivo exacto, cosechar un estilo; amantes de la palabra culta. Llamaron la atención por el lenguaje, porque no importa tanto el fondo sino la forma. «La literatura es un placer totalmente masoquista: cuanto peor te trata, más la quieres. Cuanto mayores son las dificultades, más aprecio tienes por el arte de la palabra». Por eso carga contra todos aquellos que defienden el leer sólo como divertimento: «Forzarte a leer ciertas lecturas, aunque no sean de tu agrado, es necesario. Es una especie de gimnasia intelectual. La lectura no puede ser simplemente disfrute, a veces es una necesidad y obligación». No tarda en salir el tema de Trapiello y su adaptación del Quijote: «Trapiello debería estar en la cárcel, ha destrozado el Quijote». Y tiene razón Medrano, porque sólo lo difícil es estimulante.
Diego habla y habla, trato de captar todo lo que dice para no olvidarlo nunca. Sus frases son aforismos. «La literatura es como otra vida. La soledad. Uno tiene su vida, su novia, amigos; y luego está la vida de las lecturas: otra vida. Es una especie de soledad acompañada de uno mismo», él habla y yo asiento. «Hay un espécimen raro, extraño, posiblemente de frenopático, que es el obseso sexual -que seremos casi todos- y existe, también, el obseso textual: aquel que vive lingüísticamente dentro de la palabra. La palabra lo es todo: imagen, sonido, vida». Escucho esto y no dudo en calificarme dentro de los dos grupos: el sexual y el textual.
Dice que estamos ante el mejor momento de la historia para literatura: «Nunca se han vendido ni publicado tantos libros». Asegura sentirse afortunado por vivir esta «orgía de letras maravillosa». «Te llevan los libros a la puerta de casa, no se puede pedir más. En la posguerra quién cojones leía, quién podía permitirse comprar un libro. Cómo coño va a ser esta la peor época». Y asegura que el papel nunca desaparecerá: «Queremos libros, no archivos». También defiende a capa y espada la pervivencia y labor del periodismo: «Nosotros no llegaremos a ver la desaparición del periodismo tradicional. Creo que la clave está en textos mejor elaborados y no tantos datos».
Diego acaba de presentar su libro Llévate el paraguas por si llueve en Oviedo. Es el primero de una trilogía La soledad habitada donde realiza una encomiable labor mostrándonos la imagen actual de ese Madrid literario, bohemio y canalla que se desvanece cada día. Los siguientes tomos versarán sobre Barcelona y Oviedo. Que yo, tras devorar el primero, estoy deseando tener entre mis manos. Recoge la tradición memorialística de Umbral, Pla o Cháves Nogales; no sólo está a la altura, la actualiza y mejora.
-¿Teme al folio en blanco?
-No creo en el folio en blanco. Yo llego a la escritura con unas ideas, con apuntes, con notas y obsesiones. Pero es imposible llegar al folio con todo pensado, la propia escritura ya te va dando lo que escribir dentro de ella. Ni tampoco es pasar de un estado pasivo a uno activo, que sería escribir. La clave está en escribir siempre, de esa escritura continua sale algo. La escritura nunca se acaba, se abandona. Sería capaz de corregir y modificar uno de mis textos toda la vida, nunca estaría bien para mí.
Diego sigue y cree en la afirmación del maestro Umbral: «He creído en pocas cosas en mi vida. Lo fundamental: mi capacidad de trabajo y lo que el trabajo me iba dando». «Estudio y trabajo, trabajo, y más trabajo. Puedo entender que haya gente no formada, que no tenga estudios, pero no puedo entender que haya desinformados. Hoy, con internet, es inadmisible, es una falta de todo». Cree que pertenece a una especie distinta de todo aquel que haga apología del chabacanismo, de todos los que hiergen el pecho asegurando no leer libros, de los cientos de espectadores que matan su tiempo y sus neuronas frente a programas del corazón. «Vivimos en una sociedad muy polarizada, las estadísticas, encuestas y porcentajes no me los creo mucho, no les doy mucha importancia». Siempre me ha parecido imposible la vida sin libros, es perderse la oportunidad de vivir experiencias que serían imposible de otra manera. Diego asiente, se atusa el pelo y arranca: «Siempre me ha preocupado saber la dosis mínima de ficción que necesitamos para la vida. El ser humano necesita la ficción. Enamorarse es empezar a construir un relato dentro de ti. Mira, vamos cumpliendo años y perdiéndonos cosas. Tenemos que elegir. Los libros, el cine y el arte nos dan la vida. Son una droga maravillosa. La ficción nos da la posibilidad de no perdernos nada, continuamente nos está dando vida, vida, vida». Recibe una llamada de teléfono y se excusa para contestar. «Uno de los grandes problemas de este país es que creemos en la subvención. Toda cultura de la subvención no lleva, ni llevó, a nada. No creo en esto. La solución es la educación, la promoción. Es un profesor que muestre pasión por su trabajo, en esto creo», dice tras colgar.
El encuentro va a llegando a su fin. Medrano es un hombre de agenda ocupada, pero que siempre consigue encontrar un hueco para cumplir con todos sus compromisos. Pero antes de que se vaya le pregunto por su visión de la ciudad.
-¿Cómo ve Oviedo?
-Oviedo es una ciudad triste, nada que ver con la cuidad que conocí en mi juventud. Llena de gente mayor, está tendiendo a ser un geriátrico. Al igual que toda Asturias. Es necesario que los gobernantes no se eternicen en el cargo. Era necesario un cambio. Es cierto que el Oviedo de la modernidad lo construyó Gabino: la Losa, la peatonalización. Nada con la casposidad y grisura de la ciudad con Masip. Pese a todo, Gabino se equivoco muchas veces e hizo cosas absurdas. Y ahora parece que algo está cambiando, pero muy poco.
-Ve la ciudad muerta, sin futuro.
-Pese al envejecimiento y los cambios, sigo pensando en que pervive cierto cosmopolitismo. Es una ciudad absolutamente literaria, la muy literaria ciudad de Oviedo. Todas las grandes plumas de la región pasaron por aquí: Pérez de Ayala o Clarín, por ejemplo. Hay una frase de Juan Benito (Fundador de Tribuna Ciudadana) que me encanta: «Oviedo me da la medida de mí mismo». No creo que Oviedo esté muerto, sino herido. Es labor de los ciudadanos insuflarle vida.