«El Oviedín de siempre aún tiene sus reductos, pero la ciudad se está abriendo a muchas cosas»

Entrevista con Concha Quirós, una institución cultural de Oviedo

Conchita Quirós
Conchita Quirós

Redaccion

Ni Santa María del Naranco es más de Oviedo que Concha Quirós. Sin embargo, la librera, jubilada ante la ley pero no ante su conciencia de difusora cultural y asesora de lecturas para todo aquel que le pida consejo, nació en la parroquia de Pillarno, en el concejo de Castrillón. Corría 1935 y, siguiendo las costumbres de la época, su madre regresó a la casa de sus padres para dar a luz a su primera hija. Ha vivido y trabajado fuera de España, pero su lugar siempre fueron los pasillos de la Librería Cervantes, ese punto de observación blindado de lecturas desde el que ha seguido las transformaciones de la ciudad en los últimos sesenta años. Y los que quedan, porque el establecimiento familiar, hoy en manos de su sobrino, será centenario en el 2021 y habrá que preparar algo grande para celebrarlo.

--Teniendo en cuenta la familia en la que nació, ¿tuvo alguna posibilidad de no ser librera?

--Sí que había alguna posibilidad, pero parece que yo estaba predestinada. Mi padre fue librero por casualidad. Marchó a Cuba con 14 años, volvió a los 20 creyendo que iba a morirse porque estaba enfermo del corazón y luego vivió hasta los 98. Puso la librería porque le gustaban los libros, pero igual que podría haber puesto cualquier otra cosa. Yo, como era la mayor de cuatro hermanos, fui la que más le ayudé desde niña. Abría paquetes, marcaba los libros, me los conocía. Me gustaba mucho y, además, era la continuación normal. Ninguno de mis hermanos me la disputó, a ninguno le apeteció meterse en el lío. «Todo para ti», dijeron, así que desde los 14 años fui ayudante, acabé la carrera a los 22 y ya me quedé aquí de hecho y de derecho.

--Fue un meritoriaje desde la infancia. ¿Cuándo sintió que había aprendido?

--Pues perdí ocasiones cuando me licencié. Me ofrecieron trabajar con Foyles en Londres, llegué a trabajar en París, pero ya me parecía que me debía a la librería, que la librería me necesitaba. Por entonces, éramos mi padre, otra señora, el chico de los recados y yo. Vamos, la mínima expresión de una librería.

--¿Cómo era entonces el negocio, cómo lo recuerda desde este espacio que nos acoge ahora?

--Era un proceso muy distinto. Los paquetes venían por correo. La oficina de Correos estaba en la calle Campomanes. El chico iba y echaba la tarde. Llevaba un carretillo para recoger los libros y, de paso, se entretenía con los demás compañeros. Iban todos juntos. Nosotros estábamos más arriba, en esta misma calle del Doctor Casal, a unos 200 metros de este local actual. Los almacenes Al Pelayo estaban en la esquina con Uría y nosotros, prácticamente después. Mi padre no eligió esta zona porque fuera buena, sino porque era barata. La parte comercial estaba en Cimadevilla y sus alrededores. Esto era la expansión para unir el centro histórico con la estación de ferrocarril, que habían hecho poco antes. Incluso en épocas más recientes muchos bajos aún eran viviendas. Y allá estuvimos desde 1921 hasta finales de los años 80.

--¿Cómo llegó el momento del cambio?

--Vimos que el local se nos quedaba pequeño. Teníamos más cuerpo que camisa. Buscamos entonces otro local próximo, surgió la oportunidad de venirnos aquí porque el comercio anterior, una tienda de tejidos, estaba en crisis, y nos trasladamos. Solo teníamos una planta pero tuvimos la suerte de ir ampliando el espacio de manera natural, al trasladarse las empresas instaladas encima de nosotros. No fue premeditado, salió así.

--Es un caso de periferia hecha centro.

--Sí, se ha convertido en una zona cara. Es la milla de oro, este tramo de Uría a Salesas. Aunque está un poco a la baja últimamente, coger un local ahora sería imposible. Solo hay alquileres, no creo que haya ninguno en venta, y los precios son imposibles de pagar. La prueba es que abren y cierran muchísimos comercios. Nuestra suerte es que fuimos pagándolo todo y tenemos la propiedad aquí. Es un gusto.

--Y una ventaja financiera.

--Eso también. Tengo una amiga en Valladolid que hizo una obra enorme para dejar una librería preciosa. Murió el dueño del local, a sus hijos les pareció que aquel espacio tan bonito le salía muy barato a la inquilina y empezaron a subirle el alquiler hasta que no pudo aguantarlo y tuvo que irse. Nosotros, desde luego, somos muy afortunados porque eso no nos puede pasar.

--¿Cómo ha visto cambiar la ciudad en estas décadas de negocio?

--Ha sido un cambio enorme. Para mal, he visto tirar muchas cosas. La primera rebelión ciudadana, cuando se inventó lo de Doña Piqueta, surgió cuando se derribó un palacete precioso para construir la actual sede del Banco de España. Mi padre lo había visitado una vez y había salido maravillado porque tenía dos pianos, o puede que cuatro, una barbaridad, no me acuerdo bien de los detalles, pero lo seguro es que por entonces el lujo no se medía por los baños que tenía una casa, sino por los pianos. En otras cosas, la ciudad ha evolucionado para bien.

--¿Cuánto recuerda?

--Tengo viva la memoria de 60 años en la librería. Acabé la carrera con 22 y ahora tengo 82. No cuento los de niña, cuando estudiaba en La Milagrosa, cerca, para ayudar. Había muchos paquetes que traer. Después de cerrar la tienda, los abríamos. En especial, los libros prohibidos que llegaban de Francia o de Hispanoamérica. García Lorca, Picasso, Casona, porque era de un pueblo de protestantes, Besullo. Falsificábamos las facturas para que constaran como biblias.

--¿Cuánta comunidad con los lectores ayudaba a crear esa clandestinidad forzada por la dictadura?

--Muchísima. Compartíamos secretos. Después de cerrar, se reunían con mi padre cuatro o cinco personas, no eran más. Amigos que miraban los mismos ejemplares. Si algo interesaba a más de uno, surgían peleas, discusiones. La anécdota es que ahora esos cuatro o cinco lectores originales se han multiplicado. Llega gente que me dice: «Sí, mi abuelo era muy amigo de tu padre y venía siempre a la tertulia». Si me pongo a contar todas las veces que oigo eso, salen por lo menos cincuenta personas, y eso nunca fue así. Hay quien presume a posteriori y busca validar así su pedigrí de demócrata.

--¿Una librera tiene que disimular mucho sus gustos personales para no ser escéptica en esos casos?

--Exacto. Mi padre era un liberal. Decía que no se podía ser librero sin ser liberal, y yo creo que es verdad. Una tiene su ideología, pero es indispensable dar paso a quien escribe cosas distintas de lo que una piensa. A veces todavía me cuesta, no se crea. Me traen a Pío Moa, por ejemplo, y tengo que reflexionar sobre si merece la pena venderlo.

--También ha visto un enorme salto tecnológico. ¿Cómo lo ha vivido?

--Pues creo que empezó a mediados de los años 80, cuando nos vinimos a esta librería. Empezaban a generalizarse los ordenadores y nosotros siempre hemos sido avanzados para esos cambios, siempre hemos sido modernos. Ya en 1986 decidimos que debíamos informatizarnos. Nadie lo había hecho por aquí. Buscamos por un lado y por otro hasta que encontramos una base de datos importante. Nos facilitó el contacto Gustavo Bueno, hijo. Todavía la tenemos y nos funciona muy bien. Fuimos de los primeros.

--¿Por qué no hay librerías, o solo muy pocas, en los grandes centros comerciales y sí en los centros de las ciudades?

--Porque una cosa es la venta de libros y otra la librería. Yo presumo de separarlas mucho. Una gran superficie admite una librería donde se venden los libros del momento y los best sellers. Pero una librería de fondo debe tener, por exagerar, lo importante en etología. Ahí está la diferencia. Nosotros somos una tienda de proximidad, como una farmacia. La gran superficie va a lo fácil y rápido. A qué negarlo, nosotros también tenemos una parte de esos productos para que su venta nos ayude a sobrevivir y a especializarnos en lo que nos califica, nos prestigia y nos da razones para vivir.

--¿Y los lectores cómo han cambiado? ¿En qué se diferencian los que conoció en los años 50 de los actuales?

--Han cambiado, pero hay cierta continuidad. Tenemos una tipología de clientes que siguen fieles a nosotros. Vinieron los abuelos, vinieron los padres y ahora vienen los hijos. Lo que sí ha cambiado es todo el trabajo que cuesta captar para la lectura a la gente joven. Los móviles, los juegos y los cachivaches atrapan mucha parte de su tiempo libre. Sin embargo, la catástrofe que se nos pronosticaba con el e-book no ha sucedido.

--¿Y además de tener la experiencia del pasado, desde estos mostradores se piensa en lo que viene?

--Vaya por delante que yo no soy de ningún partido político. Dicho eso, el Oviedo de hoy está despertando, o eso me parece a mí. Estamos dando envidia incluso a Gijón, después de habernos acostumbrado a lo contrario, a que Gijón fuera la ciudad progresista y Oviedo la conservadora. El Oviedín de siempre permanece, aún tiene sus reductos, pero este trío que se formó casi por carambola entre el alcalde socialista, Podemos e Izquierda Unida está consiguiendo que la ciudad se abra a muchas cosas. Piden ayuda y la gente valora mucho eso, que le pregunten qué le parece hacer el bulevar o lo que que toque en cada momento. Se nota. Oviedo empieza a proponer cosas, a ser más que una ciudad de servicios, a convertirse en un lugar más amable. Estoy esperanzada porque quiero creer que evolucionamos.

--¿Cómo ve la vida cultural en la ciudad del 2018? ¿Está en un buen momento?

--Sí. Nosotros trabajamos mucho con Tribuna Ciudadana, que también se está renovando. Y hay áreas creadas por la propia ciudadanía, como ese concierto del año pasado en que los músicos se esparcieron por toda la ciudad. Esas cosas me llenan el alma.

--¿Había visto épocas parecidas antes?

--No. A Oviedo le ha costado mucho trabajo despegar. Le colgaron el sambenito del conservadurismo, que probablemente era verdad y quizá lo es aún. Pero la gente de fuera nota que ahora hay exposiciones distintas, otras actividades. Yo colaboro con las bibliotecas públicas y el año pasado, para celebrar el bicentenario de Jane Austen, organizamos una fiesta en el Campo San Francisco con vestidos de época y té. Gustó mucho. Son pequeñas cosas. No hay grandes eventos. La ciudad, a veces, parece presa de sus costumbres. Los premios Princesa son una iniciativa genial, pero ya está muy consolidada. Quizá hace falta que se abran un poco más. A mí me gustan las iniciativas populares y pequeñas. Están dando vida a los barrios. Ahora vamos a ir a una feria cultural en La Corredoria, donde habrá libros y más cosas. La cultura, cuando es participación ciudadana, es mucho más efectiva que las grandes ideas de los gobiernos.

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