«El Oviedín de siempre aún tiene sus reductos, pero la ciudad se está abriendo a muchas cosas»

Raúl Álvarez REDACCION

OVIEDO

Conchita Quirós, dueña de la librería Cervantes de Oviedo, en una de sus últimas imágenes
Conchita Quirós, dueña de la librería Cervantes de Oviedo, en una de sus últimas imágenes

Entrevista con Concha Quirós, una institución cultural de Oviedo

27 mar 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

Ni Santa María del Naranco es más de Oviedo que Concha Quirós. Sin embargo, la librera, jubilada ante la ley pero no ante su conciencia de difusora cultural y asesora de lecturas para todo aquel que le pida consejo, nació en la parroquia de Pillarno, en el concejo de Castrillón. Corría 1935 y, siguiendo las costumbres de la época, su madre regresó a la casa de sus padres para dar a luz a su primera hija. Ha vivido y trabajado fuera de España, pero su lugar siempre fueron los pasillos de la Librería Cervantes, ese punto de observación blindado de lecturas desde el que ha seguido las transformaciones de la ciudad en los últimos sesenta años. Y los que quedan, porque el establecimiento familiar, hoy en manos de su sobrino, será centenario en el 2021 y habrá que preparar algo grande para celebrarlo.

--Teniendo en cuenta la familia en la que nació, ¿tuvo alguna posibilidad de no ser librera?

--Sí que había alguna posibilidad, pero parece que yo estaba predestinada. Mi padre fue librero por casualidad. Marchó a Cuba con 14 años, volvió a los 20 creyendo que iba a morirse porque estaba enfermo del corazón y luego vivió hasta los 98. Puso la librería porque le gustaban los libros, pero igual que podría haber puesto cualquier otra cosa. Yo, como era la mayor de cuatro hermanos, fui la que más le ayudé desde niña. Abría paquetes, marcaba los libros, me los conocía. Me gustaba mucho y, además, era la continuación normal. Ninguno de mis hermanos me la disputó, a ninguno le apeteció meterse en el lío. «Todo para ti», dijeron, así que desde los 14 años fui ayudante, acabé la carrera a los 22 y ya me quedé aquí de hecho y de derecho.

--Fue un meritoriaje desde la infancia. ¿Cuándo sintió que había aprendido?

--Pues perdí ocasiones cuando me licencié. Me ofrecieron trabajar con Foyles en Londres, llegué a trabajar en París, pero ya me parecía que me debía a la librería, que la librería me necesitaba. Por entonces, éramos mi padre, otra señora, el chico de los recados y yo. Vamos, la mínima expresión de una librería.