José Ignacio Amat sobrevivió al siniestro de 2012 en el que fallecieron nueve montañeros. Estuvo 17 días hospitalizado, tres meses sin andar y nueve meses de baja. Hoy clausura en Oviedo las VI Jornadas de prevención de riesgos en montaña de Asturias
11 may 2018 . Actualizado a las 08:11 h.
José Ignacio, 'Rizos', Amat Segura vivió una de las experiencias vitales más traumáticas, el 12 de julio de 2012, cuando se encontraba junto a un compañero en el Mont Blanc y una avalancha dejó una estela de nueve montañeros fallecidos. Él salvo la vida, pero su recuperación fue lenta. Estuvo hospitalizado 17 días; otros tres meses sin poder andar y su baja laboral se extendió nueve meses. Ha sido sometido a varias intervenciones quirúrgicas en el pie, pero su fortaleza tanto física como mental, ha sido clave para seguir practicando una actividad con la misma ilusión con la que transmite su pasión por la montaña. Reconoce que en el Mont Blanc «se vio morir» y el accidente se convirtió en «un punto de inflexión», enmarcado en un proceso de reflexión que acabó plasmado en el libro Seguridad en montaña. Los peligros ocultos. Hoy, viernes, este gran deportista, guía de montaña, docente y rescatador, que trabaja como sargento de Bomberos del Servicio de Prevención y Extinción de Incendios y Salvamento (SPEIS) en el Ayuntamiento de Alicante y dirige la Escuela Valenciana de Alta Montaña, clausurará las VI Jornadas de Prevención de Riesgos en Montaña de Asturias, organizadas por la FEMPA con una ponencia, a las 19 horas, en la Biblioteca de Asturias 'Ramón Pérez de Ayala', en Oviedo.
-¿Cómo le ha cambiado el accidente de Mont Blanc?
-El accidente ha sido un punto de inflexión en mi vida y me ha llevado a ver las cosas de manera diferente. Antes ya me planteaba hacer un libro sobre seguridad como el de «Los peligros ocultos» pero fue un gran impacto ver a tantos profesionales a mi alrededor, muertos en la montaña. La toma de decisiones muchas veces nos lleva a ser excesivamente confiados en escenarios tan complicados y peligrosos. La montaña no es buena, ni mala, es peligrosa y hay que ser conscientes de ver el peligro.
-¿En su ponencia aborda la forma de gestionar el riesgo en la montaña?
-El planteamiento de mi ponencia es provocar la reflexión en búsqueda de la gestión del riesgo desde el punto de vista de la forma en que se toman las decisiones. El nombre de «Peligros ocultos» no es gratuito. Normalmente basamos la seguridad sólo en conocimiento y formación y realmente es tan o más importante la forma en que tomamos las decisiones que las capacidades y conocimientos que tenemos. Porque hay tantos accidentes de gente experimentada como de inexperta y no hay diferencia en proporción o cantidad de siniestros. Otra cosa diferente es en los rescates.
-¿En esa toma de decisiones influye la prevención?
-Tanto las decisiones que tomamos durante la planificación antes de iniciar la actividad, como las que tomamos durante la actividad, en ambos casos, no hay diferencias. Tenemos una serie de influencias sociales, personales y emocionales que nos llevan a que la decisión no sea tanto racional, como emocional. Nos dejamos llevar por el deseo y, en muchos casos, la decisión luego llega a ser insegura. Creemos que es la decisión correcta, pero no lo es. Son las influencias circunstanciales las que nos han llevado a creerlo. Creemos que son racionales y seguras.
-¿Cómo conseguimos adoptar las decisiones correctas?
-Hay que darse cuenta primero de cuáles son los aspectos que influyen en esa toma de decisiones de forma negativa, las trampas heurísticas, de cómo las emociones influyen sin darnos cuenta y conocerlos y luego actuar; porque yo sé que cuando estoy frustrado o deprimido mi toma de decisiones es muy diferente a cuando estoy eufórico o contento. Las circunstancias objetivas que me rodean son las mismas, pero en cambio mi toma de decisiones es diferente. Hay que saber cómo interiorizo que esas circunstancias me están influyendo. Saber que estoy bajo su alteración e influencia y ver cómo me comporto. A partir de ahí tengo que poner unas pautas o filtros para que desaparezcan y dejen de influir. En realidad, es una búsqueda del autoconocimiento, aunque suene extravagante. No es lo mismo equivocarte al ir a ver una película en el cine porque te ha gustado una cartelera que dejarte llevar por un bonito paisaje y haber tomado una mala decisión y que tengas un accidente con unas consecuencias muy graves, no es el mismo entorno, ni el mismo escenario.
-¿Cómo se analiza si la persona accidentada estaba en las mejores condiciones psicológicas?
-No está relacionado con situaciones psicológicas patológicas. En ese terreno no nos metemos, pero sí nos hemos dado cuenta, con la recogida de datos en el Observatorio, dentro del Comité de Seguridad, que se pueden analizar las causas directas por las que se ha producido un accidente: por la caída de una piedra, porque ha entrado mal tiempo o llevaba mal calzado y tuvo un resbalón. Con formación y conocimientos, esos accidentes se podrían evitar. Pero, constatando cuáles son los precursores o concurrentes subjetivos, comprobamos que al final todo se reduce a situaciones como la mala o nula planificación, la falta de condición física, con una alta estima sobrevalorada o la falta de conocimiento tanto física como técnicamente, y que no sabemos valorar correctamente la actividad.
-¿De qué manera influye el exceso de confianza en los accidentes?
-En la gente muy experimentada se ve un exceso de confianza y ese aspecto contribuye más a la accidentalidad dentro de la montaña.
-¿Tendría que haber un equilibrio entre el autoconocimiento y formación?
- A mí lo que más me ha ayudado a conocerme mejor a mí mismo, después de 25 años formándome, yendo a la montaña, y habiendo accidentes, a pesar de que mi planificación era correcta, han sido la reflexión, analizar por qué se ha producido y la humildad porque, muchas veces, el orgullo no nos deja atribuir correctamente lo que nos pasa, ni nos deja ver otras elecciones que teníamos antes al objetivo que es primordial.
-Con todos los condicionantes cubiertos, ¿cómo se prevén las imprevisiones climatológicas?
-Hoy por hoy el que se arriesga a ir a la montaña sin haber hecho una buena previsión meteorológica, a pesar de todos los medios que tenemos actualmente, podría estar rayando la negligencia. Aun así, hay previsiones que o no son acertadas o nos pueden sorprender. No vamos a dejar esa parte como que sea imposible, pero es el menor de los casos. El problema es no creerse que la tormenta nos sorprendió. La respuesta está en preguntarse por qué nos ha sorprendido ya que si ha sido una acción impredecible, que es muy raro, tan sólo se da en el 2 ó 3 por ciento de los casos, la mayoría de las veces es porque no has hecho la previsión correctamente y, por tanto, tampoco la planificación. Los actos o causas imponderables también se dan, pero sólo en un 2 ó 3 por ciento de los casos.
-¿El fallo humano está entonces detrás de la mayoría de los accidentes?
-Sí. Prácticamente el 98 por ciento de los casos son debidos a errores humanos y viene de una mala toma de decisiones. El problema no está en pensar que me cayó una piedra y ha sido muy mala suerte. No. El problema es saber por qué yo estaba allí cuando la probabilidad de que cayeran piedras en la actividad que estaba realizando era alta.
-¿La formación es la vía para adquirir la toma de decisiones correctas y reducir el alto porcentaje de siniestralidad?
-Se puede aprender, pero no por los medios de formación corrientes que suelen ser los de dirigir los contenidos a desarrollar habilidades o capacidades físicas. Exige de una maduración cognitiva y neuronal, de una mente personal para alcanzar esos grados de reflexión. Ahora vivimos en un mundo acelerado, donde se quieren conseguir retos muy rápidos. Esto requiere ir de una forma más pausada. No es una cuestión sólo de aprender. También se pueden utilizar técnicas cognitivas que nos pueden llevar a ser mucho mejores, a tomar decisiones. Unos aprenden con el tiempo, de forma autodidáctica y reflexión, y otros con un tipo de técnicas diferentes a las clásicas.