«Ángel González no escribía sobre un pedestal, sino que nos conecta con la poesía»

El catedrático y crítico literario Ángel L. Prieto de Paula explica lo que convierte al poeta ovetense en indispensable diez años después de su muerte

Ángel L. Prieto de Paula
Ángel L. Prieto de Paula

Redacción

«Yo sé que existo/ porque tú me imaginas», empezaba a escribir Ángel González en su Muerte en el olvido (Áspero Mundo, 1956), pero ese olvido nunca se hizo presente en pro de un recuerdo vivo. En torno a esa idea gira el congreso internacional que conmemora los diez años de la muerte del poeta ovetense que se desarrolla hasta este viernes en el Aula Magna del Edificio Histórico de la Universidad de Oviedo. Organizado por la Cátedra Ángel González, reúne a diferentes expertos del mundo académico literario para repasar las características que hicieron de González un nombre y un hombre vibrante. Entre ellos, Ángel L. Prieto de Paula, catedrático de la Universidad de Alicante y reconocido crítico literario, que aúna el pasado y lo contemporáneo para explicar lo que convierte en indispensable al asturiano, todavía hoy.

-Ángel González se convierte en Hijo Predilecto de Oviedo. ¿Cómo ha influido la ciudad y su condición de asturiano en su obra poética?

-Ha influido de una manera muy intensa. Él tiene unos poemas a los que respectivamente titula Ciudad 0, Ciudad 1. La ciudad de los orígenes, la formación, el aprendizaje, la conexión con la familia, de la pérdida de la inocencia, que es Oviedo; y luego la ciudad de la madurez, de la formación definitiva como escritor y de la publicación de sus primeras obras, que es Madrid. Después fue un apátrida, estuvo de acá para allá, pero sí que es cierto que Oviedo está siempre presente en personajes, amigos, paisajes. 

-Y como miembro de una generación, ¿cómo es posible desmarcarse, destacar, que su nombre resuene tanto entonces como hoy?

-Porque esta es una generación solo de nombre. Es un conjunto de escritores en el cual hay algunas notas comunes que los homogeniza de alguna manera pero sin que ello implique que vaya en contra de la singularidad (estoy hablando de los poetas importantes, no de los segundones ni de los discípulos). Él es de la misma generación cronológica que Claudio Rodríguez, Jaime Gil de Biedma o José Ángel Valente. Pero, además de tener una zona de intersección que viene dada por el contexto, por la represión, por la España de los años 50, que es cuando publica sus primeros libros, lo demás obedece a sus lecturas y su sensibilidad. Entonces, no se parecen en mucho. Por tanto hablamos de generación de una manera convencional para el uso de profesores pero que no se impone a las singularidades. Los grandes poetas viven fuera de ese saco generacional.

«González es un poeta que está presente en los jóvenes lectores»

-Diez años después de su muerte, ¿qué papel juega la obra de Ángel González?

-Yo creo que uno muy grande, y no lo digo porque me toque decirlo, lo digo porque lo veo. Diría que funciona como un conector entre la poesía, tal y como tradicionalmente se ha considerado, otras formas de expresión y un público que no había tenido acceso a la poesía o que no tiene un conocimiento académico. Tengo comprobado que González es un poeta que está presente en los jóvenes lectores. Con ello no quiero decir que sea una puerta de entrada a la poesía porque puede parecer una banalización, diciendo que es un poeta menor para que luego se pueda leer poesía de verdad. Ni mucho menos. Es un poeta en el que la holgura, la calidad y la exigencia no están reñidas con una gran capacidad para conectar con la sensibilidad contemporánea.

-De hecho, sus versos serán lejanos pero se leen y atrapan, como señala, a jóvenes. ¿A qué cree que responde esa influencia perenne?

-Es un poeta que no escribe sobre un pedestal. Es un poeta que trabaja con materiales de la calle, usaderos, que no es un médium a la manera platónica (un poeta inspirado por algún ser superior), sino que es un poeta de la calle, que utiliza palabras del comercio comunicativo, que habla de temas con los que tenemos una familiaridad. No se aísla, como decía Unamuno, turris eburnea, en una torre de márfil. No es un poeta para poetas, es un poeta para lectores del común, inteligible. La poesía ininteligible ha tenido mucho predicamento, como si lo ininteligible fuera sinónimo de profundidad o de calidad. Él hace una poesía con la que podemos sentir una participación. Y eso sí se ve muy claramente con los lectores jóvenes.

«La sencillez es el punto de llegada de un proceso muy complejo que solo está al alcance de algunos»

-Lo coloquial no es óbice para la buena literatura.

-De ninguna manera. Aparte que lo coloquial no entra sin más. Voy a decirlo como lo dijo un poeta a propósito de otro: «Es una poesía fácil de leer y muy difícil de escribir». Esa sencillez es de llegada, pero el taller del creador es complejísimo, con una extraordinaria riqueza de materiales. Es un poeta formalmente muy bien dotado, con una gran oído musical. El resultado es una poesía limpia y relativamente fácil de entender, pero de ninguna manera simple. La sencillez es el punto de llegada de un proceso muy complejo que solo está al alcance de algunos.

-Me recuerda a Nicanor Parra, que empezó escribiendo unos poemas muy medidos para ir derribando la estructura sin que ello significase descuidar el poema.

-El caso suyo es igual al de Blas de Otero, que es uno de los poetas cercanos y maestros de González. Y es que muchas veces los solemos entender como poetas conversacionales porque usan palabras que no son exclusivas de la poesía. Pero tienen alardes maneristas de una calidad extraordinaria. Su poema Calambur nos sorprende porque da la impresión de que los poetas maneristas del siglo de oro se han confabulado para construir verdaderas piezas de orfebrería. No es que no conozca el oficio, sino que lo conoce hasta tal punto que, como en las catedrales, no vemos el andamiaje ni la dificultad formal, solo la obra de arte culminada.

«Es el que mejor ejemplifica la condición de ser un poeta de su tiempo»

-¿Qué consideración tiene Ángel González en el panorama de la crítica poética?

-Dentro del siglo XX van a haber dos momentos fundamentales. El periodo anterior a los 40 gira en torno a los del 27 y a la estética de las vanguardias. Un segundo momento está fundamentalmente nucleado en torno a los poetas de los 50. Son poetas que derivan del realismo, como él; otros como Francisco Brines o Claudio Rodríguez, no. Tienen el aprendizaje del arte de la preguerra y esa conexión con los lectores. Creo que González es de los poetas que mejor ejemplifica esa condición de ser un poeta de su tiempo, pero que no solo testimonia lo que sucede sino que va más allá.

-El poeta adquiere unas obsesiones temáticas mientras que el académico se obsesiona por desgranar el significado de cada verso. ¿Se desactiva la poesía si se explica?

-No. Hay poetas de efecto, como la gaseosa, que una vez se destapan pierden las burbujas. Hay poemas de autores que son como un punzón en los ojos que te hacen ver las estrellas, pero solo la primera vez porque, fundamentalmente, como decía Carlos Bousoño, al comparar el procedimiento de la poesía con el del chiste, el poema nos conduce hacia algo que no estaba previsto y hay una ruptura de las expectativas. Una vez que se aclara eso, como cuando escuchamos un chiste malo, no tiene sentido oírlo por segunda vez porque queda desactivado. Con los buenos poemas no pasa eso. Lo que sucede es que nos conmovemos aún más cuando conocemos los intríngulis formales, retóricos, culturales, que han conducido al poeta ahí. No obstante, ya lo decía Amado Alonso, no tenemos por qué saber cómo las neuronas cursas órdenes y, sin embargo, andamos. El poema nos puede conmover sin necesidad de que seamos hermeneutas y el conocer cómo funciona no lo mata.

-El recuerdo y la nostalgia son el centro del congreso conmemorativo. ¿Todo tiempo poético pasado fue mejor?

-Embellecemos el pasado por la misma razón que la gente de mi edad habla bien de la mili. Lo pasamos horriblemente mal pero teníamos 20 años. Una característica común a la vejez de espíritu es precisamente considerar que esto es una degradación de lo que fue, cuando lo evidente es que las cosas suelen funcionar mejor paulatina y progresivamente. No es que esté defendiendo el progreso continuo pero, en todo aquello que se puede pesar, medir y contar, hoy estamos mejor que ayer. Todo lo demás es opinable. Lo cierto es que resulta muy difícil reconocer al genio cuando lo ves a tu lado, cuando todavía no está en la hornacina del panteón, cuando todavía no se ha muerto. Solemos encomiar el pasado, pero el pasado también fue presente y entonces los genios todavía no lo eran.

«Él no ha leído nunca para escribir sobre lo que ha leído. Él leía por el placer que se consume en sí mismo de leer, y eso se nota»

-González, al igual que otros miembros de la generación, tenía buena formación. ¿Se piensa ahora que escribir es tan sencillo como publicar un tuit o se menosprecia el ingenio por su inmediatez?

-González tampoco tenía una cultura especialmente extraordinaria. Era un hombre culto pero, para su fortuna, no era un hombre de lo que solemos entender «de letras», de formación filológica. Y él lo confiesa porque, aunque lo avatares de la vida lo llevaron a dar clase en universidades americanas, decía que era un hombre que había engañado al sistema por no tener esa formación filológica. Sí la tenía pero no era un académico. Él no ha leído nunca para escribir sobre lo que ha leído. Él leía por el placer que se consume en sí mismo de leer, y eso se nota.

Respecto a lo del tuit, eso es otro género. El tuit está mucho más cerca del aforismo, de la apotegma, o del chiste. Es como las burbujas de la gaseosa a las que antes me refería. Hoy resultaría muy difícil que un autor como Azorín escribiese esos dilatados artículos porque no los leería ni se los publicaría nadie. Estamos hechos a la cultura del titular, del presentismo. No digo que sea bueno o malo. Tiendo a pensar que es malo porque es distinto a la cultura discursiva y sucesiva en la que me formé. Muchas veces se tiende a entender por poesía esos chisporroteos en los que no hay discurso. Hay golpe de efecto, pero es otro género.

-Pero los nuevos poetas se curten en las redes. Ejemplo de ello es Elvira Sastre, que empezó con un blog y ha sido un no parar.

-Aquí hay dos fenómenos que se dan conjuntamente. Uno es lo que podríamos llamar la desaparición de los filtros que hasta hace muy pocos años regían todo lo que funcionaba en términos de poesía y otras actividades: filtros editoriales, las criticas de los suplementos, las revistas literarias, etc. Antes había que pasar por todas esas horcas caudinas y ahora los procedimientos cibernáuticos nos evitan tener que pasar por todo eso. Eso se traduce en que cualquiera puede autoeditarse y publicar. ¿Es bueno o malo? Sin duda dará pie a muchos que de otra manera no hubieran podido emerger a la superficie, pero esta suspensión de la autoridad lleva a que muchísimo ruido no nos permita escuchar las pocas voces, que la proliferación de este presentismo que nos avasalla vaya en contra de percibir aquellos que merecen ser oídos. Lo tenemos todo a nuestra disposición pero nos falta el discernimiento.

-¿Qué diría Ángel González de la poesía contemporánea española?

-Era un poeta muy próximo, muy cercano a las manifestaciones frescas, espontáneas, muy poco anclado a los clásicos. Él no decía «lo de antes sí, lo de ahora no». Yo creo que la miraría con estupor, con sorpresa. Algunas veces aplaudiría, otras veces no. Era un poeta abierto, no momificado ni académico; un poeta vivo y afín a las manifestaciones menos sacerdotales de la cultura. No sé bien qué diría pero sé que escucharía sin prejuicios de reprobación.

Valora este artículo

1 votos
Comentarios

«Ángel González no escribía sobre un pedestal, sino que nos conecta con la poesía»