Lo primero


Cuando Covi Bertrand revolucionó audazmente los festejos de San Mateo, los hosteleros que manifestaron terca oposición, acuñaron, sin embargo, a través de Rafael Secades, su presidente, un ripio en asonante con su particular autocontención, «lo primero, San Mateo».

Era demasiado fuerte la tradición mateína en el arraigo ovetensista.

Lo sigue siendo, por más que históricamente el patronazgo del evangelista apenas se sostenga más allá de una fecha de conveniencia para rematar veranos y cosechas.

Durante semanas anteriores, en especial las agosteñas hasta la Virgen, los diversos pueblos apuran sus identidades, incluso, algunos, modifican festividades del Carmen, para recoger el aliento vacacional madrileño, o, en todo caso, el de múltiples estivales deseosos de fiesta y de alguna leve procesión, perdido, o disminuido, el inicial protagonismo devocional.

Soy ovetense de pura cepa que, bebé prematuro, nací vinculado a la sof, la balesquida y el oviedín si bien sanmateo como tal no figura en las primeras celdillas de mi recuerdo ni siquiera de mi sensual nostalgia. Mis mentores me retenían en la costa por la elitista costumbre de veranear tres meses. Entrábamos, por lo general, en la ciudad al día siguiente de la fiesta mayor pero pronto, topándome con el carnet de la sof grapado a un taco de papeletas de descuentos numerados y recortables, me rebelé contra la injusticia de no participar en todo aquello que pasó a convertirse en fantasía inalcanzable por ya pasada. Cuando pasados los años conocí a la gran actriz Nuria Espert, que había estado en el ENTOLDADO mateín, ese sentimiento de autolamento me volvió por unos instantes. Llegaba, insisto, el 22,«los dos patitos», justo para contemplar el Día de América que era, contrariamente a hoy, tras SAN MATEO. En uno de esos días de haigas precastristas, encabezamiento del carismático collotense Ximielga y presencia de la familia Pinón, Telva y Pinín, tuve el primer ensueño erótico con la visión de una chica que, risueña, tiraba confeti desde una balconada de la calle Fruela, enfrente de mí, a la que no pude responder por mucho que lo intentara con otras serpentinas, atragantadas en mi torpeza e infantiles gestos.

Aquellos restos mateinos mantenían hasta el 30 las vallas de la Herradura que competían con alguna verbena última en La Rosaleda, espacio que tanto siento hayan desfigurado floral y recientemente. El impropio cierre de La Herradura que, dada mi edad, nunca traspasé entonces ni luego cuando fui consciente de que aquello era un error político importante, terminaría con el vuelco a la fiesta que benéficamente dio Covi. Y, de paso, puso en marcha elementos de la mejor democratización no solo de la Fiesta sino de la ciudad: primeros ensayos de la peatonalización, o como Ferlosio y De Azúa quieran que se llame, la presencia hermanada de barrios, la intervención de asociacionismo vecinal, entonces tan activo…

Cuando Covi y sus colaboradores pidieron el final de aquellas vallas discriminantes mi corazón de ovetense, y de mateín rescatado, estaba con ellos para siempre. Alguien dijo que volvería a imponer «puertas al Campo» pero bien supe que un absurdo semejante, condenado en el mismo lenguaje cervantino, terminaba para siempre y que los ciudadanos libremente pisaban su ciudad y el Campo.

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