Las caras de la moda en Oviedo

Con una renovación sin estridencias de los patrones clásicos, las sastrerías de la ciudad resisten en la era de Zara y se labran una nueva clientela joven e informada gracias a Instagram


Casi nada se ha globalizado tanto como la moda. Las cadenas de tiendas y las franquicias presentes en el núcleo comercial de Oviedo, el de la calle Uría y sus alrededores, tienen poco de originales. Son las mismas marcas, los mismos nombres, que cualquier viajero encontrará en cualquier otra ciudad española de tamaño mediano o incluso en un paseo por cualquier capital europea desde Helsinki a Lisboa. Las formas de comprar ropa (ahora no suena raro hablar incluso de consumirla) han cambiado tanto en los últimos 30 años que podría pensarse que aquellos tópicos de la Oviedo bien vestida y del buen gusto intuitivo de los asturianos ya se han retirado de los escaparates. No es exactamente así. En la ciudad sobreviven un puñado de sastrerías que combinan el trabajo artesano y personalizado de toda la vida con diseños y vías de promoción pensadas para la era de las redes sociales y el flujo ininterrumpido de información.

¿Se viste bien en Oviedo? «Ya no es lo que era, pero eso no supone una rareza. Ningún sitio es lo que era. En todos ha evolucionado la forma de vestir. Pero, con todo y con eso, Oviedo siempre ha sido y sigue siendo particularmente elegante», responde Plácido Iglesias, la segunda generación al frente de la sastrería Plácido, que en 2019 cumple 40 años en su tienda y taller de la avenida de Galicia, pero antes ya se dejó ver en otros puntos de la ciudad. Iglesias tiene 45 años, tomó el relevo de su padre hace 11 y ahora combina los clientes heredados con los que él mismo ha sabido lograr. Recibe a jóvenes con los que examina en Instagram los trajes que desean, los que ven en las fotos de personajes famosos o descubren en revistas y blogs, y también promociona su trabajo en esa red social. No es el único, asegura: «Hay una nueva generación de sastres, jóvenes con ideas y prácticas nuevas. Va siendo hora de romper con el cliché del señor mayor que se sienta a coser en un rincón».

Apertura a la innovación

Marcos Luengo, diseñador reconocido, con tiendas en Oviedo y Madrid, firma con prestigio nacional y presencia habitual en los desfiles de la Fashion Week de la capital española, no ve el asunto de manera muy distinta. Luengo, a diferencia de las sastrerías especializadas en trajes masculinos, crea prendas y complementos para mujeres, pero en el enfoque y el trabajo diario se siente cercano a ellos. También cree que en Oviedo se viste bien porque hay un público capaz de apreciar la calidad y dispuesto a pagar por ella frente a los diseños de consumo rápido. En general, cuando trabaja en Madrid, aprecia diferencias entre los gustos de quienes viven en el norte de España y quienes acuden a su tienda desde el resto del país. «Quizá en Asturias, como en el País Vasco y Navarra, son más austeras con los colores, pero no son anticuadas. Al contrario. Son más abiertas a innovaciones en el diseño y están muy acostumbradas a la calidad», señala.

La competencia de la moda para consumo rápido es insuperable. El fenómeno Inditex, como lo llama Luengo, se ha impuesto y ha cambiado la forma de comprar ropa y la mirada de los consumidores. «Sin duda, Zara y quienes la siguen han democratizado la moda. Antes, para seguirla y entenderla, había que tener inquietud por ella, cierta cultura y ser capaz de apreciar el arte. Ahora ya no hace falta de eso porque es verdad que te lo sirven y lo renuevan con frecuencia. Pero, al mismo tiempo, ser moderno ya no tiene tanto valor porque, si todo el mundo puede serlo, ya no sirve para distinguirse de los demás», reflexiona Luengo, que tiene todo el asunto, con cada una de sus implicaciones, muy meditado después de docenas de conversaciones largas con otros diseñadores. «Si llevamos la conversación por ahí, puede ser muy larga», bromea. «Hace poco estuve en Panamá, pero por la ropa no me habría dado cuenta. Todo el mundo se viste como en Europa. Todo el mundo se ha hecho más uniforme».

Respuesta ágil

La sastrería artesanal, sin embargo, puede resistir buscando las flaquezas del adversario y explotándolas. A su favor está su agilidad y su disposición a cumplir al momento cualquier solicitud de un cliente. «Lo bueno que tenemos es nuestra capacidad de poner la moda en la calle de inmediato. Una gran firma necesita decidir lo que va a vender cualquier año al menos con nueve meses de antelación para tener tiempo de fabricarlo, producirlo y llevarlo hasta las tiendas. Aquí, en cambio, viene un joven con algo que ha visto en un blog japonés y puede tenerlo la semana que viene exactamente como en Japón», señala Iglesias, que, de esa forma, enlaza con otra de las virtudes de su negocio: «La sastrería es lo que cada cliente quiere que sea. No hacemos producción industrial, sino trajes a medida y personalizados para todo aquel que nos los solicita».

Tanto Iglesias como Luengo, cada uno en su espacio y en su enfoque, se sienten cómodos trabajando con fórmulas y enfoques tradicionales que intentan poner al día con el uso de nuevos materiales y la incorporación de diseños. «La ropa de hombre evoluciona, aunque no lo parezca. Lo del azul marino y el gris marengo ya no es la única opción. Está el cheviot, el príncipe de Gales y muchas combinaciones. A veces, viene mi padre ve lo que hago y se echa las manos a la cabeza. Pero no es para tanto. No nos alejamos de la base tradicional y del trabajo bien hecho. Lo que más cambia son los tejidos, que tienden a hacerse cada vez más cómodos», señala Iglesias.

En su página web, Luengo explica que intenta firmar diseños atemporales al servicio de la mujer contemporánea. Moderniza lo tradicional con sobriedad. «No me gusta el alarde. Lo que creo es que a la gente le gusta rodearse de calidad porque es agradable. Y eso intento dar a las clientas, conseguir que estén a gusto ya sea con la ropa más formal o con el prêt-à-porter. Además, no necesito tener un estilo reconocible al primer vistazo. Trabajo para otras personas, no para mi ego», señala.

Lo que dice un traje

Oviedo, como una ciudad con una economía volcada hacia la administración y los servicios, vive pendiente de su imagen. «La ropa es comunicación no verbal. Antes de que alguien nos diga su nombre, ya se está presentando con lo que lleva. Y aquí aún hay ese cuidado por lo que se transmite de esa forma. Aquí no hablo solo de un traje. Hay mucho mimo en el aspecto que los ovetenses ofrecen a los demás», apunta Iglesias, muy interesado en los aspectos sociológicos de la moda y el cuidado personal. En marzo, organizará en la ciudad un debate sobre el rumbo de la ropa para hombre con especialistas de toda España.

Luengo, licenciado en Psicología antes de dejar de lado cualquier otra carrera por la moda, también se muestra interesado en su aspecto intelectual. «Quien viaja más y ve más cosas distintas a lo familiar y lo cotidiano está más abierto a la innovación. Probablemente hay una relación entre el nivel sociocultural y el interés en estos temas», aduce. Iglesias, desde su taller, atestigua la llegada de nuevas generaciones de hombres interesados en encargarle prendas. Las sastrerías, está claro, han perdido clientela, pero la que queda es o mayor y fiel desde hace mucho tiempo o joven, informada, con las cosas claras y dispuesta a dejarse asesorar. «La sastrería es moderna, no antigua, si se plantea como un asesoramiento global para que el cliente se sienta cómodo consigo mismo», apunta.

La cuestión del precio es más ardua. Iglesias calcula que un buen traje, hecho con buenos materiales y preparado para adaptarse a los cambios físicos del cliente durante todo el tiempo que lo use, no baja de los 1.200 euros. Para quien no los tenga no hay debate. Optará por otras soluciones. Para quien disponga de ellos, Iglesias argumenta que ese dinero puede estar mejor gastado que una cantidad menor destinada a otras soluciones baratas. «Puedo garantizar que un traje que alguien se pone por motivos de trabajo unos cien días al año le va durar mucho tiempo. Llegará a costarle solo tres o cuatro euros por cada uso. Si uno se compra uno más barato que le dura mucho menos quizá no salga a cuenta», razona. Tanto Iglesias como Luengo señalan que una de las grandes ventajas de los materiales de mayor calidad es que envejecen bien y no se estropean con facilidad.

Una mirada desde el exterior

En Oviedo también se pueden encontrar miradas más distanciadas, desapasionadas, sobre el mundo de la moda en la ciudad. En General Elorza tiene su sastrería Edison Oña, ecuatoriano que cose desde hace una década en Asturias. Al llegar desde un país donde comprar ropa hecha a mano es aún muy habitual, se sorprendió por la falta de sastrerías. Los clientes que pasan por su tienda son de gustos clásicos. Ofrece trajes hechos a medida a partir de 600 euros, pero también él se resiente de la competencia de la moda más rápida y de los grandes almacenes. Contra ellos, gigantes de la confección y la distribución no se puede competir en precio.

No hay manera de que un pequeño negocio ofrezca su experiencia, sus conocimientos y su capacidad de hacer un buen trabajo y, además, sea lo bastante barato como para plantar cara en ese terreno. Por su propia experiencia y por sus conversaciones con veteranos del gremio, ya jubilados pero dispuestos aconsejar a quienes les suceden, Oña se da cuenta de que la demanda ha bajado, pero quien aún acude a los sastres va convencido a encargar uno para su día a día o para alguna ocasión especial. «Nadie entra por entrar, aunque hay diferencias entre los clientes. A los mayores hay que guiarlos más, y para ellos tenemos un surtido amplio de telas de muestra y de revistas para enseñarles los resultados, pero los jóvenes vienen con sus propias ideas. Saben lo que quieren o piden algo parecido a lo que hayan visto por ahí», explica.

«Yo diría que Oviedo es de gustos clásicos. Tenemos un muestrario amplio de telas, pero al final la mayoría de los clientes eligen el tono azul marino o el gris marengo. Los tonos encendidos no funcionan, no los quieren. Lo que podemos ofrecer con respecto a la moda más barata es calidad. Aquí todo se cose a mano. Somos lentos porque hacemos varias pruebas, al menos dos, para una chaqueta. Pero en unos veinte días podemos tener preparado cualquier encargo», explica. Oña está muy a favor de los gustos clásicos porque coinciden con sus propias preferencias. «Es lo que me gusta. Veo a Oviedo muy elegante», remata.

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