Redacción

Ese refrán que dice que hasta el 40 de mayo no debes quitarte el sayo es uno de los consejos que más presente tienen los asturianos. Hoy, a 41 de mayo, o lo que es lo mismo, a 11 de junio, los paraguas seguían siendo los protagonistas de uno de los días festivos ovetenses por excelencia, el Martes de Campo. Las nubes, amenazantes desde primera hora de la mañana, no hicieron que los socios de la Asociación la Balesquida, encargada de repartir los más de 4.000 bollos en esta fecha tan señalada, se acercasen hasta el campo de San Francisco a intentar pasar el día aunque fuese con un plan B: «Vinimos a dar una vuelta a ver qué pasa, si hace bueno nos quedamos a comer el bollu aquí y si no para casa», afirmaba Miriam Rodríguez que había acudido con su familia. Y así, entre las intensas lluvias y algún que otro claro que confundía a los asistentes con unos tímidos rayos de sol continuó el día, las gaitas siguieron sonando (haciendo parones entre chubascos) y los carbayones proseguían con su tradición. 

Hubo entre la multitud, que fue disminuyendo a lo largo de la mañana y según continuaba la lluvia, incluso algún curioso que preguntaba cuánto valían esos bollos de chorizo que tan buena pinta tenían. «Hay que ser socio y cuesta 10 euros», les explicaban muy amablemente los voluntarios de la Balesquida que se encontraban repartiendo los 4.200 bollos (4.000 para la fiesta y 200 para la cocina económica). «Para el día que hace hay bastante gente, aún quedan dos viajes de reparto con más bollos y esperamos repartirlos todos», contaba Vanessa Rodríguez, una de las voluntarias. Del otro lado de la barra, las colas se condensaban debajo de la carpa para evitar pingaduras y las caras de enfado por el clima iban en aumento, «nos engañó el tiempo» o «en cuanto recojamos el bollo cogemos el coche y para casa», se podía escuchar. Otros, eran más optimistas y afirmaban que «esto para ahora». Roberto Fernández, un vecino que lleva acudiendo a la fiesta toda la vida «y ya tiene 70 años» afirmaba que «hacía años que no recuerda un Martes de Campo así». Aún así se podían ver en el lugar ovetenses de todas las edades refugiados en sus paraguas y chaquetones y en los carricoches de los más pequeños chubasqueros que les resguardaban del frío. Uno de ellos era Ryan Gornall, que había acudido con sus dos hijos a buscar el bollo: «Su abuelo los hizo socios y no perdemos la tradición». Su mujer sin embargo, al trabajar en Gijón no había podido celebrar el día por lo que Gornall que «no contaba con tanta lluvia» decidió abandonar el plan inicial e irse al bar de al lado de casa a tomar algo. 

Una decisión que la mayoría de los allí presentes tomaron al ver que la lluvia no daba tregua, como Sara Zapico, ovetense «de toda la vida» que esperaba junto a una amiga a que su marido recogiese el bollo. «Venimos todos los años y siempre hay ambiente, pero esta vez tuvimos mala suerte con el tiempo», explicaba y añadía que normalmente venían sus nietos de Madrid y Navarra a visitarla y a disfrutar del día. «A mí me presta sentarme en el prao o en el muro de aquí al lado pero esta vez estando todo mojado es imposible, nos vamos para casa», concluía. Una celebración que normalmente es motivo de encuentro entre familiares y amigos en la que suelen ocurrir verdaderas historias que ni siquiera el mal tiempo puede empañar.

Pablo Mori y su mujer, Marta García han protagonizado una de las más tiernas de la jornada al reunirse junto a sus amigos donostiarras Lorenzo García y Marisol Gorospe. Se conocieron en un crucero hace 31 años y desde entonces mantuvieron el contacto aunque no se volvieron a ver. «Hoy nos reunimos después de 31 años y les hemos enseñado la fiesta, un poco por sorpresa porque ellos no sabían de qué iba el Martes de Campo», explicaba Lorenzo García, socio de la asociación junto a su mujer y cuyo hijo en común es cofrade. Hoy celebran su amistad y la fiesta ovetense sin importarles el tiempo, «somos vascos y asturianos, la lluvia no nos para», afirmaba. Los cuatro se sentaron al rededor de una de las mesas dispuestas para la ocasión que estaban mojadas y vacías, disfrutaron del bollo y el vino, pero continuaron la celebración en una sidrería. 

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Martes de Campo, pero no de playa