La Ería, castiza y marchosa

Es uno de los barrios más tradicionales de la ciudad y sabe conservar su esencia con locales que llevan abiertos medio siglo. Aquí está el último videoclub de Oviedo, un símbolo de apego al pasado y de la necesidad de cambios ante un futuro confuso

Video club Cambio 100 en Oviedo
Video club Cambio 100 en Oviedo

Oviedo

El barrio de la Ería ha sido desde siempre uno de los más castizos de Oviedo. No le faltan ventajas. Su proximidad al Antiguo permite recorrer el trayecto con un paseo y disfrutar de la ciudad. Su diversidad de comercios de los de toda la vida hace innecesaria la presencia  de grandes marcas o de centros comerciales, aunque el cierre del Calatrava, en el contiguo distrito de Buenavista, tendrá, es de temer, un efecto tan negativo como el que en su día tuvo la clausura del antiguo hospital. Su oferta de bares con buen ambiente atrae a vecinos de otras zonas cada fin de semana a la hora del vermú. La Ería siempre ha sabido mantener esas características que lo convierten, según sus vecinos, en «el barrio ideal para vivir».

Todo tiene un precio, sin embargo. Las mismas virtudes que aprecian quienes se instalan en él hacen de este coqueto lugar un sitio más bien caro para alquilar y comprar. La afluencia de jóvenes es baja, ya que muchos de ellos no pueden permitirse mudarse a estas calles. Todo se mantiene como siempre, pero los vecinos envejecen y saben que el relevo generacional es necesario para poner en marcha nuevos negocios que, quién sabe, acaso en el futuro lleguen a cumplir 50 años como lo han hecho muchos locales de la zona.

Comercios con historia

Son muchos los comercios que han logrado resistir el paso de los años y la presión de las franquicias. La mayoría se sitúan en torno a la calle Valentín Masip, a la que los vecinos se refieren como «la pequeña calle Uría» precisamente por la gran oferta de tiendas. La mayoría, se ve con un simple paseo, cuidan sus escaparates con gran pulcritud para que sus habituales no olviden lo que es pasear por el Oviedo clásico de antaño.

Valentín Masip es el centro neurálgico del barrio, la arteria donde todo pasa, menos los años. La ferretería Deva, situada en la calle Silla del Rey, lleva abierta más de 50 años sin competencia. Otros, sin embargo, como la panadería Las Leñas, que llevaba abierto más de 25 años, tuvieron que trasladarse a otro lugar donde los precios de los alquileres fueran más bajos. ¿La clave para continuar existiendo? Los comerciantes lo tienen claro: «Mucho trabajo y constancia».

Buen ejemplo de este modo de vida se puede encontrar en la carnicería Rodera, en la que Javier Pérez lleva como empleado 39 años, aunque su apertura data de hace 45. Pérez trabaja junto a otros tres compañeros y pronto se jubilará, por lo que tiene clara su opinión. «El barrio está envejeciendo y los negocios van decayendo. Necesitamos gente joven que abra nuevos sitios. No solo peluquerías, que es lo único que se está moviendo», reflexiona. Su consejo para las nuevas generaciones tras tantos años de trabajo es que la clave para emprender y sobrevivir es tener siempre un producto de calidad y buen trato con el cliente. «Nosotros tenemos clientes de toda la vida. Hay que cuidarlos, porque tardas mucho en hacerlos y muy poco en perderlos», advierte.

El último videoclub de Oviedo

Del saber hacer y de la adaptación a los nuevos tiempos sabe mucho Fernando Villavirán, empleado del único videoclub que queda abierto en la ciudad. Videocambio 100 ha cumplido 30 años y a sus puertas aún se acerca gente de todas las edades, «sobre todo los fines de semana», afirma Villavirán. La piratería afectó a su modelo de negocio de tal manera que casi todos tuvieron que colgar el cartel de cierre. En Oviedo, todos menos este, que acumula más de 12.000 películas entre sus existencias y cada semana amplía su número con nuevas incorporaciones. «Ahora, con las plataformas digitales de pago es más fácil. Son competencia, pero al menos es legal», explica el empleado. Aun así, muchos cinéfilos acuden al videoclub en busca de clásicos difíciles de encontrar en internet y también de producciones para la televisión. «Sí que vivimos la edad de oro de las series. Ya han venido unos cuantos a preguntar por Juego de tronos», comenta.

La hostelería, la joya del barrio

Aunque los jóvenes tengan problemas económicos para mudarse al barrio, sí que se desplazan los fines de semana hasta él para disfrutar de su ambiente. Valentín Masip vuelve a ser el eje de referencia, aunque no se puede pasar por alto la plaza de Pedro Miñor, donde los niños juegan mientras sus padres disfrutan de la oferta de locales como La Patatina. Además, las dos peñas de fútbol del Real Oviedo que tienen su sede en La Ería dan movimiento a una zona que no se detiene. Una de ellas es La Esquina, abierto desde hace 19 años. No hay secretos. Su triunfo nace de la constancia. «Abrimos desde las seis de la mañana para los desayunos y cerramos a las doce de la noche», cuenta Ismael Argüelles, dueño del negocio junto a su madre. Servir de base a una peña fundada hace cinco años ayuda a cuadrar las cuentas, pero es un complemento y no el núcleo de su actividad. «Desde que cerró el hospital, todo fue a peor. Ya no se alquilan pisos como antes, con los médicos, y ya casi no hay jóvenes», denuncia Argüelles.

Nuevos espacios de emprendedores

No todo es negativo. La crisis estimuló el ingenio y en 2010 abrió sus puertas el Talud de La Ería junto al estadio Carlos Tartiere. Este espacio gratuito sirve para que los nuevos talentos puedan desarrollar sus ideas en un lugar abierto de trabajo compartido y flexible en el que pueden decidir cómo y cuándo trabajar. Es un lugar inspirador y sirve como referente a otros negocios recién creados en sus cercanías, como Mare, que abrió sus puertas el pasado 25 de marzo.

Reyes García y María Álvarez decidieron exprimir su talento y se desvincularon en cierta medida del negocio clásico de las peluquerías al abrir un centro de estética moderno y equipado con la última tecnología disponible. «En este barrio sobran peluquerías y falta aparcamiento», denuncia Álvarez, vecina de toda la vida. García, sin embargo, proviene de Puerto de Vega. Lleva cinco años viviendo en La Ería y ya tiene una composición de lugar. «No hay movimiento de jóvenes por los precios de la vivienda. Como no hay jóvenes, tampoco hay niños. Los que más se ven son los que vienen los fines de semana con sus padres a tomar algo», diagnostica. A pesar de que les gustaría que hubiese más ambiente y que se hicieran unas fiestas en condiciones, ya que el barrio no tiene ninguna celebración propia, gozan de una buena clientela debido a su arraigo entre el vecindario.

Un centro social que no está en el barrio

La asociación vecinal se creó en 1994, cuando se instaló una unidad de distribución de metadona que causó alboroto. Pero hasta la inauguración del centro social en el 2000 sus miembros carecieron de un sitio en el que reunirse y programar sus actividades. En la oferta hay  pilates, yoga o corte y confección. La monitora de la última de esas tres propuestas es Regina Acebras, que al mismo tiempo ejerce de tesorera de la Asociación. Lleva luchando desde los inicios por el barrio con estos talleres, que tienen lista de espera. En su momento, incluso organizaba excursiones por España y salidas el extranjero. «Ahora ya no sigo con ello porque me hago mayor. Los jóvenes no quieren meterse en este embolado», lamenta. Como se queja también de la lejanía del centro social, ubicado en los bajos del Tartiere. «Ni siquiera está en el barrio y la gente mayor no puede venir hasta aquí», observa. Le gustaría que cambiase de ubicación y sabe dónde le gustaría verlo: en los terrenos del antiguo hospital. Para volver a darles vida. «Además, podría crearse un centro de día para los ancianos», propone.

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