«Oviedo como tal ya no existe. Hemos perdido la cordialidad»

Álvaro Ruiz de la Peña, doctor en Filología Románica, reflexiona sobre los cambios que ha sufrido la ciudad de Oviedo

Álvaro Ruiz de la Peña
Álvaro Ruiz de la Peña

Oviedo

Le gusta contar que nació en época de los juicios de Nuremberg. Es un enamorado del ciclismo, de su familia, del verano en Llanes, de la lectura, de la música y del Real Oviedo. Álvaro Ruiz de la Peña (9 de noviembre de 1945) es un hombre que no sabe lo que es aburrirse. Un libro abierto de la historia de Oviedo y de la Universidad, a la que llegó por un golpe del destino y que fue su casa durante más de cuatro décadas. 

-Nació usted en Gascona. Frente al Vasco. ¿Eso imprime carácter sidrero? 

-La Gascona que yo conocí no era sidrera, no era una zona de ocio, era un barrio marcado por la estación del Vasco. El único bar que había era El Ferroviario, que ofrecía sidra y vino peleón a partes iguales. La estación era el centro de un mundo fascinante; la llegada y salida de los trenes a Pravia y a la cuenca del Caudal. Los chavales nos subíamos a los vagones parados y más de una vez, con el tren en marcha, llegábamos hasta Las Caldas y volvíamos andando a Oviedo. Eran aventuras activas y no pasivas como las que viven los niños hoy con las pantallitas de los juegos.

- ¿Cómo recuerda su infancia?

 - Absolutamente feliz, con una familia abundante, alegre, que cantaba con cualquier motivo festivo. Los interminables partidos de fútbol en la calle o en los praos colindantes, los juegos colectivos (los banzones, las chapas, el pinchu, la luz, las carreras con circuito por el barrio, la mula, el cuchillo-tijera-ojo de buey...) Un verdadero paraíso, solo roto por la monotonía escolar del colegio. La única nota negativa era la Semana Santa, siniestra y llena de prohibiciones que no entendíamos.

-¿Con qué Gascona se queda, con la de antaño o con la de ahora?

- Con la de antaño, pero no puedo esperar que sea un sentimiento compartido. Somos los mismos pero no lo mismo y hay que adaptarse a lo que hay. La memoria no es un estorbo en la vida de la gente, es un elemento fundamental en la construcción de cada persona, en su realización definitiva.

-Viene de familia de músicos. ¿Qué sinfonía le pondría a su vida?

 - He escuchado tanta música que no podría simbolizar mi vida en una melodía concreta. Desde Suspiros de España y la sintonía del Tour de Francia con la música de Charpentier, hasta la música sinfónica de Shostakovich (que, por cierto, era árbitro de fútbol), el almacén musical de mi cerebro es inmenso.

-¿Y al Oviedo de ahora?

- No sé, no encuentro ninguna melodía que lo defina.

-Ha comentado en alguna ocasión que usted conoció un Oviedo más sucio y más triste, pero más habitable. ¿A qué se refiere?

- En la ciudad que vives la infancia y la juventud careces de herramientas críticas para describirla y destriparla. Aquel Oviedo tenía todavía las heridas urbanas de la guerra, pero por ejemplo, los chalets burgueses y los palacetes estaban todos en pie. No es lo mismo una ciudad de ochenta mil habitantes que una de doscientos y pico mil. Los rasgos individuales se han ido difuminando con la masificación del consumo igualitario. Hoy todos nos parecemos a todos y esa es una suma sin brillo. Hemos ganado en privacidad, pero también hemos perdido en cordialidad y empatía. Oviedo, como tal ya no existe, lo que hay son oviedos, los oviedos de los barrios, cada vez más populosos y uniformes (La Florida, La Corredoria, Ciudad Naranco y los demás). El pequeño comercio no existe, borrado por las grandes superficies, las peluquerías tradicionales no existen, los cafés y las casas de comidas y restaurantes de los cincuenta y sesenta no sobrevivieron, los cines han desaparecido, las librerías lo mismo. 

- ¿Qué queda de aquella ciudad que sentían como algo personal y único? 

-El casco antiguo, bastante degradado, el Campo San Francisco, abandonado a su suerte, y poco más. Vaya usted a cualquier ciudad francesa y comprobará que, en esencia, siguen con la misma apariencia urbana que en la posguerra mundial, porque los franceses han sabido ser conservadores de lo que los define como miembros de una comunidad ciudadana particular, excepcional, distinta de las demás. En fin...

-Últimas elecciones: nuevas caras frente al Ayuntamiento de Oviedo. ¿Qué espera de los nuevos gobernantes?

- Tengo una ligera idea, pero el balance habrá que hacerlo con el tiempo. Pero solo hay dos opciones: o más gabinismo (grandonismo, estética kisch y falta de transparencia), o criterio sensato de crecimiento contando con la sociedad civil (universidad, urbanistas, historiadores y sociólogos) haciendo oír propuestas de mejora en un debate abierto con los ciudadanos.

-Dos años jubilado, ¿a qué dedica su tiempo libre?

- A ordenar papeles que fui acumulando en 44 años de actividad académica y de vida personal; además a leer, a releer, a escribir y a oír música. Yo no me he aburrido en mi vida, porque hay muchas cosas que hacer siempre, y cuando hago algo estoy pensando en que estoy dejando de hacer otra cosa. No concibo la existencia de otra manera y cuando algún compañero o jubilado de mi edad me dice que no sabe qué hacer, procuro evitarlo en adelante.

- Llegó a la Universidad de la mano de el rector José Miguel Caso, después de que su oposición a Franco le pasase factura… ¿o no? Es decir, ¿con el tiempo fue una bonita casualidad?

- Pues sí, aquel hombrecillo gris, codicioso y despiadado me mandó a la mili por no tener el  certificado de buena conducta y convirtió aquella experiencia militar en una pesadilla, no por la dureza de la vida cuartelera sino por el trato de algunos de los superiores (sobre todo de los suboficiales); el capitán de mi escuadrón, que era un tipo terrible, de una frialdad glacial, pero con un sentido del humor peculiar, me confesó al final que estaba sorprendido de mi aguante; me llamaba ‘Peña’ y cuando fui a despedirme de él me dio la mano y me deseó “toda la suerte en mi vida profesional”; pero bueno, con 23 años uno es capaz de superar cualquier cosa; luego, el régimen hizo que se me cerraran las puertas de la docencia en los institutos, otra vez por el puñetero certificado de buena conducta. Recién casado y esperando el primer hijo, fue cuando el profesor Caso me llamó para trabajar con él en el Centro de Estudios del Siglo XVIII, sin importarle lo más mínimo mi situación política. Y así hasta la jubilación.

-Al final el certificado le llegó con su boda. 

- Tras la muerte del dictador, los certificados de buena conducta pasaron a mejor vida y las depuraciones administrativas dejaron de tener vigencia. En la universidad, los catedráticos no tenían que sujetarse a aquellas medidas represivas para contratar a los profesores. Solo en las oposiciones siguió existiendo, durante un tiempo, la selección ideológica, hasta que la correlación de fuerzas fue cambiando con la llegada a las cátedras y titularidades de las nuevas generaciones de profesores demócratas. El poder omnímodo de los Entrambasaguas, Balbín, Benítez Claros, Martín de Riquer, Varela y otros muchos había llegado a su fin.

-En los años 70, ¿cómo era el ambiente universitario? ¿Qué ha perdido y qué ha ganado la Universidad de ahora respecto a esos años?

- En los años sesenta y setenta, la universidad que yo conocí como estudiante y como profesor era un artefacto muy potente de cambio cultural y, por tanto, de cambio social. Era una universidad muy viva, muy crítica con la estructura del poder académico. Los estudiantes (hablo de lo que conozco en el campo de las humanidades) leían mucho y muy variado; había una vida llena de estímulos (conferencias, revistas habladas, teatro, cinefórums, debates, y un creciente intercambio con universidades europeas en congresos y reuniones científicas (los intercambio de alumnos llegarían más tarde con los convenios ‘Erasmus’). La universidad fijaba territorio y los alumnos vivían casi todos en Oviedo. Hoy todo eso ha desaparecido. Los estudiantes acaban sus clases y vuelven a sus casas en Gijón, Avilés, Mieres o donde sea. Los alumnos de fuera de Asturias ya no vienen a nuestra universidad porque el número de centros en Galicia, León, Cantabria o el País Vasco tienen ya una oferta que antes no existía. ¿Qué ha ganado la universidad? Pues probablemente la riqueza de opciones, la diversidad científica, las titulaciones, más adaptadas a la exigencia de los mercados laborales. No veo otras mejoras.

-Comienzan a moverse las primeras fichas de cara a las próximas elecciones al Rectorado. ¿Necesita un cambio?

- Desde mi ingreso en la docencia  he conocido diez rectores. Siete de Ciencias y tres de Letras. Todos han tenido luces y sombras; algunos más sombras que luces, pero no me parece el momento de entrar en más detalles. Respecto del momento actual, al estar ya fuera de la institución, sería imprudente por mi parte afirmar que necesitamos un cambio. Lo que sí puedo decir es que con el actual rector, Santiago García Granda, durante los dos últimos años de mi estancia, he tenido una excelente relación personal. Me parece un hombre de concordia, humilde y con una enorme capacidad de trabajo. Ignoro quiénes son los otros candidatos.

-La Universidad de Oviedo lleva años perdiendo alumnos de nuevo ingreso. ¿Es un problema de la institución o de los nuevos tiempos?

- No soy sociólogo, y este es un tema en el que se enhebran conceptos como natalidad, financiación, política de becas y de tasas, oferta y demanda de mercado, y otros que me sobrepasan.

-Lo cierto es que en estos tiempos que corren una carrera universitaria ya no es pasaporte para un puesto de trabajo. ¿Qué consejo les daría hoy a los jóvenes?

  - Que apuesten por aquello que más les atraiga. Parto de que la Formación Profesional es tan importante como el Derecho, la Economía, la Química o la Astrofísica. Lo que importa es la excelencia y ésta se puede conseguir en cualquier actividad profesional que emprendas.

-¿Cuándo dejó de cuidar o de preocuparse Asturias por el asturiano? 

 -He estudiado esta cuestión porque me ha interesado siempre. Y como la respuesta sería larga, pongo el foco en las últimas décadas del siglo XIX. En esa época, el asturiano no interesa ni a la burguesía ni a la clase obrera, desde luego por razones bien distintas. Aquí no hubo una burguesía como la catalana, no hubo un clero como en el País Vasco, ni hubo intelectuales como en Galicia. En esas tres comunidades el prestigio de la lengua propia fue celebrado y desarrollado como un valor de identidad añadido, sin que ello derivara hacia planteamientos secesionistas, que no estaba en la cabeza de sus inspiradores. En Asturias hubo francotiradores, tan prestigiosos como Canella, Aramburu, Fuertes Acevedo, Acebal o Somoza, pero las opiniones teóricas de Caveda y Nava (gran poeta en asturiano, para mayor paradoja) tuvieron una influencia decisiva a lo largo del siglo. Fue el primer gran cortocircuito de la lengua asturiana. Los complejos de aldeanismo, insuperables e inexplicables, de las clases medias hicieron lo demás.

-¿Llegará la oficialidad?

- No lo sé. La derecha política en Asturias no está por la labor, con argumentos que no se sostienen. ¿Por qué en Galicia, País Vasco, Cataluña, Valencia y Baleares sí y aquí no? Todas, salvo la vasca, son lenguas hermanas, equivalentes, hijas de la misma madre, merecedoras del mismo respeto y consideración social. ¿Por qué aquí no? Si ahora perdemos el tren, firmaremos el acta de defunción de una marca de pertenencia tan importante como el prerrománico, los hórreos o las pinturas rupestres. La verdad es que viendo como está San Antolín de Bedón o el monasterio de Obona, abandonados a su suerte por las administraciones asturianas, no se puede ser muy optimista. En fin.

-Es usted oviedista. ¿Ve al Real Oviedo en primera división?

  -Soy oviedista. Mi madre era prima carnal de Emilín y Falín, los tres hijos de hermanas. Fui a Buenavista con mi padre con siete años y ni siquiera abandoné al Oviedo en el infierno de Tercera División. ¿Si veo al Oviedo en Primera? Una cosa es el deseo y otra la realidad, y ésta no es halagüeña. Vale más tener paciencia y esperar a que los jóvenes del Vetusta, incorporados este curso, crezcan como jugadores. De lo de fuera, sinceramente, no me fio, si no es excepcional.

-¿Qué cuenta en ‘Calvario y Resurección’?

 - Pues eso, el calvario vivido por la afición, con unos dirigentes deportivos y políticos que hundieron al club. Es una historia muy larga que me da pereza repetir. No se si el libro se ha vendido o no, yo me limité a escribirlo. Lo que sí se es que su publicación no hizo muy felices a los directivos del club.

-El campo del Carlos Tartiere copó mucho espacio en los medios de comunicación durante las elecciones municipales. ¿Hace falta un lavado de cara?

  -El nuevo campo fue un pésimo parto. Para ganar unos miles más de espectadores, se destruyó parte de una historia gloriosa, el viejo Buenavista. El modelo, el diseño actual, era para un campo del sur. El emplazamiento, sin estudios geológicos del suelo, sin accesos razonables para mucha gente, y otros elementos negativos, fue una ocurrencia sin criterio ni visión de futuro. Este campo es una hipoteca de difícil solución.

-¿Dónde pasará el verano? Además de su cita ineludible: su viaje a Francia  con sus amigos para seguir el Tour.

  -Mis veranos son, desde hace muchos años, llaniscos, en el pequeño pueblo de Jontoria, en el hermoso valle de San Jorge, entre la playa salvaje de La Güelga y el monte Benzúa, uno de los últimos baluartes defensivos del ejército republicano, en septiembre de 1937. Y dentro de unos días me iré a Francia a mi  17 cita anual con el Tour, con centro de operaciones en un hotelito de Argelès-Gazost, al lado del Aubisque y a dos pasos del Tourmalet. Es un espectáculo único y un ejemplo de convivencia europea. Allí no hay pasiones nacionalistas y todo el mundo apoya tanto a los que van en cabeza como a los que sufren en la cola, aunque como es lógico los aficionados apoyen a sus nacionales. La concordia social como espectáculo de masas. La utopía como posibilidad real.

-¿Una lectura para el verano? 

 - Hay más de una. Acabaré las memorias de Rafael Cansinos Assens, “Las memorias de un literato”, que tienen un título horrible, pero que son un documento escrito verdaderamente excepcional, que narra sin piedad alguna, en primera persona, el ambiente político y literario de Madrid, en los años que van de Alfonso XIII a los años de la República. Una galería de personajes al desnudo, que pone en solfa la supuesta brillantez de la vida bohemia y artística de la capital. Y muchas relecturas (siempre vuelvo a “La montaña mágica” de Thomas Mann), porque es interesante saber en qué cambiaste tu y como cambiaron aquellos libros que amaste y te marcaron.

-¿Ha cambiado de gustos  en literatura con los años o le siguen interesando las mismas obras de cuando era joven?

 - En general me siguen gustando los libros (novela, poesía, memorias, autobiografías, libros de viajes y aventuras, etc) que me impresionaron en su momento. Los descubrimientos prefiero que los hagan los amigos.

-Haciendo un símil con el ciclismo, ¿cuál ha sido la etapa más dura o difícil de su vida?

  - La desaparición de los seres muy queridos, me imagino que como a todo el mundo: padres, hermanos y amigos imprescindibles que ya no están.

-¿Qué le relaja?

  -Básicamente, la música; pero también la lectura, la cocina, una buena película o una comida con gente querida. Y el humor y la risa que no falten.

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