Todas las fiestas de todos los lugares del mundo tienen sus barracas para los más pequeños y los no tanto. Pues en Oviedo llevábamos, y se dice rápido, nueve años sin atracciones. Recuerdo cuando las ponían en La Losa y pasaba las tardes, que a uno le parecían eternas, de un lado a otro comprando tickets, siendo «atracado» por vendedores ambulantes para acopiarme de pipas y refresco y con la cabeza loca por el cruce de melodías diferentes y a alto volumen. Yo siempre he vivido por ahí cerca, y cada inicio de septiembre miraba con ilusión cada vez que El Tiro, El Saltamontes o cualquier otra atracción llegaban a la plaza. No sé quién se quejaba de todo esto, pero lo hicieron y acabaron con ello. Hay una generación entera de niños y adolescentes que no saben lo que es irse a los coches de choque con sus amigos en las fiestas de su ciudad. Y luego a muchos se les llena la boca atacando a los jóvenes de que no viven en el mundo rural, de que solo están a las pantallas y las «maquinitas».

Como el fin de semana fue intenso y, quizá, un poco alcohólico decidí tomarme el lunes de asueto mateín y caí a eso de la tarde noche por la zona de las barracas. «Que estén en Los Prados no soluciona nada, están arrinconadas y muy a desmano. Es condenar a los padres o a los hijos; para que unos puedan pasárselo bien, los otros no», me comentó una madre que estaba con sus tres hijas. «Es cierto que está el San Francisco, pero a ellas les queda muy pequeñas. Aún no pueden venir solas, no me atrevo a dejarlas. Además la zona esta», explicó.

Todo está como allí tirado, arrinconado, sin ningún orden lógico: unos hinchables; unas camas elásticas; un tiro «animal-friendly», donde no hay escopetas con perdigones pero sí cañas para pescar patitos y dardos para globos; el Saltamontes; unos coches de choque, algunos puestos de comida, y estas cosas para saltar con un arnés que han inundado todas las fiestas de prao. Un muchacho negro que trabaja en lo de saltar con el arnés hacia el deleite de madres y abuelas, no me extraña, porque puede que sea lo mejor que pueden ir a hacer allí.

Por los alrededores me encontré con varios semi-adolescentes que trataban de buscar cobijo en la lejanía para «pitaquear». Todos llevaban riñonera, o eso me parecía a mi, y todas iban perfectamente maquilladas. Con Trap de fondo y cuando me iba, se me acercaron dos chicos y una chica a pedirme que si les compraba algo de alcohol. Les miré y les negué con la cabeza. Cuando ya había avanzado como 300 metros me entraron unas ganas tremendas de volver corriendo y comprarles todo lo que me pidiesen. Sin darme cuenta, me he convertido en mi padre.

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Una tarde en las barracas