El misterio del gudari que vino a morir a Oviedo

El destino del comandante Cándido Saseta durante la Guerra Civil permaneció en la incógnita durante 70 años

El comandante Cándido Saseta, que cayó al frente de una brigada vasca en el frente de Oviedo
El comandante Cándido Saseta, que cayó al frente de una brigada vasca en el frente de Oviedo

La muerte de Saseta siempre estuvo rodeada de misterio. Aunque recibió un funeral de honor, en realidad su cuerpo no fue recuperado, al igual que los de muchos soldados de origen vasco que le acompañaban el día en que cayó, hasta muchos años después: nada menos que en 2008. El lugar donde perdieron la vida luchando contra los sublevados de Oviedo, en el entorno de Areces (Las Regueras) fue llamado el Pradón de los vascos por los vecinos, un punto de triste homenaje para los luchadores republicanos.

Nacido en Hondarribia (Fuenterrabía en castellano) en 1904, Saseta era un joven militar profesional cuando recaló en el frente de Oviedo en 1937 con el grado de comandante. Iba al frente de la Segunda Brigada Expedicionaria formada por los batallones vascos Amayur, Eusko Indarra, Ariztimuño Prieto y Perezagua. Los vascos habían sido muy reticentes a reforzar el cerco a Oviedo a costa de menguar sus defensas, pero al final consintieron.

Ese fue el principio. El final no fue tan claro. Según afirma Iñaki Anasagasti en su blog: «Primero la traición. Después la muerte». Dice el político vasco que la brigada tenía encomendado atacar por la carretera de Grado, el único paso que abría el cerco de Oviedo, la vía de abastecimiento y posible huída de los rebeldes franquistas. Debía recibir auxilio, pero este nunca llegó.

El puente sobre el Nalón por el que debían acceder fue demolido por falangistas, por lo que el ataque se había hecho casi imposible. Saseta ordenó de todas formas que los gudaris cruzaran el Nalón y «nadie se opuso a los deseos del jefe admirado». Fue una carnicería, pero cruzaron el río el 21 de febrero y llegaron hasta la localidad de Areces (Las Regueras).

Allí estuvieron combatiendo durante casi tres días sin parar antes de retirarse. Saseta cayó junto a otros 187 soldados, la mayoría guipuzcoanos. «Dejó de ser el comandante para convertirse en el último gudari» de dos batallones reducidos a uno. «Se adentró en los parapetos cargado de bombas de mano. No hacían falta órdenes», afirma Anasagasti. El comandante lanzó una bomba y no llegó a hacerlo con la segunda, porque, dicen algunas fuentes, lo abatió un fusilero de las tropas de Tetuán.

En realidad, hasta la noche no se supo que había muerto. Algunos soldados dijeron que fue en Areces, otros que en Premoño, otros que cerca del río Nalón en Valduno. Pero según unos partes de radio aparecidos años después, hubo testigos presenciales que afirmaron que fue asesinado. Cómo, por qué y por quién sigue siendo un misterio. Las dos brigadas vascas siguieron combatiendo durante el mes de marzo en suelo asturiano. A finales del mismo, fueron reclamadas para defender Vizcaya.

La muerte de Saseta causó gran conmoción y recibió honores de estado en el País Vasco, pero realmente no fue enterrado entonces. Solo en 2008, más de 70 años después, especialistas de la sociedad Aranzadi, junto a los descendientes de Saseta, exhumaron sus restos.

El lugar del enterramiento fue indicado por un testigo y la fosa individual estaba a unos 30 centímetros de profundidad. Los restos del militar, con su uniforme, estaban boca abajo y con los brazos extendidos. En la tumba se hallaron una pluma estilográfica, dos mecheros y un disco metálico o placa de identificación con el número 857. Trasladados los restos al laboratorio forense de la UPV de San Sebastian, fue identificado y, después de siete décadas, el comandante volvió a reposar en el pueblo que le vio nacer, Hondarribia.

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