Woody Allen: A propósito de Oviedo...

«Cuando me hicieron una estatua, pensé que me estaban gastando una broma pesada, como en El Jorobado de Notre Dame»

Un soldado desinfecta la estatua de Woody Allen, decorada con una mascarilla, este domingo, en Oviedo
Un soldado desinfecta la estatua de Woody Allen, decorada con una mascarilla, este domingo, en Oviedo

Como todo (o casi todo) lo que Woody Allen hace, las memorias que acaba de publicar (Apropos of nothing, traducido como A propósito de nada, Ed. Alianza) están plagadas de genialidades de cabo a rabo. Claro está que salda cuentas de forma espectacular con quienes lo persiguieron a muerte, entre ellos Mia Farrow, con un afán destructivo insano, y esto es serio. Y lo hace muy bien gracias a su tremendo intelecto: despiadado, mordaz, seguramente verídico y siempre acorazado con su peculiar humor.

Los tribunales y el público juzgarán, aunque no tiene buena pinta para Farrow. Pero esto es otra historia. Woody Allen reitera en el libro, donde habla de un montón de cosas sin tapujos, lo que ya dijo muchas veces en público: adora Oviedo, sin duda. Y lo que más le impacta es haber sido inmortalizado en bronce, un tema al que dedica bastantes líneas con reflexiones amables y al mismo tiempo irónicas.

Con cierta perplejidad, seguramente no fingida, reflexiona el cineasta sobre la famosa estatua de Milicias Nacionales, que fue erigida en su honor hace 17 años: «También hay una estatua mía en la encantadora ciudad de Oviedo (...) Ellos nunca me pidieron opinión ni aún me informaron de que la habían puesto. Erigieron una estatua mía en la ciudad y ya está, una estatua de bronce auténtico de las que les gustan a las palomas para posarse».

Hay que entender el punto vista de un neoyorkino, que ve apropiadas las estatuas en personajes como Lincoln o el toro de Wall Street, no para un chico de Brooklyn. Y tira de más ironía sobre la polémica en torno a sí mismo por las acusaciones de Farrow: «También en este caso, a menos que una turba iracunda se la haya llevado, se puede contemplar allí».

Pero demuestra que está muy informado de los avatares de su sosias: «Desde el momento en que la pusieron, unos vándalos robaron las gafas que yo llevaba en la estatua. Las gafas son de bronce y están incrustadas en la escultura, que es de tamaño natural, y se necesita un soplete para quitarlas. No importa cuántas veces las rehagan, alguien roba mis gafas», explica, divertido.

¿Es falsa la modestia por haber recibido el premio Príncipe y tener una estatua dedicada a él? A medias. Sin duda es consciente de su colosal  éxito en España, pero también asegura, algo abrumado: «Me gustaría decir que hice algo noble y valiente en Oviedo para merecer ese honor pero, aparte de visitarla, filmar un poco, caminar por las calles y disfrutar del magnífico clima (al igual que Londres, durante el caluroso verano, es fresco y gris y está siempre cambiando), no hice nada (…).

E insiste luego: «Oviedo es un pequeño paraíso, estropeado solo por la presencia antinatural de la imagen de bronce de un pobre infeliz» (la palabra original en el libro, schlemiel, es un vocablo yiddish difícil de traducir que alude a un personaje más o menos como Mr. Beam). Más adelante añade que, cuando se enteró, «sentí como si estuviera en El jorobado de Notre Dame, donde hubieran organizado algún tipo de broma pesada y se estuvieran divirtiendo a costa de una pobre criatura dándolo a conocer en público, y que ese año la criatura era yo».

Cuando Oviedo no figuraba en su mapa

Hasta poco antes de venir a Asturias, confiesa Woody Allen que los Premios Príncipe y la capital asturiana eran, para él, inexistentes: «Nunca había oído hablar de Oviedo y no iba a ir y, por favor, que me dejaran en paz, que estaba viendo el partido», cuenta que respondió cuando le dijeron que había ganado el premio.

Pero, claro, ahí no iba a quedar todo. «De repente, recibí una llamada de pánico de nuestro distribuidor en España. No podía rechazar esto. Era el premio más importante en España, enorme en toda Europa. El Príncipe y la Reina lo entregan. Es su Nobel». Ahí empezó a olerse que la cosa era importante. Pero aún no se lo creía del todo.

«Entonces me imagine que era un error administrativo», escribe. «Algún pobre chupatintas desgraciado se va a ganar la del demonio por poner mi nombre en la lista de ganadores. Pero no; según investigaciones posteriores, no era un error». Había ganado el Premio Príncipe de las Artes 2002. Y aceptó, claro.

Más tarde, sobre su paso por Oviedo, que ya es bien conocido en muchos de sus detalles, destaca: «Mientras estaba en Oviedo, Arthur Miller», que había recibido el premio de las Letras al mismo tiempo que Allen recibía el de las Artes, «propuso que fuéramos a comer, nosotros dos solos, para poder charlar unas horas. De repente, estoy comiendo con el autor que, junto a Tennessee Williams, comparte el santuario más exclusivo en mi piso de Brooklyn». Para Allen, asegura él mismo, un privilegio; «Y, amigos, como si la vida no fuera suficientemente injusta, gané el mismo premio que él». Sobre el almuerzo, recuerda que le preguntó «millones de cosas» y que Miller «me confirmó que la vida es, de hecho, absurda». Lo que le quitó ese día el sueño.

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