No sintiendo yo necesidad de pertenencia a patria y etnia en las que caí por azar (es saludable la lectura, más el estudio, del ensayo «El azar y la necesidad», de Jacques Monod); teniendo yo suficiente tarea con mantener a raya el ego, que las más de las veces me des-vela; consciente de ser un animal más, con sangre corriente, es decir, una nimiedad, y mortal, no entran en mi «horizonte de sucesos» las banderas. Sin embargo, habré también de mirar de tanto en tanto más abajo del ombligo para saberme en el Mundo, Europa, España, Asturias, Oviedo, y tratar de cuestionar, ahora ya «encajado» en una geografía y en un tiempo, por qué no debe clavarse una bandera de España en el centro de Oviedo y, además, sobredimensionada.

Primordialmente, caerían en el error quienes aduzcan que, por ejemplo, en Francia o en Estados Unidos, se acepta con normalidad la colocación de sus enseñas nacionales. El error parte de no atender a la relevancia de los procesos históricos de las Naciones políticas. Como no es esta página lugar para desarrollar la capital importancia de esos procesos y cómo se van configurando las Naciones étnicas, culturales, históricas y, finalmente, políticas, me limitaré a señalar que España no pertenece al círculo de los estados «convencionales»; se halla en el círculo de los Estados cosidos por dedos gruesos, toscos, los que son «no convencionales».

Esto se verá mejor si acudo al caso francés, por contraposición al español. El modisto inimitable, el Espíritu Absoluto de Hegel, fue Napoleón, y nosotros no tuvimos ni una mala falsificación de él. Napoleón fundó una Nación imponiendo en la enseñanza una lengua común, el francés, en detrimento de otras (vasco, catalán, alsaciano, bretón, provenzal, occitano, franco-provenzal, corso) y un «orgullo», el de ser francés (chovinismo), y ello bien sujeto por un cuerpo jurídico férreo.

En el otro extremo del arcoíris, Hispania. Una vez que la Roma imperial cayó, empezó a germinar lo que hoy es España, un Estado mal cosido o, también, descosido. Ese grano que brotó tras la marcha de las legiones romanas, se extendió, pero, según los hábitats, evolucionó en distintas especies, conforme a las predicciones de Darwin (urge que quien no haya leído «El origen de las especies», lo haga, de estar interesado en «comprender» muchas realidades). Ya desde la Alta Media, surgen reinos que se combaten, que pactan, que se reparten otros reinos, que se dan concesiones (fueros) y toda una retahíla de avatares que, parcial y malamente cerrados, y una vez en proceso de descomposición el Imperio español en la recta final de la Edad Moderna, empujan a España y la tambalean. Los siglos XIX y XX resultan catastróficos, y este XXI ha empezado, por tanto, con el cuerpo-nación en la UCI.

La lengua es un atizador. Sobre ella pivota todo el sistema cultural identitario. Muchas lenguas, muchas identidades, y, en el límite, de no «sujetarlas», devienen las ideologías racistas, bien visibles gracias a las banderas, resultando que España es una pequeña ONU.

Entonces, ¿cómo afrontar los desafíos de las enseñas, de esos signos de secesión? Como la bandera de España está «certificada» por la Constitución de 1978, que, a su vez, hace real la Nación política española, o, si se prefiere, el Estado-nación España, enarbolarla en Oviedo, emulando a otros mástiles de erección elefantina, es entrar en combate con las erecciones que embisten a la rojigualda, y de este combate devienen dos heridas de cuidado, que ya sangran: una, que las revolucionarias y nazis se unen contra la constitucional; dos, que a los constitucionalistas nos etiquetan de «fascistas» y, como tales, «hienas» que estamos coartando los «derechos legítimos» de los «pueblos democráticos». Y estas heridas hay que tratarlas con urgencia y cerrarlas y plantear otra estrategia: hacer que se cumpla la ley. Con esto, basta.

Un apunte más y finalizo. Las dificultades que tienen los «progresistas» para pronunciar la palabra «España» (y usar su bandera) procede, en dosis no menores, del inconsciente colectivo, un hallazgo de Carl Gustav Jung que añadió al inconsciente personal de Sigmund Freud. En su obra «Arquetipos e inconsciente colectivos», Jung refiere la existencia de unas estructuras mentales colectivas que se van moldeando por la influencia de un conglomerado de creencias propias de la sociedad en la que los sujetos viven. No parece que haya desconexión entre la simbología que perturba a quienes se avergüenza de decir o escribir «España» (Pablo Iglesias, por ejemplo, afirmó que se niega a hacerlo, aun tras experimentar un trance «místico» que le elevó desde la Puerta del Sol a Galapagar) y los patrones inadecuadamente adscritos al progresismo, sin los que no podrían realmente «ser». Esto es, más que el «cogito ergo sum» de Descartes, se diría que, para ellos, las enseñas antiespañolas les hacen ser ellos mismos: «signa ergo sum». Y los demócratas verdaderos tenemos que centrarnos no en la exhibición desmesurada de signos, que no nos es imprescindible para «ser», sino en, simple y llanamente, ser demócratas. O sea, «pienso, luego soy».

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Signa ergo sum