El domingo de insoportable bochorno sirve como ejemplo de parte de lo que llevamos de fiestas: por un lado, porque San Mateo ya está caliente después de su primer fin de semana; por el otro, porque es inadmisible el cierre de las casetas a una hora tan temprana y el nivel de algunos mojitos roza la cicuta.
El cierre de las casetas a las 2:00 los días de fiesta y a las 00:30 el resto reduce la fiesta en la calle a lo mínimo, acaba con algo que era la esencia de todo esto. Sales de cenar con los colegas o de un concierto y se te acabó la rumba mateína, tienes que ir a los mismos bares de siempre, pero con la correspondiente cola para entrar y el petazo dentro. Luego quieren que la gente no se lance a hacer botellón, si casi parece que nos están evocando a ello. Las calles en San Mateo no son de los vecinos, son de los que beben, de los que festejan, de esos que como escribió Raúl del Pozo: «Cuando llega la noche se dejan arrastrar por un viento de locura y se pierden en la estampida».
Otra cosa gravísima, muy seria, es lo de algunos mojitos. Vamos a ver, vamos a ver, podía soportar esos mojitos reguleros del Rincón Cubano por lo que tenía de tradición, por el ambiente y porque era su seña de identidad; pero es que he pagado por beber cada atentado con el noble arte de la coctelería. Señores un pseudoveneno con hielo picado, cantidades ingentes de azúcar y hierbabuena no pueden llamarlo mojito y mucho menos anunciarlo como «Posiblemente el mejor del mundo».
El día pasó tranquilo, y más aún la noche que para muchos ni empezó. Leiva en La Ería, con tres cuartos del papel vendido, hizo que el retraso en el inicio de su concierto, por una avería del camión que transportaba el equipo, mereciera mucho la pena. Es, sin duda, uno de los mejores encima de un escenario y cada día que se sube a uno lo defiende y afianza.
Todos en casa pronto, tampoco se podía hacer mucho más. Y además así pudimos ver ganar a Alcaraz.
¡Viva San Mateo! Nos vemos en la calle.
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